La escritora Wendy Guerra es una de las invitadas a la Feria del Libro de Bogotá. Foto: Danay Nápoles. La escritora Wendy Guerra es una de las invitadas a la Feria del Libro de Bogotá. Foto: Danay Nápoles.

“La libertad es un traje que me invento todos los días”: Wendy Guerra

La escritora cubana presta su columna vertebral a los personajes femeninos de su obra y toma de ellas el color, el coraje y la voluptuosidad para escribir libre, desde Cuba, dejando atrás prejuicios, militarismo, machismo y censura. Hablamos con ella a propósito del lanzamiento de 'El mercenario que coleccionaba obras de arte', su más reciente novela.

2019/04/23

Por Dafne Gil

En tu novela Negra, Nirvana del Risco porta un profundo e incansable anhelo por la libertad, pero enfrenta a la vida misma como antagonista. Tomando en cuenta que la crítica ubica tu obra en el género “autoficción”, ¿qué de tu vida hay en esta obra? ¿Compartes esa urgencia por la libertad con Nirvana del Risco?

Siempre comento que presto mi columna vertebral a mis personajes femeninos, robo, además, sus suculentas vidas, imposibles de vivir por mí, a la trama de cada una de mis novelas. Ella es una mujer liberta viviendo en cautiverio. No hablar, no poder dialogar en mi entorno, sentir el racismo en mi piel en determinadas zonas del mundo conforman un paisaje muy conocido por mí y por mujeres cubanas de cuatro generaciones. En ese Nirvana vivimos muchas cubanas.

En 2014, diste una entrevista en el programa Página Dos de Radio Televisión Española (RTVE). Expresabas, con ilusión, el deseo de que tu obra se desnudara en La Habana alguna vez. ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Has logrado publicar en Cuba? ¿Te leen en la Habana?

Me leen de modo clandestino, entrando los libros con mucho trabajo, pero no puedo publicar mi obra narrativa que hable del presente, ni artículos, tampoco hago entrevistas en televisión nacional.

¿Te sientes obligada a que tu obra gire siempre alrededor de Cuba? ¿Es una obsesión, una pasión, una nostalgia?

El libro que presento ahora en la Feria del Libro no sucede alrededor de Cuba. Tampoco los paisajes de Nueva York vistos en Domingo de Revolución, ni el París de la novela de Anaïs Nin Posar desnuda en La Habana. Creo que mis novelas crean rastros infinitos que van desde Centroamérica hasta El Escambray, desde Cienfuegos hasta Barcelona. Al decir de Lichi Diego: “Cuba es un piano que suena en el horizonte”.

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La gente que habita el siglo XXI suele percibir que el mundo sin internet, sin redes sociales, no es completo. Tú vives en Cuba, donde el acceso a la red es limitado y censurado, además, donde el silencio es una rareza y la bulla un paisaje permanente. ¿Cómo se escribe en desconexión y sin silencio?

Se escribe desde el sentimiento de la escritura original. Se escribe rodeado de libros de consulta, de referencias físicas, se escribe con olor a mar y a café recién colado. Es un modo muy clásico de traducir el mundo, el lenguaje de un escritor que vive entre sensaciones espesas, muy difíciles de reproducir a través de una aplicación o un mal entendido de la wikipedia. Cuba entra por la ventana con sus ruidos legítimos y gemidos endémicos, repiqueteos de tambores, carcajadas sublimes y quejas insufribles. Aunque esté narrando Noruega, todo eso es un acento, parte del lenguaje y la cadencia que me identifica.

Cleo, la protagonista de tu novela Domingo de revolución se siente extraña en su propio país. ¿Tú también? ¿Es tu amor por Cuba un amor imposible que la ficción abraza?

Yo soy libre en mi silencio. A Cleo y a Wendy en Cuba las han multiplicado por cero, nos han escondido en el fondo del pozo. Existe un oscuro esplendor, la luminosidad del misterio, la soledad del que encuentra una palabra y a ella se consagra.

Creo en el momento de abrir la jaula, soltar los pájaros de mi cabeza. Es entonces cuando las ideas afloran con fluidez y se estructuran claras, seguras, ciertas hasta llegar al punto final. Nadie puede impedirme escribir, ellos tienen el control pero yo tengo el trastorno que causa la idea, el ingenio creador, la gran fuga clandestina.

Pueden juzgarme, pueden mandar a periodistas provincianos, ciertos blogueros machistas-narcisistas, militares mediocres, oportunidad decadentes, a echar a rodar aquello que Lezama llamara “ENEMIGO RUMOR”. Mientras tanto, yo escribo. Eso me saca del amortajamiento, arroja de mí, como en una limpia o Ebbo, el profundo dolor, pues, en un momento como este, cortarle la voz, la lengua, la posibilidad de expresión a una mujer es un verdadero atropello. Una vejación.

Yo soy libre en mi amor por Cuba, esa Cuba de 1868 o de 1920. Soy libre cuando pongo las manos en el teclado e interpreto. Cuando encarno a cada mujer en mis textos, a cada hombre en mis líneas. Creo que uno puede ser libre en cualquier circunstancia, aun en las más terribles. Hay mucha gente presa caminando ahora mismo por Nueva York o por Bogotá. La libertad, amigo mío, es un traje que me invento todos los días, aunque la realidad me imponga nuevas camisas de fuerzas. Cuba es el amor de mi vida: por ella todo, sin ella nada. La política no podrá nunca sacrificar el inmenso amor que tengo por mi país, a pesar de todo lo que hemos permitido que pase ahí dentro. Todos somos testigos, culpables y protagonistas. No vengo a echar la culpa a nadie. Nuestra obra es solo un soplo histórico, un asentamiento, un documento de lo que hemos sido, un puente a lo que va a pasar cuando ya no estemos.

