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'La otra vida', un cuento de Edgardo Cozarinsky

El argentino es el nuevo ganador del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. ARCADIA publica en exclusiva uno de los cuentos del libro por el que recibió el premio.

2018/11/06

Por Edgardo Cozarinsky

Edgardo Cozarinsky nació en Buenos Aires en 1939. Es escritor, dramaturgo y cineasta, y ha recibido numerosos premios en su país y a nivel internacional, como el Premio Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes (Argentina) y Premio a la Mejor Novela de la Academia Argentina de Letras.

Esta es la segunda vez que un escritor argentino gana el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez que entrega el ministerio de Cultura, y que es considerado el premio de cuento más importante de Hispanoamérica.

El premio le fue otorgado por su libro En el último trago nos vamos (Editorial Tusquets, 2017)del cual el jurado –conformado por: Piedad Bonnett, Alberto Manguel, Diamela Eltit y Élmer Mendoza– dijo que "es, sobre todo, un libro escrito con un gran oficio narrativo, con raíces profundas en una antigua tradición literaria y de una notable solidez intelectual".

Compartimos este cuento, que hace parte del libro ganador.

La otra vida

Johnson anheló toda su vida ver un fantasma, pero no lo consiguió, aunque bajó a las criptas de las iglesias y golpeó los ataúdes. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres.

Carlyle: Sartor Resartus, III, 8.

Pocos minutos después de ser atropellado por un Peugeot 3008, que prosiguió sin detenerse hacia la avenida Almirante Brown, Antonio Graziani se incorporó en medio de la calzada desierta de Paseo Colón y cruzó hacia Parque Lezama. No dudó siquiera un instante de que estaba muerto, pero esta certeza no le impidió respirar hondamente el aire ya fresco, esa brisa que alivia el calor a fines de una noche de diciembre. Aún no eran las 5 y ya empezaba a clarear con la primera, tímida luz del día.

No le llamó la atención la ausencia de heridas visibles, de todo dolor. Se sacudió someramente el polvo adherido a la ropa, pasó sin detenerse ante la iglesia ortodoxa de la calle Brasil, que tanto lo intrigaba en su infancia, y echó una mirada rápida a las persianas bajas del restaurante que en años recientes había frecuentado. Se dirigía al bar Británico, confiado en que estaría abierto, como solía, las veinticuatro horas. No se equivocaba. Dos mesas solamente estaban ocupadas y en una de ellas reconoció a Gustavo Trench, un amigo muerto dos años atrás.

—Antonio… No sabía… —Trench se mostró auténticamente sorprendido—. ¿Desde cuándo?

—Hace unos minutos. Me atropelló un auto cuando cruzaba Paseo Colón.

Una mujer sin edad salió de atrás de la barra y se acercó a ellos. Sus ojos se hundían en una intrincada red de arrugas, el maquillaje de colores vivos parecía señalar el lugar que habían ocupado rasgos ya vencidos, el pelo se elevaba en una rígida composición color caoba. Sin una palabra, interrogó con la mirada a Antonio. Este señaló lo que bebía su amigo. La miró alejarse: le había parecido curiosamente ausente bajo la efusión de maquillaje y tintura, ahora le parecía casi transparente. Trench percibió su extrañeza.

—Ya pronto se va a borrar —informó—. Hace casi tres años que murió.

La mujer volvió con un vaso de fernet. Antonio bebió un trago, otro, y se quedó mirando el líquido oscuro donde flotaban dos cubitos de hielo; no dijo una palabra, pero Trench, de nuevo, creyó necesario explicar.

—Sí, tiene el mismo gusto. ¿Qué esperabas?

—Tras un momento de silencio, continuó—. Vas a encontrar todo igual. Pero a los que no vas a encontrar es a los que todavía no cruzaron la línea. Solamente nos vas a ver a nosotros, en los mismos lugares, con la misma cara y la misma voz. A los otros no los vas a ver ni vas a poder comunicarte con ellos.

Antonio no respondió. Se sentía perplejo, menos por la existencia nueva que le iban descubriendo que por su falta de asombro, más aún: por su serena aceptación de lo que, minutos antes, lo hubiera llenado de miedo. Se quedó mirando a la mujer del bar, que parecía hacer unas cuentas en un cuaderno de tapas duras y cada tanto llevaba a la boca un lápiz para mojar la punta con saliva.

