'Somos luces abismales' (2018), de Carolina Sanín. 'Somos luces abismales' (2018), de Carolina Sanín.

“Los animales nos hacemos visibles en el desamparo: somos luces abismales”

Con estas palabras, el crítico Pedro Adrián Zuluaga presentó el pasado viernes el libro 'Somos luces abismales' (Random House, 2018) de la escritora Carolina Sanín.

2018/09/25

Por Pedro Adrián Zuluaga

“Me puse a mirarlo para cuidarlo”, escribe la autora. El mirado es un niño a quien su madre dejó olvidado en las orillas de un mar que también es una desembocadura. El niño es un abandonado. Y es un abandonado el potro que la autora se encuentra cuando regresa de su era, ese lugar donde está plantando un jardín, o tal vez verduras, verduras de las eras. ¿O no? El potro abandonó el rebaño, se perdió de él, se prodigó buscando otros hermanos, lejos de su manada. El potro es un abandonado que en su abandonar se encontró con otra abandonada, que es la autora, que es Carolina, y con la madre de Carolina.

Porque es una abandonada Carolina puede ser, también, hospitalaria. En su abismo, en su lugar vacío, cabemos todos, caben las cabras que tienen casi las mismas letras que la palabra caber, y la paloma muerta del parqueadero de su edificio que se desdobla o se triplica en otras palomas muertas en la calle, cabe el gusano al que la autora besa con su boca, cabe la niña abandonada del hotel del salto del Tequendama y cabe la montaña y el profesor que muere en la universidad y a quien Carolina mira en su abandono, en la soledad de los muertos, que ella quiere acompañar.

He dicho “Carolina mira” y ella ha dicho que mira para cuidar, y en su mirar enseña, pero como decimos enseñar para decir mostrar. Carolina ha dicho que hay una diferencia entre lo fabulístico y lo anecdótico. Lo fabulístico enseña algo, nos muestra algo, nos enseña a vivir. Lo anecdótico, en cambio, se encoge sobre sí mismo. Las fábulas se prodigan para contener el universo. Cuando Carolina dice amigo, amiga, montaña, río, América, potro, cabra, paloma, nombra a todas las amigas, amigos, ríos, montañas, potros, palomas. Nombra a América, en una lengua que nació en otro lado y que ella hace nacer de nuevo.

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Carolina me ha enseñado que el ensayo pertenece al género lírico, a la poesía. Porque la lírica es la contemplación, el tiempo que no pasa. Porque la poesía trata de salirse del tiempo y de mirar un objeto fuera del tiempo y de la tensión entre lo mirado y lo que mira, tratando de eliminar la distancia entre los dos. Porque Carolina abandona el tiempo es que puede ser, en estos ensayos que componen su libro, acogedora. Por eso todos los demás animales abandonados podemos desembocar en ella, como ríos en el mar, en ella que se vuelve aquí “una voz general, no personalizada, no individual”. La voz de todos. Es como los virus, que es una palabra singular y plural a la vez: decimos el virus y los virus. Como los virus que necesitan cuerpos hospitalarios que los hospeden (¡Ustedes las siguientes lectoras!).

En los virus te veo a ti: las veo a ustedes, las voces que en mis noches mal dobladas me llevan y me sustraen. Veo esa resta que me han hecho y que no me ha quitado nada. En ese acontecimiento te veo. En lo demasiado pequeño estás. Eres el dividido de sí mismo. El huésped invasor. Lo que no se hace presente, sino que asiste. Lo que no tiene obras, sino hechuras. Lo que no crea, sino que produce. Lo que hace creer que lo que parece es lo que es. El hijo mayor, antes de que el hijo fuera el hombre. El adversario. El ángel diminutamente conocible. El perdido. El desesperado, que maldobla noches y proteínas. La oveja descarriada. La que no se junta. El excluido. El que se desdice de la unidad. El horriblemente solo. El vano intento. El rabioso. El corazón roto. El estallador. Sometido, aún y siempre, al deseo de volver: al Amor. El hijo pródigo.*

Carolina ha escrito un libro de sí misma para darle un sentido, nuevo y viejo a la vez, a la confesión, para volverla oración, para descubrir y enseñarnos –es decir mostrarnos– que, como decía un tal William Blake, todo lo que vive es santo.

*Carolina Sanín, Somos luces abismales.

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