'Actos impuros' (2017), Ángelo Néstore. Poesía Hiperión. 'Actos impuros' (2017), Ángelo Néstore. Poesía Hiperión.

La semilla de la impureza: ‘Actos impuros’, de Ángelo Néstore

Una reseña del libro con el que el poeta nacido en Italia y residente en Málaga ganó del XXXII Premio Hiperión de Poesía en 2017.

2019/06/11

Por Kirvin Larios

Actos impuros (2017), Premio de Poesía Hiperión, comienza con una pregunta sobre la identidad: “Mamá, ¿a quién me parezco?”, dice el último verso del primer poema. La pregunta nombra como destinataria a la madre, pero antes han sido nombrados el espejo donde el poeta –o el sujeto poético del libro– ve su imagen borrosa reflejada, y el padre, de quien ese sujeto ha heredado el parecido con una parte del cuerpo.

El sujeto se contempla, entonces, en varios momentos o lugares: en la pregunta que le hace a la madre, quien “siempre dice que tengo los hombros de mi padre”; en el espejo, en cuya superficie dibuja una línea recta que deshace enseguida, y en los juguetes de las muñecas extraviadas:

En los ojos guardo la tristeza de las muñecas
que jugaron a ser hijas
y que mis padres acabaron regalando

Los poemas de Ángelo Néstore (Lecce, 1986),  son conscientes de la condición performática del género. Para mirar hacia afuera se miran a sí mismos; son como actores o cuerpos que se posan ante un público (el lector) para interpelarlo y que este le devuelva la mirada. Ese cuerpo que es el poema se destruye, se transforma, se imagina otro, se extasía y, finalmente, se reproduce.

Ya en la primera parte del libro leemos la propuesta de otro mundo (otro cuerpo) posible: el poema “Monstruo” nos anuncia así la llegada de una “nueva raza de hombres”:

Deseo levantar sospechas,
que los hombres me griten en la calle,
quiero pasear por centros comerciales, parques públicos
y que madres como mi madre levantan y bajen la mirada
y luego, mientras preparan la cena para sus hijos,
les asalte brevemente el recuerdo de una nueva raza de hombres.

El surgimiento de esta “nueva raza” es indisociable del incendio y el apocalipsis que aparecen en los siguientes poemas. En “Incendio”, el sujeto decide quemar los puentes que sostienen todo lo que sabe “en masculino”, decide mover simbólica y literalmente de sitio los muebles de la casa; en “Apocalipsis”, nos muestra un cuerpo de hombre con “las vísceras por fuera”, abierto y expuesto como una herida.

Ángelo Néstore dibuja un panorama desolador para el patriarcado, sin embargo, al proponernos un cuestionamiento y una mirada invertida de la masculinidad (del cuerpo del hombre y su rol impuesto). Ese panorama apocalíptico propicia el escenario de una vida nueva, donde imaginar un cuerpo nuevo permite recrear los espacios en los que la vida se constituye.

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Al imaginarse hijo e hija, el sujeto del poema se imagina también madre, y explora su maternidad mirando el lugar de otros cuerpos maternales: el de una mujer que compra comida en el supermercado y el de otra que lacta dolorosamente a su cría. Ambas son asociadas con madres del reino animal, como el pelícano, que de tanto zambullirse en el agua para buscar comida a sus crías termina ciega y muere por ello, o la mantis religiosa, que en un sueño aparece a punto de devorar al macho y a sus crías. La animalidad de la maternidad resuena aquí en su sentido de bestia amorosa (que da amor y cuidado preservando la vida), inclinada a matar o morir por haber parido a un otro tan entrañable como ajeno.

Esa tensión entre lo entrañable y lo ajeno convive también en el cuerpo de la misma madre, que está dispuesta a ser hija de su propio hijo:

Si mi madre supiera que su hijo quiere ser madre
cogería el primer vuelo para España.
Encogería las piernas,
se amputaría los brazos,
se partiría la columna,
engulliría una a una sus muelas
y sus sesenta años.
Se haría cada vez más pequeña,
se inventaría un idioma,
balbucearía de nuevo
para ser mi hija.

Imaginarse hija y madre, volverse cuerpo-paridor de una hija, hacer de su propia madre la hija suya: el juego de roles y representaciones ya no es un juego unidireccional, no apunta tan solo a las muñecas que juegan a ser hijas (o al gesto de esconderse el pene entre las piernas), pues involucra todo el cuerpo humano hasta destruirlo, romperlo y cambiarlo de forma. El lector asiste de esa manera a “un drama transgénero” –como subtitula Néstore su primer libro, Adán o nada– de variados matices e intensidades, en el que impúdicamente se mezclan los cuerpos, los roles y la sangre.

Ese cuerpo –monstruoso, impuro, degenerado– es el que hereda la hija o “hija imaginada”. La imposibilidad de asignarle un nombre a esta hija conlleva a que sea nombrada de muchas formas: “dulce niña”, “niña-lobo”, “niña-kalashnikov”. La cantidad de apelativos nos habla de la ambivalencia y del carácter inasible de la propia hija. Es una niña que se tiene y no, que no ha nacido pero está presente, que ocupa un espacio y huye de él dentro del imaginario de la madre “muerta de vida”, capaz de advertir en las manos de la hija “un ejército de cuerpos enterrados”.

Llevando esta idea un poco más lejos, la ambivalencia de la hija es un reflejo de la ambivalencia de la misma creación artística o literaria, a la que no pocos autores han comparado con la creación divina. Se nos dice, aunque se trate ya de un lugar común, que el artista es como un dios que crea del caos o de la nada. En un plano más anecdótico, hay escritores que afirman que sus libros son como hijos suyos, y así el parto se vuelve una metáfora del esfuerzo, de lo que sale de uno con rabia, dolor y obstinación; de lo que implica transformaciones fisiológicas, afectivas y quizás de todo orden. En Actos impuros, Néstore se preña a sí mismo, se inventa una hija y un parto, nos convierte a los lectores en espectadores de su lamento y su éxtasis, y así consigue preñar su palabra de significado.

Hay un poema breve donde el poeta Porfirio Barba Jacob (que en vida tuvo muchos nombres) imagina un hijo engendrado sin mujer:

El hijo de mi amor, mi único hijo,
lo engendré sin mujer y es hijo mío;
me escribe a la distancia: estoy tan triste;
me faltas tú. Te miro en el esfuerzo
por mí, por ti, por el retorno
del polluelo a su sombra familiar,
no tengo un pan ni un techo que me cubra;
hoy habito en los muros de la mar…

Ignoro si Ángelo Néstore ha leído esta composición, que dialoga elocuentemente con la estrofa final de su “Canción a una hija”, en la que nos queda de manifiesto la orfandad de la criatura engendrada:

[…] Mi niña que no es mi niña no conoce el frío de las tumbas
o si la sábana se enreda en medio de la noche,
solo busca a un padre en la geografía de los desiertos.

Ambos hijos imaginados están solos, una habitando en los desiertos y otro en “los muros de la mar”. Sus destinos se enlazan con el de la madre-hija y el hijo-madre de Actos impuros, que son abordados en la soledad de sus múltiples cuerpos y representaciones; han quedado solas o huérfanas, sin hijas, sin padre, sin esposo, sin nieta, sin una cuna para la hija/nieta/madre y sin un lugar que los acoja. Es finalmente en un convento religioso donde el sujeto (alter ego del autor, creación suya que no es de él) encuentra su único refugio, el lugar donde recibe el milagro del vientre que crece para manchar “la tierra con la semilla última de la esperanza”.

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Actos impuros
 (2017)
Ángelo Néstore
Poesía Hiperión
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