Trench se sentía obligado a guiar los primeros pasos del amigo en territorio incógnito.

—Como te dije: tres años.

—¿Y después?

—No sé. Los que saben ya no pueden contar.

***

Había amanecido. Los amigos salieron a la calle. La brisa de fin de la noche no se había extinguido del todo con la salida del sol, aún agitaba levemente los follajes del parque y parecía invitarlos a una pausa. Se sentaron en un banco y permanecieron en silencio.

Así que es esto, pensó Antonio. Vio pasar a un chico que hacía rebotar una pelota contra las baldosas de la vereda y se quedó mirándolo alejarse, acostumbrándose a la idea de que tampoco él estaba vivo. Más tarde esa extrañeza se fue gastando, se diluyó en una contemplación ociosa: observaba a una señora de cuya bolsa del mercado asomaban puerros y apios, a un hombre de traje y corbata que detuvo un taxi y subió a él. Sentía una confusa solidaridad con todos ellos, pero también ese sentimiento lo fue perdiendo a medida que el día se afianzaba.

Trench había vuelto a hablar y Antonio escuchaba, ya sin demasiada atención, sus explicaciones. La verdad es que no le importaba nada de lo que oía. Lo único que se había instalado en su atención, y desplazaba toda otra cosa, era el plazo de tres años que se abría ante él como duración de esta nueva vida, residuo engañoso de la anterior. Si no podría ver ni relacionarse con quienes aún vivían ¿con quiénes se encontraría? ¿Quiénes habían muerto en los tres años anteriores? Ese límite le despertaba cierta curiosidad y también anunciaba súbitamente una libertad inesperada: lo eximía de proyectos y economías, le prometía una exploración, que se le aparecía rica en sorpresas, de la ciudad donde había vivido, ahora habitada por tantas existencias en suspenso, como la suya. Las precisiones y advertencias que Trench encadenaba, escuchando satisfecho sus propias palabras, le aburrían como esas novelas de ciencia ficción que creen necesario acumular detalles técnicos sobre cómo se articulan realidades paralelas en un mismo tiempo y espacio. Antonio había aceptado inmediatamente el carácter de la existencia que lo esperaba, del mismo modo en que había dado por sentada, sin patetismo, su nueva condición.

Una hora más tarde, ya visible el sol, el agobio de fin de año pesando sobre la ciudad, estaba apostado ante la puerta del edificio de departamentos de la calle Chacabuco donde había vivido hasta el día anterior. ¿Seguiría viviendo allí en su nueva existencia? No vio, por supuesto, al portero, que a esa hora debía estar baldeando la vereda; en cambio vio aparecer a la viuda del segundo piso: la habían encontrado sin vida varios días después de notar que ya no salía a la hora habitual, devota como era de la misa de 8, la misma a la que sin duda se dirigía ahora, fiel, en su nueva existencia.

Subió al décimo piso. La llave del departamento abrió sin problemas la puerta; previsiblemente, según Trench le había explicado, no pudo ver a su mujer ni a sus dos hijos, que deberían estar desayunando, ellos sin duda indiferentes, ella almacenando rencor ante esta nueva ausencia del marido. Pronto recibirían la noticia, deberían reconocer el cadáver en la morgue, celebrar alguna ceremonia fúnebre. Él, afortunadamente, no podría verla ni verlos. Prefirió no quedarse en ese espacio que de pronto sintió ajeno, un resumen de todo lo que, de un instante a otro, sin habérselo propuesto, había descartado de su vida. De todo lo que durante tres años no iba a pesarle. Tomó un libro al azar, cuentos de un autor ruso, y salió cuidando de no hacer ruido, aunque recordó que su familia no podría oírlo.

No estaba cansado a pesar de no haber dormido. Caminó hacia el centro de la ciudad, sin prestar ya atención a los transeúntes que pasaban a su lado, sin que estos tampoco se interesasen en él. Se detuvo en la esquina de 25 de Mayo y Sarmiento, ante un edificio cuyos pilares y bajorrelieves tenían la solidez sin alarde de tiempos pasados; a un lado de la entrada, en una placa de metal, estaba grabado el perfil de un hombre de cuyo gorro surgían alas: Mercurio.

