Detalle de la portada de 'La decadencia de Nerón Golden' de Salman Rushdie.

La caída de la Casa Golden

En las páginas de 'La decadencia de Nerón Golden', Salman Rushdie caricaturiza al Estados Unidos que hizo posible la llegada de Donald Trump a la presidencia.

2018/02/14

Por Ángel Castaño Guzmán

Echar un vistazo al contenido de las redes sociales y de los periódicos –llenos hasta los bordes de noticias estrambóticas, falsas– basta para caer en la cuenta de que Talía es la musa predominante de estos tiempos. En efecto, vivimos en una época signada por la comedia. Incluso el acto más atroz y grotesco –una masacre o el naufragio de un bote de refugiados– puede convertirse, gracias a los pases mágicos de las lógicas virtuales, en motivo de un meme, de una broma viral, de la cháchara de un youtuber. La risa –están ahí las obras de Aristófanes, de Voltaire, de Monty Python para corroborarlo– supera en capacidad subversiva a un carro bomba y a un aguacero de piedras en la entrada de un claustro universitario. No obstante, la carcajada también puede restringir el debate al chiste fácil, a la salida ingeniosa. La decadencia de Nerón Golden, la novela de Salman Rushdie, camina con paso de funámbulo en medio de dichos extremos.

Nerón Golden y su parentela –tres hijos distintos entre sí como las fases de la luna– buscan en la Babel posmoderna dejar atrás para siempre a los demonios del pasado. Frente a las narices de los pintorescos vecinos demócratas, los Golden escenifican sus dramas vitales: el instinto depredador del patriarca otoñal para los negocios y los menesteres de alcoba, los miedos de Petya, el activismo de Apu y las ambigüedades de D. La sombra de Nueva York no cobija por completo a los Golden y ellos, a su manera, se convierten en un esperpéntico facsímil de la dinastía Julio Claudia. La agreste parodia incluye el terrorismo islámico, las especulaciones inmobiliarias, las mafias de Bombay, la esfera de ensueño de las élites económicas, los simulacros del arte contemporáneo, el creciente puritanismo de los movimientos altermundistas y la consiguiente transformación del lenguaje en un campo minado. Se vale Rushdie de la voz de René, un alevín de cineasta, para darle orden y sentido a la trama. Sin embargo, el narrador no se detiene en el papel de observador: se inmiscuye en el relato hasta el grado de hacer las veces de caballo de Troya. En un pasaje se le prende el bombillo a René al descubrir la eficacia estética del falso documental para hacer menos incomprensible la realidad de hoy.

De los asuntos presentes en La decadencia de Nerón Golden en dos me gustaría detener la mirada. El primero es el rol de la identidad personal y colectiva en un planeta hiperconectado. ¿Qué implicaciones políticas tiene reivindicar los nacionalismos o arrinconarlos en el desván? En la dorada casa de los Golden se proscriben las alusiones a la urbe natal en procura de mudar la piel del alma. Los tres hermanos zozobran en el fragor de la violencia mientras buscan la respuesta a la incógnita de quién diablos son. ¿Qué antídoto evita que la identidad se convierta en bandera de demagogos de izquierda y derecha? El segundo se refiere al poder de la narración para transformar a los sujetos. Al internarse René en el dédalo de las vidas de los Golden la suya cambia irremediablemente. El arte es el espejo fragmentado capaz de revelar nuestro verdadero rostro: a medias el de Teseo, a medias el del Minotauro.

Ah, y en el fondo del tablado crece la figura del Guasón, el archienemigo del Caballero de la noche. Rushdie no tiene el menor reparo en hacer coincidir su cara con la del actual presidente de los Estados Unidos.

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