| 12/7/2018 5:10:00 PM

Los dos Prins

Un comentario sobre ‘Prins’ (2018), la más reciente novela del escritor argentino César Aira.

Carátula de 'Prins' (2018), de César Aira. Carátula de 'Prins' (2018), de César Aira.

El caso es conocido en Buenos Aires: en 1913, Arturo Prins era el arquitecto de un banco, una iglesia, palacetes y muchas viviendas de menor rango. A mediados de aquel año, después de ganar un concurso de la municipalidad para construir la Facultad de Leyes, puso la primera piedra pero no llegaría a terminar el trabajo. Antes siquiera de empezar, hubo una polémica encendida con las autoridades de la universidad que instaban al arquitecto levantar un bloque de granito en líneas góticas, aunque se arguyera en contra que era antimoderno y costaba más. Los capiteles y las cúpulas, el trazado de los arcos, los incidentes de la proporción habían perdido su valor intrínseco, objetó Prins, que había ganado el concurso con una maqueta a lo Luis XIV. El consejo de la Facultad simplemente dijo que el estilo gótico se ajustaba mejor al Derecho. Y no discutieron más.

La arquitectura mental de un proyecto de esta envergadura exigió que Prins hiciera un viaje de observación a Europa para aprender con la imaginación el espíritu del diseño. De regreso en su ciudad, trabajando en su versión de las catedrales que conoció en París, descubrió que lo que parecía un mero capricho europeizante de la burocracia argentina fue, en realidad, una justificación oscura para desviar parte del presupuesto en el momento de la crisis económica desatada por la primera guerra mundial. Desde el comienzo hasta el final, siempre por falta de dinero, la obra fue interrumpida muchas veces incluso cuando la guerra acabó, o no acabó sino que se tomó un receso hasta el 39, año en que Prins murió. Visto retrospectivamente, el edificio parece un acto de teletransportación fallido que dejó los pisos y las torres que faltan (minuciosamente trabajados en los bocetos) esperando en la región donde fueron soñadas. Sólo se construyeron tres de los pisos planeados y Prins murió de causa natural. Pero lo que se cuenta de esta historia en el imaginario popular es de lo que, en parte, se alimenta Prins (2018), la última novela de César Aira.

Según la versión oficial, Prins, desolado por la falta de dinero y “por calcular mal el peso del revoque”, se encerró en su castillo medieval a medio hacer y lo caminaba de arriba abajo, día y noche, como un fantasma. Una de esas noches se llevó a la boca un revólver cargado. O tal vez se ahorcó de una viga. O torturado por visiones tenebrosas ante la promesa rota de llevar a cabo la escalera en espiral que conduce a las estrellas se ahogó en un sueño de pastillas.

Estas imágenes disímiles concuerdan con el gusto popular por las historias truculentas, y arraigaron con más fuerza y eficacia en la idea general que se tenía de la catedral y su arquitecto. La imaginación de algunos escritores de la época, sintonizada en muchos casos en una frecuencia parecida, abre un acceso al mapa mental de la sociedad donde se planteaban los problemas de forma, resueltos en deslumbrantes soluciones creativas. Leopoldo Lugones, las inmensas miniaturas llenas de piñones de Jorge Luis Borges, la selva de Quiroga. No nos cuesta mucho imaginar que la conciencia medieval que levantó las catedrales góticas guarda espacios interiores que una arqueología del espíritu difícilmente puede penetrar, más que con la alucinación y el delirio. En ese terreno Aira se mueve con mucha facilidad.

Un famoso escritor de novelas góticas deja de escribir y, buscando llenar el tiempo vacío, se dedica al consumo de opio. Antes de entregarse por completo a su nueva actividad, despide al grupo de creativos escribas que le redactaban las novelas –porque ya ni siquiera las escribía él– y viaja a la Antigüedad por la droga, una casa ubicada en un barrio de los márgenes que guarda la llave de la puerta principal en el interior –en el centro– del bloque de opio que Prins compra, y que debe consumir todo para liberar. Poco después, los desempleados escribas, “libres de mi tutela, crearon una organización clandestina para sabotear la realidad con los elementos de la novela gótica que habían escrito para mí”. Alegorías así aparecen dispersas por toda la novela. Pero son imágenes que no continúan, o que continúan desarrollándose en una trama de ideas –digamos paralela y oculta– que nunca se resuelve en la superficie de lo que cuenta.

Sin duda alguna, el ingenio de Aira es formidable aunque generalmente se base en fórmulas absurdas. Como si fuera el fuelle del último genio que está cansado y no le importa decir que lo está. No es un Rimbaud que rompe con la escritura, sino un escritor en el que ya no hay misterio más que el de sentarse a escribir sin encanto. Porque no se puede hacer nada más, porque la escritura es lo único que queda. Sus libros ascienden a cimas estilísticas que son pura inercia de chisporroteo e inspiración, agudeza y lírica. Tienen la estructura interna de un poema que refleja muchas caras según la comprensión del lector. Construidos frase por frase hasta completar breves unidades compactas que exigen un grado de atención reflexivo en el que el descenso hacia la idea multiplica su ambigüedad, puede provocar, por su tono a veces entre barroco, ligero y juguetón, que muchos intentos de acercarse a su obra terminen desertando.

Prins no es la excepción. Si ignoramos los momentos meramente superficiales que conectan una idea con otra, puestos para dar continuidad, emerge una trama de pensamiento que ilustra una vida de la mente de la que siempre podemos aprender algo más y que habla de todas las cosas, del tiempo y del amor, del fracaso y del esfuerzo de la escritura, de la soledad y de la incomprensión creativa y el mercado editorial, de la vida, de la redención.

El portal que Aira ha abierto entre la obra del Prins verdadero y el de la ficción están ahora ligados por un revoque de fantasía que une las dos épocas y que, sin que necesariamente este libro sea una especie explicación fantasmagórica del mundo interior (en versión libre) del arquitecto, capta las resonancias psicohistóricas y asociativas y expande el contenido de un nombre que fue el pararrayos de un desfalco institucional que dejó su propio monumento, complicado e inconcluso como la obra del propio Aira.

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