Ilustración de Juan Sáenz Valiente para la muestra 'Más allá de la Ricchieri'. Ilustración de Juan Sáenz Valiente para la muestra 'Más allá de la Ricchieri'.

Los inquietantes universos de Juan Sáenz Valiente

Con un estilo versátil, el dibujante argentino se ha paseado por diversos géneros (el policial, el de aventuras, el infantil) utilizando diferentes recursos y trazos particulares que lo han consolidado como una de las voces más interesantes del cómic latinoamericano contemporáneo. Hablamos con él en el marco de su venida a Colombia al Festival Entreviñetas.

2018/10/08

Por Mario Cárdenas

Juan Sáenz Valiente (Buenos Aires, 1981) es guionista y dibujante de historietas. Comenzó a publicar con frecuencia tras haber ganado en 2001 el primer puesto del Concurso Nacional de Cómic de Argentina. Desde entonces, sus historietas han sido publicadas en Francia, Argentina, España y Colombia, donde el sello Cohete Cómics de Laguna Libros editó La sudestada, un policial costumbrista que incluye paisajes de Buenos Aires y el Tigre. Con un estilo versátil, Sáenz Valiente se pasea por diversos géneros como el policial, el de aventuras, el infantil, utilizando diferentes recursos y trazos tanto realistas como caricaturescos.

Hablamos con él en el marco de su venida al país al Festival Entreviñetas.

Hay a su alrededor un universo narrativo rodeado de dibujo e imágenes. Su madre es arquitecta y su padre es animador. Sobra decirlo, pero ¿cómo fueron afectando estos universos su trabajo hasta llegar al de historietista?

La historieta era el único terreno virgen de mi apellido. En mi familia ya habían hecho de todo con imágenes y la historieta era el único espacio donde me sentía auténtico. Mi padre hacía cine de animación, dibujo animado, fotografía, diseño gráfico, era ilustrador, cineasta. De hecho, no sé porque nunca hizo historieta. Mi madre, por su parte, hizo lo suyo en el terreno de la arquitectura, que es un terreno muy visual: sus proyectos son cosas que siempre se piensan con imágenes. Pero la historieta fue el único lugar que encontré para sentirme un poco más auténtico. Después, cuando murió mi padre, me di cuenta de que esas cuestiones eran simplemente etiquetas, pero mi espacio propio lo armé desde allí, desde la historieta.

Uno de sus primeros trabajos fue la adaptación de Yo solo vine a hablar por teléfono, una obra basada en el cuento de Gabriel García Márquez, y La ventana abierta sobre un cuento de Saki. ¿Cuáles son las dificultades que ha visto al momento de adaptar un texto literario a la historieta? ¿Qué tan complejo es hacerlo?

Lo que es difícil es que hay que respetar la obra, pero al mismo tiempo hay que transformarla. La obra debe siempre sufrir un cambio. Muchos tienen respeto por la obra de los autores que admiran, no quieren tergiversar el sentido de la obra original. Pero inevitablemente al pasar de literatura a la historieta siempre hay que hacer una transformación: hay un montón de cosas que aparecen y desaparecen. En ese caso, hay que ser lo más respetuoso y lo más irrespetuoso posible. El problema es saber lidiar con esas cosas. Igual hay que saber cuándo callar y cuándo hablar. Lo que intento hacer es faltarle un poco el respeto a todos, con la mayor de las ternuras posible.

¿Se ha visto tentado a adaptar algo más de García Márquez o de otros autores argentinos?

Lo que descubrí con Gabriel García Márquez es que, desde la adaptación al cine de Crónica de una muerta anunciada, que a él no le gustó, decidió no ser partidario de la adaptación de sus obras. A mí me fue muy difícil, porque esa obra no la pude publicar porque no tenía los derechos. Mi recomendación en un caso así es tener los derechos libres. Es una lástima porque luego de haberla terminado los editores no pudieron conseguir los derechos. Eso me generó una impotencia terrible.

Usted ha trabajado con escritores que hacen el trabajo de guionistas como Pablo De Santis en Cobalto, con Trillo en Sarna e incluso con Pedro Mairal. ¿Cómo es leer a estos autores cuando le presentan un guion? ¿Qué tanto se modifica el trabajo respecto a los procesos individuales?