Entró en ese espacio desconocido y se internó entre columnas de mármol y techos altos. Cantidad de hombres afiebrados y vociferantes, otros mudos y ensimismados, seguían las alzas y bajas en la cotización de acciones, las fluctuaciones en el cambio de divisas. Observó ese espectáculo como si se tratase de una representación teatral, hasta entender que efectivamente se trataba de una ficción. Esa agitación era vana: ni los valores ni las transacciones que la motivaban tenían lugar en un espacio real, y por real Antonio ya había empezado a entender el mundo de los vivos. Esos hombres obedecían a una disciplina, se entregaban al entusiasmo y la angustia de su existencia anterior. Acaso no pudiesen renunciar a los que habían sido sus gestos cotidianos y preferían ignorar que estaban discutiendo por valores que habían perecido en una catástrofe bursátil reciente, valores no menos muertos que ellos.

La verdad es que todo el espectáculo de la vida cotidiana que iba descubriendo le parecía contaminado de irrealidad, sobre todo porque sus actores respetaban la conducta que había tenido sentido en su existencia anterior: empleados bancarios que comían de pie un sándwich en un bar atestado, personas de toda edad, silenciosas, absortas ante la pantalla de una PC en un locutorio, individuos de mirada esquiva que entregaban al transeúnte volantes de publicidad de algún «salón de masaje tailandés». Perplejo, impaciente, buscó refugio en el aire acondicionado de un cine; previsiblemente, no vio boletero ni acomodador, y en la sala sólo unas pocas butacas ocupadas. El film, aunque incluía actores, era de animación, con efectos virtuales que buscaban asombrar, asustar, hacer reír. Al poco rato Antonio ya dormía.

Era de noche cuando volvió a la calle. Caminó sin rumbo, y cuando advirtió que sus pasos lo llevaban hacia la estación Retiro prefirió evitar el espectáculo de la multitud que sin duda seguía deambulando como todas las noches en el hall central, ahora a la espera de un tren posiblemente menos lleno que los tomados en su vida anterior, si es que no buscaban matar una hora o dos en una sociabilidad anónima. Eligió subir por la pendiente de la calle Juncal y se detuvo al llegar a la esquina de un palacio. Un vaho acre, como el residuo de una mezcla de alcoholes, se alzaba de la vereda. Inclinada ante las rejas de hierro forjado, una chica vomitaba. Parecía no tener más de doce años.

Más adelante, en una cuadra poco iluminada, oyó gemidos que provenían de un zaguán. Se detuvo a una distancia que estimó prudente y la luz amarillenta del alumbrado público le permitió distinguir a la previsible pareja. La mujer se había bajado apenas unos centímetros el short blanco y respondía a la agitación del hombre con movimientos espasmódicos; de pronto, una mancha roja brotó entre sus piernas, su gemido se hizo más parecido al llanto, el hombre renovó su excitación y alcanzó casi inmediatamente el alivio de la descarga final.

Por la calzada avanzaba un grupo de cartoneros empujando una carretilla con el botín de la noche; pasaron sin detenerse ante el episodio que había distraído a Antonio. Ellos también prosiguen con su vida anterior, pensó, ya desinteresado del zaguán. Por qué yo no, se preguntó; acaso, como a cualquier recién llegado, todo me parece nuevo, aún no se me ha convertido en espectáculo cotidiano.

En ese momento se sintió cansado. Fue una sensación bienvenida. No iba a volver al departamento de la calle Chacabuco, donde podría dormir sin ser molestado por esa familia que ya no podía ver ni podía verlo, pero el hecho de saberlos allí, presentes en una existencia para él inaccesible, los convertía en fantasmas. Se rio al pensar que, si pudieran intuir su presencia, para ellos sería él el fantasma. Caminó unas cuadras más, llegó a una plaza cuyas rejas no estaban cerradas con candado, eligió el banco más lejano de la calle y se acostó.

