'Lo que está y no se usa nos fulminará' (Literatura Random House) 'Lo que está y no se usa nos fulminará' (Literatura Random House)

Un reloj hueco que da la hora: 'Lo que está y no se usa nos fulminará'

Nuestro crítico Felipe Cáceres reseña el más reciente libro del escritor argentino Patricio Pron, una recopilación de relatos cortos.

2018/08/16

Por Felipe Cáceres

Una de las aficiones que los escritores practican en las entrevistas es la de curadores artísticos de sus propias obras. Cuando les preguntan sobre ellas, en general, suelen cubrirlas de arandelas y virtudes de las que carecen por completo, y que al leer nos cuesta mucho identificar. El excedente origina una floritura engañosa que deja en la boca un sabor de estafa, y las declaraciones de un autor sonámbulo se convierten en la fachada de un libro que, eventualmente, trata de esconder su estructura ósea, de fingir el fuego que no hay dentro de la piedra.

Esto no es accidental. Hay una industria lapidaria que soporta estos desmanes en los que la aspiración más alta (a veces la única que algunos queda) es puramente retórica y afecta de gravedad el imaginario colectivo. “Como si todo el mundo girara en torno a lo mismo: la locura de tu propio ego”, sentencia James Ellroy, y no nos cuesta mucho ponernos de acuerdo con él. Existe en los escritores una especie de asombro desmedido por la escritura literaria que en lugar de abrirles la puerta de la poesía los sitúa fuera de ella, en unas antípodas sin misterio, y en la que se dedican a recrear un viejo ritual perdido en el papel teatral del apóstol que somete a un dragón de mentiras, fanáticos de las superficies. De este vacío el mercado produce éxitos enigmáticos y urgentes mandatos de lectura que engañan a los lelos, entre los que a ratos me incluyo.

Patricio Pron (Rosario, Argentina,1975) ha escrito un libro divertido, tierno, artificial. Lo que está y no se usa nos fulminará (Literatura Random House, 2018) es un libro de relatos del que he olvidado casi todo lo que en él se decía, menos el caparazón. Es lo que al final, cuando pasa el tiempo, nos queda de los libros, dicen los poetas; la forma exterior de las historias que nos acompañaron está amalgamada con una imaginación profunda del mundo que nos hace recordarlas mejor. Acá, este olvido particular no nace de una deliberada falta de atención o inconciencia mía ni de una superstición, sino de lo que, al intentar explicármelo, diré que es su limitación y, al mismo tiempo, su virtud y su regla: que no parece nacido de la literatura sino de ciertas demandas mecánicas del mercado que usa a la literatura como excusa para exponerlas.

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Si nos tomamos al pie de la letra la expresión “cuentos que no lo son” y hacemos de ella un motivo, usada por el mismo escritor en una entrevista, podríamos re titular el libro “Fórmulas para escribir cuentos” o “Formatos de cuento con historia”, extrayéndolo de su aparente y ultramoderna sofisticación para exponer, ya no distraídos por las tecniquerías, su espíritu didáctico.

“Hablar de experimentos literarios es hablar de ejercicios que han fracasado de una manera más o menos brillante, como las Soledades de Góngora o la obra de Joyce”, pensaba Borges en el prólogo de un libro que era un poema. En Lo que está y no se usa y nos cuesta recordar, el punto de vista general está enamorado de su propia voz. Una voz algo afectada, directa y de modulaciones insulsas que no produce ninguna emoción distinta que la apreciación fría del juego de formas que propone, y que parecen tener una idea de efecto exterior en el uso del lenguaje que reduce lo que ocurre en el interior a su mera eficacia comunicativa, donde todo acaece (a pesar de los saltos y las curvas) en línea recta, aplastado por la ausencia de pasión. De manera que lo que podría ser una belleza diferente –la página funciona: se deja leer– en materia de sentimiento es apenas un sueño recreativo e inorgánico como una proye-cción de la máquina.

La eficacia es una cosa jodida. Juzgamos una página más allá de la superchería técnica por el rastro que permanece en la mente del lector después de cerrar el libro. Pero la eficacia, en estos días, sustituye la sustancia. Una página bien escrita que cumpla su cometido ya no es extraña. Si exceptuamos algunos engendros inconsumibles, casi todos los libros cumplen una función y dicen algo con claridad, concisión, el manejo de la frase larga, cualidades visibles fáciles de reconocer y que son el quid pro quo de lo que llaman elegancia.

A menudo se tiende a confundir la levedad de las imágenes hermosas con las provincias de los sueños que se olvidan al despertar. La prosa, el estilo y su forma son tan sólo el vehículo que contiene estas imágenes. En este caso no se trata entonces de una ausencia de ellas sino de un uso tan extremo de la levedad técnica que convierte a las historias en fantasmas intercambiables, sin espíritu ni arrebatamiento, con un registro monótono de la lengua sonora que las trasparenta hasta volverlas más o menos invisibles. Es una exageración injusta, pero ilustra lo que digo. No hay una sola frase verdadera que pueda recordar de memoria.

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Y es que una ficción alterna intercalada entre las preguntas del cuestionario de ingreso para migrantes en los Estados Unidos, las notas para un perfil de Tinder, el escritor Patricio Pron que busca dobles para las presentaciones de sus libros debido al agotamiento de las giras, un matrimonio entre la dictadura argentina con final explicativo (¡), recuerdan ciertos gestos del George Saunders que disloca con precisión la experimentación conceptual en breves relatos mejor concebidos, y hasta las preocupaciones –salvando las insalvables distancias entre el espíritu de los escritores– a ratos parecen una mala copia de los cuentos de Ted Chiang en La historia de tu vida, superior a todo lo que uno lee aquí. Desde luego son dos clases de perro domesticado distinto, y forzando un poco la comparación se podría decir que Patricio es puramente contemporáneo en su idea de experimentación conceptual mientras que Chiang es un escritor en sentido clásico: grandes bloques de hondura sobrenatural.

La memoria sugestionada es más fuerte que el tiempo. Si no hay sugestión, el rumbo pierde sentido. Por esto, quizás, la experimentación aquí no alcanza para nosotros a ser orgánica entre la estructura exterior (“exoesquelética”, de mecanismos narrativos a la vista) y la parte animada, el relato en sí, su emoción. Sobre todo porque los finales, que desenmascaran los textos, nos revelan la estafa. Hay momentos donde el autor de la deslumbrante novela El comienzo de la primavera brilla como un pez plateado a la luz del último sol que agita la cola antes de volver a hundirse en el agua. Pero si el narrador termina diciendo que todo lo que acabamos de leer en realidad no pasó, o fue un sueño, ¿para qué escribirlo?

Es probable que la literatura del futuro sea así: la sintaxis plana de las máquinas, textos-sin-órganos que recurren a un modelo de exposición de los mecanismos narrativos para aumentar la sensación de falsedad, de artificio, de contemporaneidad donde la poesía del pensamiento ha casi muerto o muerto al fin, y queda el mero hueso pelado.

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