Lo lindo de trabajar con alguien es cuando lo hacen dibujar a uno algo que a uno nunca se le hubiera ocurrido dibujar. Es un desafío cuando los dos mundos se potencian; cuando son cosas que a uno se le pueden haber ocurrido no es tan interesante. A mí pasó con Trillo y De Santis: los universos de ellos son muy ricos, muy generosos y me hicieron pensar en cosas que nunca se me hubiera ocurrido dibujar. Esa parte es lindísima.

Un punto importante cuando uno colabora es la comunicación: hay que saber hablar con los guionistas. Lo que tienen Trillo y De Santis es que saben ceder en el ego, porque en muchos casos los trabajos son un combate de egos. A veces el guionista quiere demostrar que sabe escribir muy bien y le encanta que los diálogos tengan muchas frases, que son innecesarias en la historieta, y el dibujante quiere demostrar lo bien que dibuja y llena la página con dibujos de cosas para demostrar que sabe dibujar.

En este caso, ¿estos escritores eran lectores de historietas?

Si bien De Santis viene de la literatura, supo adaptarse con total humildad a los guiones de historieta, porque escribe cosas en las cuales el texto no está por encima de la imagen. Él sabe escribir muy bien los guiones. Trillo también, porque además él sí es un escritor de guiones para historieta. Los dos son personas que saben escribir pensando en imágenes, y saben que el guion va a desaparecer. Estoy siendo un poco tenaz con lo que digo, pero al final lo que sale es la historieta. El guionista de historieta debe escribir sabiendo que el guion va a desaparecer.

Algunos de los títulos más relevantes de la trayectoria de Sáenz Valiente. Foto: Cortesía.

En Norton Gutiérrez, como ha manifestado en otras ocasiones, usted decidió poner en relación universos que le interesan. ¿Cuáles son esos universos? ¿Podría ahondar en ello?

Están los universos de las cosas que a mí me fascinaban en la infancia, las cosas de aventura pura, como las historietas de Tintín. También los libros Puzzle de Lumen. No sé si eran conocidos acá: eran unos libros en los que, antes de pasar la página, había que resolver un misterio, un acertijo. Laberintos en la historia y cosas así. A mí esos libros ilustrados me gustaban mucho, así como las películas de Steven Spielberg: Tiburón, Indiana Jones… Me gustaban los universos de todas las películas de esa época que trabajaban el camino del héroe iniciático, como Karate Kid, Los Goonies, todos esos mundos.

Muchas de esas se han reciclado ahora

Sí, pero ahora está esa cosa más cuidada donde el gordo no puede ser el gordo, donde no se pueden decir malas palabras,y se debe tener cuidado con la violencia. Hay tanto cuidado con tantas cosas que a veces las historias terminan lavadas. Me gustaba la inocencia de esa época que era más sórdida.

Esos universos me hicieron recrear la historia de Norton Gutiérrez, que se ambientaba en los cincuenta, porque era una época donde no había aire acondicionado ni teléfonos celulares. Eso hacía que las aventuras fueran más ricas. En esa época funcionaban mejor los mundos desconocidos; hoy en día, con radares y demás aparatos, la intriga se perdió.

Desde que leí La sudestada, pensé en una serie como True Detective, donde el policial es llevado a otro terreno –humano- y la investigación pone en evidencia otras cosas. ¿Qué pensabas al escribir esta historia?

La serie de True Detective nunca la vi. No veo series. Yo quería hacer una policial fuera del género cliché de Raymond Chandler y el personaje Philip Marlowe,  donde está ese detective con el vaso de whisky, el ventilador desvencijado y las persianas que dejan entrever la luz de la calle. Quería evitar ese cliché. Lo que hice fue entrevistar un verdadero detective privado en la Argentina. Me basé en las investigaciones de él. La sudestada es una ficción, pero basada en los casos que vivió este detective. Él no usó nunca una peluca o un bigote postizo. La premisa de su trabajo es que hay mucha gente que quiere hablar. Eso me sirvió para mi trabajo.

Además, está la decisión de sacar al detective, de llevarlo a un espacio rural, fuera del espacio urbano de Buenos Aires. ¿Por qué decidió llevarlo a esa zona?

Me gustó sacarlo del cliché de la ciudad para evitar cualquier tipo de estereotipo. Paradójicamente, sí terminó cumpliendo con el formato de un policial.

Por último, ¿qué ha estado leyendo para nutrir su trabajo? Había leído que Salvatore de Nicolas de Crécy le había servido para trabajar La sudestada.

Ahora estoy leyendo a Antoine Marchalot, Una vida en familia tan agradable. Quizá no tiene nada que ver con lo mío, pero me gusta leer cosas raras que me abran la cabeza.

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