***

En el sueño lo esperaban, lejos de toda alucinación, dos percepciones que hubiese supuesto contradictorias: por un lado, la sensibilidad de su cuerpo a la rígida madera que, aunque no le impedía dormir, exigía a sus huesos frecuentes cambios de posición para que el sueño se instalara; por otro, el mismo sueño, donde vinieron a su encuentro muchos seres que aún no habían cruzado la línea, aquellos que en la vigilia ya no podía ver ni oír. Fue así como durante un par de horas creyó retomar la vida cotidiana que ya no podía ser suya.

Al despertar tuvo un breve momento de desazón al recordar su nuevo estado, pero muy pronto lo ganó la curiosidad que ya la noche anterior había guiado sus pasos. El día, sin embargo, lo decepcionó: las multitudes que cruzaba en la calle no ofrecían a la mirada ninguna diferencia con las que el día anterior había observado; tenía que repetirse un «están muertos», cada vez menos urgente, para intentar desentrañar en actitudes sin misterio un matiz que las distinguiese del más banal paisaje conocido. Y ningún hallazgo recompensaba su busca. El sol castigaba las veredas estrechas del centro. Sintió, no sin asombro, que la transpiración ya le pegaba la camisa al cuerpo. A mediodía comió en un sushi bar de la calle Reconquista; pagó con una tarjeta de crédito, y no le produjo demasiado asombro que fuese aceptada y le presentaran el talón que debía firmar.

Por la tarde, el agobio del verano ya no parecía venir del cielo sino de las calzadas, como si hubiesen guardado, y ahora devolvieran, el calor acumulado desde la mañana. Intentó de nuevo buscar refugio en el aire acondicionado de un cine. En la pantalla desfilaban piratas, abordajes, monstruos marinos y otros residuos de aventuras que alguna vez fueron ingenuas; ahora, el exceso de efectos especiales las volvía aparatosas, anodinas. Esta vez el sueño no acudió. Sin demasiada curiosidad paseó la mirada por la platea, menos desierta que la tarde anterior; sentada tres filas más adelante, le pareció reconocer a una mujer con la que había compartido un fin de semana en la costa atlántica, en un verano de su juventud.

Cambió de asiento, pasó una fila más adelante, se colocó en posición diagonal hacia el perfil de esa mujer que no se distraía de la pantalla. Ahora estuvo seguro: era ella, aunque el nombre rehusaba acudir a su memoria. Volvió a avanzar, esta vez se sentó en la misma fila, a dos butacas de distancia, y le clavó los ojos con la esperanza de que esa insistencia la obligase a devolverle la mirada; así ocurrió, pocos minutos más tarde. Sí, era ella. Los años no habían desfigurado el rostro recordado, a lo sumo habían acentuado los rasgos, aunque posiblemente se tratase sólo de una impresión debida a la penumbra intermitente, a la luz vacilante que llegaba de la pantalla, acaso al maquillaje. Hacía veinte años que no la veía… ¿Cuándo había muerto?

Después de la primera mirada, fugaz, y de un esbozo de sonrisa, la mujer volvió a concentrarse en la pantalla. Molesto por esa indiferencia, Antonio pasó a sentarse al lado de la mujer; de pronto, había recuperado su nombre, y no iba a retirarse, ofendido por su silencio.

—Laura. Sos Laura, no me digas que no. Ella respondió sin quitar los ojos de la pantalla.

—Sí, soy Laura, y vos sos Antonio. Esperaba encontrarme con vos en algún momento. En el diario de esta mañana está la noticia del accidente. ¿A quién se le ocurre cruzar Paseo Colón a las 4 de la mañana, en una esquina con semáforos rotos? Sobre todo si, como supongo, habías estado bebiendo…

Esas palabras dichas al desgano, el tono apenas irónico, la mirada que no se desviaba de la pantalla lo irritaron. Sin una palabra, se levantó y salió del cine. No había caminado media cuadra cuando oyó que lo llamaban por su nombre; le pareció reconocer la voz de Laura. Era ella. Venía por la vereda, sin prisa, y Antonio pudo verla mejor que en el cine. Lo primero que le llamó la atención fue la túnica color turquesa: le pareció un sari de la India, con una amplia pieza de tela echada sobre un hombro. Vieja hippie, pensó, y no pudo evitar un dejo de ternura. La cara, sí, era la de Laura, evidentemente restaurada pero sin los excesos habituales de la cirugía cosmética. Sólo cuando la tuvo cerca advirtió que el sari, que parecía ocultar el brazo izquierdo, en realidad permitía disimular su ausencia.