Esa voz narrativa voluptuosa, promiscua, hippie-guerrillera, a veces negra, que desde tus novelas sorprende y atrapa a los lectores, ¿cómo te confronta con la mentalidad machista latinoamericana? ¿Has sentido el acecho del statu quo, la homofobia, el racismo? ¿Cómo ha afectado eso a la narradora y a la autora?

Estoy en Cuba, donde nací, y la complejidad de mi realidad no hay que exagerarla, porque ya su vivencia es muy exagerada. Lo que digo es mi punto de vista. Muchos colegas extranjeros nos piden resistencia: silencio y resistencia. No soportan que yo critique mi entorno como cualquier ciudadano. Para una persona como yo, estar viva ya es una gran prueba de supervivencia en medio de la díscola circunstancia. El machismo es señal de debilidad. He sentido en carne propia el abuso político de personas que no viven en Cuba pero te piden silencio, porque ellos necesitan que sobreviva la utopía de una izquierda hecha pedazos. Me han quitado la palabra, me han empujado en público, me han repudiado por ser testigo y contar lo que es necesario decir. Todo eso está sobre el polvo dorado de las palabras que se leen en mis novelas. Ahí vamos, con paciencia china, narrando el qué y el cómo, tratando de explicar "de dónde son los cantantes".


Carátula de El mercenario que coleccionaba obras de arte (Alfaguara), la más reciente novela de Wendy Guerra.

En diversos ámbitos se critica tu forma de vestir, tal vez con sesgo, desde el paradigma tradicional de la mujer escritora más interesada en lo intelectual, que en la moda y el marketing. Sin embargo, no se puede negar que tu estilo contrasta con el de la mujer cubana que vive en Cuba. ¿Cómo manejas esa ruptura? ¿Qué dicen de ti las mujeres cubanas?

Mi ropa es mi escudo, el modo de decir que una cubana es también una mujer hermosa y elegante. A mi manera, claro. Rodeada de militares toda mi vida, el mismísimo presidente de Cuba acudía por décadas vestido de campaña a cualquier acto civil. ¿A qué escritora del resto del mundo le hacen una pregunta como esta? ¿Con qué uniforme de intelectual esperas que yo aparezca? Son demasiados años de prejuicios y tonterías. Basta ya. Libertad estética, por favor. Parecemos viejas chismosas.

Cada cual se viste como le place. ¿Soy inferior por haber nacido cubana? ¿Será una eterna penitencia la nuestra? ¿Qué esperan: ropa para marchar, botas rusas y traje verde olivo? Vida en blanco y negro que me encargo de iluminar a mano. Todo eso parece un chisme de peluquería. Hablemos de literatura y dejemos la frivolidad. ¿Quién es más frívolo? ¿El que lleva un sombrero o el que se detiene a criticarlo?

Tu reciente novela El mercenario que coleccionaba obras de arte comienza así: “Nunca antes la sangre ajena me pareció tan mía. La vi rodar desde mis piernas, bajar desde mi sexo hasta la desembocadura de la bañera, escurrirse en espiral dejando un halo amenazante sobre mis dedos. Un ligero olor a paloma muerta, a río revuelto, a flores corruptas y hierro oxidado después de la tormenta me regresó el perfume de mi madre”. Uno lee eso y siente que despide vida, exuberancia, fertilidad, fermentación, tentación. ¿Dónde se ubica la tradición literaria que emana para ti esos efluvios? ¿Encuentras ecos de García Márquez cuando estás inmersa en el proceso creativo y literario?

Gabo está en mi pulso, en el acervo de todo escritor latinoamericano que se respete. Mi trabajo dibuja un arco diferente: más que una escritora soy una artista contemporánea. Este documento expone un personaje vivo, un ser malvado y encantador que es EL MERCENARIO. El resultado merece estar recogido como una intención museable y no solo como una novela. Visualidad y vértigo, eso es lo más duro y bello de alcanzar. El lenguaje, todo está en los cambios de registros, en el chorro de terror saliendo del silencio, luego el alivio de esa musicalidad que crea el trastorno de dos palabras sometidas al renglón.

En Colombia ha habido muchas mujeres guerrilleras. Una gran porción se ha reinsertado a la vida en el reciente y frágil proceso de paz, con todo lo que ello implica en un país polarizado. Otras, quizás, continúan en la selva. ¿Qué les dices a ellas desde tu historia, desde tu experiencia como escritora cubana? ¿Cuál de tus libros quisieras regalarles? ¿Qué futuro sueñas para ellas?

Recomiendo los libros de Laura Restrepo, ella lo ha dejado todo claro en ese tenor. Conoce esto como nadie. Pudo desactivar todas las minas con su prosa excelente. Con ella y su familia entendí que la historia de la mujer en la guerrilla es también la historia de madres e hijas en toda la América Latina. Esa es mi propia vida. “Laura, hablas como si me conocieras”, le dije. Eso es algo que se reproduce una y otra vez. Fue por eso que confié los  derechos de mi Diario de infancia a Sergio Cabrera, y no a otro, para que reprodujera su visión de mi propia vida. Solo él, un niño en el mundo maoísta, un joven entrenado, aislado, sobreviviendo bajo las faldas de la guerrilla colombiana, quien podía contar como pocos, lo que yo me atreví a confesar en Todos se van.

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