Le preguntó cuándo había llegado, no encontró mejor manera de decirlo, «entre nosotros»; al oír el eufemismo ella se rio y respondió con un vago «hace mucho». Antonio pronto descubrió que no tenían demasiado de qué hablar; evitaba, con los ojos y la palabra, la amputación que parecía atraer irresistiblemente su mirada. Laura advirtió esa incomodidad y sin abandonar una sonrisa casi burlona respondió tardíamente.

Hace diez años que llegué.

***

Horas más tarde, lado a lado en la cama, Antonio hacía un recuento de diferencias y coincidencias a través de los años. Tuvo que admitir que la ausencia del brazo izquierdo había suscitado en él una curiosidad que podía confundirse con excitación: en más de un momento, se dejó ir a acariciar ese hombro apenas prolongado en un muñón. Apenas hubo terminado de (la expresión ahora le parecía irónica) «hacer el amor», Laura no había corrido hacia el baño como solía hacer en sus encuentros juveniles, aunque Antonio no recordaba si en tiempos de aquel fin de semana en la playa existía la píldora llamada del día siguiente. El acto mismo le pareció mecánico, el brazo derecho de Laura lo estrechaba con fuerza inesperada, las uñas clavadas en su espalda, los movimientos espasmódicos de pelvis, expresaban menos ardor que aplicación, una entrega demasiado parecida a la gimnasia. Actúa, pensó, como una actriz cansada en la segunda temporada de una obra que ya no le permite inventar variaciones.

De estas reflexiones lo sacó el ruido de la puerta del departamento al abrirse. La abría alguien que tenía la llave. Se incorporó en la cama. Laura no se inquietó. En el vano de la puerta apareció un hombre que le pareció más o menos de su misma edad, llevaba el pelo crespo, largo y ralo recogido en la nuca con una gomita, un aro brillaba en su oreja izquierda; buena pareja, pensó Antonio, para una vieja hippie… Luego advirtió que el hombre vestía ropa de jogging y la pierna derecha del pantalón estaba doblada a la altura de la rodilla, allí donde la extremidad se cortaba.

—Un recién llegado, si no me equivoco… —El desconocido sonreía afable, sin inmutarse ante la pareja desnuda que tenía enfrente; no esperó respuesta y se retiró murmurando—. Voy a hacer café.

El café instantáneo resultó inesperadamente potable. Sentados ante una mesa de cocina, la conversación fue menos difícil de lo que Antonio hubiese esperado. Reconoció olor a pis de gato, que no había notado al llegar; también las manchas de humedad en el techo, los posters de Soda Stereo, alguna proclama enmarcada de una militancia difunta. Él se había vestido, ella apareció cubierta con una bata. El desconocido se presentó como el marido de Laura, «más bien, fui el marido», se corrigió con una sonrisa que no pareció forzada; luego agregó que había «llegado» pocas horas antes que su mujer, ambos por obra del mismo accidente automovilístico, diez años atrás. Tenía el brazo izquierdo cubierto por tatuajes, figuras o arabescos que Antonio no intentó descifrar. En una jaula hacía acrobacias un canario enérgico y muy audible. Se preguntó si también el pájaro estaba muerto; el plumaje brillaba sin huellas de herida alguna.

—Diez años… —Antonio se atrevió a abordar el tema postergado durante su contacto con la mujer—. Tenía entendido que sólo tenemos un plazo de tres…

El desconocido pareció sorprendido. Se dirigió a Laura.

—¿No le explicaste?

No, Laura no le había explicado, y ahora Antonio escuchó de su marido la existencia de una organización, aunque él no usó esa palabra y se refirió vagamente a contactos, relaciones, influencias. Era posible, dijo, postergar de manera indefinida el limbo de tres años y no borrarse gradual, definitivamente al término de ese plazo; para lograrlo era necesario sacrificar una parte del cuerpo. Antonio, recién llegado, podía tener confianza en la seriedad del acuerdo, tal vez se tratase de no más de una mano, nunca de los ojos; de la importancia de la amputación dependía la prórroga concedida y la seriedad del contrato se había demostrado irreprochable. Laura y su marido no le pedían una decisión inmediata, cuando él hubiese «madurado su elección» lo pondrían en contacto con «los responsables».

Antonio se despidió de ellos con la promesa de pensarlo: un escrúpulo ridículo le impidió revelar la impaciencia por cancelarlos de su vista, la brusquedad con que hubiese querido demostrarles su rechazo: curioso, pensó, cómo subsiste cierta formalidad en los modales, sin sentido ya en la nueva existencia. Una vez en la calle, alejándose lo más rápido posible de ese lugar, de esa gente, sintió que una angustia indefinida se instalaba en él, crecía, lo dominaba. ¿Qué era este residuo de vida en que había dado los primeros pasos? Poco más de una hora atrás se había dejado llevar a una relación sexual casi sin deseo, o con el recuerdo del deseo que en su juventud había sentido por esa mujer hoy trabajada por la cirugía cosmética, amputada en un grotesco afán de supervivencia. ¿Acaso esa locura, lo que ahora le parecía locura, estaría esperándolo también a él cuando se acercase el plazo? Por el contrario, ¿sería posible abreviar su estada en este limbo que, a medida que se agotaba la curiosidad inicial, empezaba a resultarle patético?

Caminaba cada vez más rápido y al volver una esquina se encontró en la plaza Dorrego con su pobre mercado de pulgas, puestos de trastos y residuos ofrecidos como antigüedades. A Antonio la nostalgia siempre le había inspirado rechazo; para quienes la cultivaban, comprobó, sus reflejos no se extinguían con la muerte. Un amigo, aficionado a las partituras de canciones viejas y a las fotografías de películas mudas, había diagnosticado que esa hostilidad de Antonio era consecuencia de haberse topado en una pila de papeles «antiguos» con varios cuadernos suyos de la escuela primaria, cuadernos que, estaba seguro, había consignado al tacho de basura años atrás…

Un extremo de la plaza había sido reservado como pista de baile, rescatado de las mesas de bar que la ocupaban desde que el turismo invadió el barrio. Algunas parejas mayores bailaban tangos al compás de un equipo de stereo inesperadamente reciente; lo hacían con aplomo; las mujeres vestidas y calzadas con una idea precisa, no siempre feliz, del mundo imaginario del tango; los hombres sin que les importase el desaliño doméstico, como si hubiesen pasado de mirar televisión a acompañar a sus damas en ese ejercicio tradicional. Antonio vio acercarse, curioso, a un hombre joven que empuñaba un par de muletas y no pudo sino pensar que era uno de los que habían aceptado la negociación propuesta por Laura y su marido; a partir de ese momento recorrió con la mirada toda la plaza y sus paseantes a la espera de detectar el muñón, la prótesis delatora.

***

Esa noche no soñó con esos rastros de amputaciones negociadas. Tampoco con su familia ni con otras personas que ahora, en la vigilia, estaban prohibidas a su mirada. Al despertar intentó recordar su sueño; durante una fracción de segundo algunas imágenes permanecieron en su memoria sólo para escurrirse, como arena entre los dedos, al intentar grabarlas, hallarles una continuidad, alguna peripecia.

Había adquirido, eso sí, cierta soltura en su comercio con la vida nueva: para dormir, no vaciló en elegir el hotel de una cadena internacional, cercano a la Plaza de Mayo, y en él una habitación amplia que acaso estuviera ocupada en la otra, inaccesible realidad; no percibió ningún indicio de una presencia, tampoco cuando fue al baño y tomó una ducha sin que el ruido del agua despertase al invisible ocupante. Algo, sin embargo, llamó su atención: en una repisa, bajo el espejo, había hojitas de afeitar. La habitación, por lo tanto, estaba ocupada por un hombre. En el botiquín halló espuma de afeitar. Se miró en el espejo y decidió que le vendría bien aprovechar ese hallazgo. Envalentonado, al salir del baño abrió el placar, encontró camisas, ropa interior y soquetes limpios. Con la certeza de que el ocupante no advertiría su ausencia, tomó lo que, entendía, era un doble de cada una de esas prendas y guardó todo en un bolso que halló en el mismo placar. La vida nueva, se dijo por primera vez, con un asomo de satisfacción, tenía sus ventajas.

Al bajar se le ocurrió intentar un desayuno. Tuvo éxito. Tostadas, queso blanco, jugo de pomelo, huevos revueltos: recorrió el buffet sin prisa. Una sola persona era visible para él: una señora muy mayor, que se servía una y otra vez, regularmente, con un apetito inesperado para su edad. En algún momento sus miradas se cruzaron e intercambiaron un saludo mudo, una sonrisa fraterna.

Pero aun la picaresca agota rápido su encanto canallesco. Al salir a la calle lo sorprendió la lluvia, uno de esos enérgicos chaparrones de verano frecuentes en Buenos Aires: duran poco pero castigan fuerte, desbordan alcantarillas y desagües, inundan calles sin distinguir entre barrios humildes y residenciales, derriban algún vetusto poste de alumbrado y electrocutan a un transeúnte incauto; al rato deponen su furia, despejan el cielo que se descubre de un azul purísimo, ya no turbio, regalan una ilusión de fresco que irá desvaneciéndose con el recuperado bochorno de la estación.

De pie ante la puerta del hotel, Antonio esperaba ese alivio y se sorprendió pensando que era la primera vez que en su nuevo estado esperaba algo. Esperar: era lo propio de su existencia anterior, algo que la nueva había desterrado. Ya todo había sucedido. Minutos más tarde la lluvia fue haciéndose menos violenta, finalmente cesó y él se alejó de ese hotel donde se había distraído como un personaje en una representación improvisada. Ahora sólo podía dejar pasar los días, sin impaciencia ni temor, con una única certeza, la del plazo que le estaba otorgado. Era, de algún modo, un consuelo, melancólico, humilde.

Pero también una promesa de tedio, de un incalculable vacío. ¿Con qué llenar los días? Pensó en Trench, a quien no deseaba particularmente volver a ver, y pensó que no debía ser el único amigo que podía encontrar. ¿Dónde? No en la editorial donde había trabajado, decidió de inmediato. La vida familiar, el malhumor de su esposa, lo habían alejado del grupo de amigos de sus años jóvenes con quienes solía reunirse en un café de la calle Moreno. ¿Alguno de ellos estaría allí, fiel a las costumbres de la existencia anterior?

Se dirigió sin entusiasmo hacia esa promesa de compañía, pero ya antes de llegar lo ganó el desánimo. No, no tenía ganas de encontrarse con ellos, de enterarse de la fecha en que habían «cruzado la línea», de comparar cuánto le quedaba a uno, a otro… Se le ocurrió la posibilidad de no esperar pacientemente que se cumpliera el plazo. Ya había decidido no postergarlo, no recurrir a esa logia tal vez clandestina que proponía servicios quirúrgicos. Ahora sólo deseaba abreviar el plazo. Volvió a la esquina de Paseo Colón, al semáforo roto donde había empezado su existencia póstuma, donde la verdadera había terminado. Era difícil reconocer el escenario a esa hora matutina. El tráfico no prometía peligro; sin embargo, pensó, si calculaba bien el momento, elegía por velocidad y peso el vehículo, tal vez algún camión que transportara containers del puerto vecino, sobre todo si dominaba sus reflejos, podía provocar un segundo accidente que revirtiese las consecuencias del primero.

Fue entonces cuando lo sorprendió el olor. Lo traía la brisa desde un edificio cercano, una fábrica de bizcochos y galletitas cerrada años atrás. ¿Era posible que hubiese quedado impregnado en las paredes del viejo edificio, tan fuerte como para llegarle a varias cuadras de distancia? Para Antonio no venía de un espacio físico sino de un tiempo pasado, distante.

Volvió a ver la lata de grandes dimensiones, o que habían parecido grandes a un niño: un paralelepípedo de metal esmaltado de color naranja, con letras de curvas caprichosas, que él aún no sabía llamar art nouveau. Se abría por su parte superior; en ella era necesario levantar una tapa circular, del mismo metal, introduciendo un dedo en su borde respingado. Ese olor, un perfume que ningún otro había sabido borrar en los años vividos, anunciaba el sabor de los bizcochos crujientes, que se deshacían en migas que él recogía en la palma de la mano y llevaba a la boca, aspirando minuciosamente hasta que sólo quedaba la posibilidad de lamer la mano a la que se había adherido un fino polvo dorado.

Pero ya no existían esos bizcochos. La empresa familiar que un siglo atrás los había creado había sido vendida, primero a capitales locales que nada entendían del tema, luego a lo que se anunciaba como una «multinacional agroalimenticia»; en ambas etapas se había intentado «adaptar los bizcochos al gusto actual», tal vez en realidad abaratar su fabricación, y en ese proceso habían ido perdiendo el gusto, su perfume, finalmente habían desaparecido del mercado.

¿De dónde podía llegarle, tantos años más tarde, ese olor? No podía estar aún impregnado en las paredes de la antigua fábrica, transformada pocos años antes en shopping mall… Acaso los perfumes, no menos que las personas, tuvieran una frágil supervivencia y sólo Antonio, y quienes como él fueran huéspedes temporarios del limbo que ahora habitaba, pudiesen percibirlo.

Cuando sacudía la lata, el niño que Antonio había sido podía oír si aún quedaban bizcochos, golpeándose contra las paredes de metal, y si eran pocos tenía que introducir la mano hasta el fondo para rescatar alguno. Uno de estos días te vas a caer dentro de la lata, le decía su madre. Y a menudo pensaba cómo sería vivir dentro de esa lata. Primero iba a ser necesario hacerse muy chico, sostenerse con las manos del borde de la apertura para luego dejarse caer. No sería un problema: la abuela, que era bruja, le había confiado en un susurro que basta con desear algo con muchas ganas para lograrlo…

Pero era necesario, Antonio estaba seguro, un gran esfuerzo. Las muchas ganas debían traducirse en alguna fórmula mágica, en algún ejercicio muscular o de respiración, en alguna forma, que él no conocía, de concentrar y orientar la voluntad. No bastaba con cerrar los ojos y apretar los dientes e intentar borrar de la mente todas esas imágenes no deseadas que la invadían cuando lo único que él buscaba era no pensar.

De pronto, sintió una vibración nueva en su cuerpo, un latido que no reconocía; abrió los ojos y descubrió la penumbra que minutos antes había imaginado.

***

En su nuevo tamaño, no más grande que una de sus manos, a Antonio los bizcochos le resultaban enormes, tenía que romper una punta para llevarse a la boca un pedazo, o mordisquearlos, como en los dibujos animados había visto que hacía un ratón con un pedazo de queso; al mismo tiempo, tenía la ventaja de que duraban más para su gula…

De noche iba a poder dormir sobre uno de ellos, respirando ese olor que le gustaba tanto como el sabor.

De pronto, alguien que no sabía que él estaba en el fondo, al ver que la lata había quedado abierta, colocó la tapa y la cerró con una presión fuerte. El interior quedó en una oscuridad total, el perfume se hizo más intenso aún y Antonio se durmió feliz. Pero los sueños pueden acechar aun al más inocente con peligros emboscados, fantasmas que ningún exorcismo aplaca. Esa criatura diminuta se soñó cargada de años y recuerdos. Se vio adulto, de pie en una esquina de Buenos Aires, detenido en medio de transeúntes apurados, con la expresión de quien percibe en el aire el anuncio de una tormenta cercana, ese olor a tierra mojada que aun lejos del campo surge en medio del calor del verano con promesas de violencia y alivio.

Ese hombre tiene cincuenta años y lo domina un miedo indefinido, menos el de una amenaza que el de una certeza, la de saberse preso en una existencia de la que desea escapar. Se sabe muerto y sabe muertos a todos a quienes se cruza, así como sabe que en ese mismo momento, en ese mismo lugar, lo rodean, invisibles, inabordables, cientos de vivos. El niño, esa criatura minúscula que lo está soñando intenta despertarse, pero aún no conoce la fórmula que con los años le prestará ayuda («esto no puede ser real, tiene que ser un sueño y lo voy a destruir, me voy a despertar») y es así como en la protección tan deseada del fondo de esa lata de bizcochos, que lo ha arrullado con su olor, descubre todo el horror de una edad que desconoce.

Es todo lo que supo. Había caído en la oscuridad. Y en el momento mismo en que lo supo, dejó de saber.

Jack London: Martin Eden.

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