'Laëtitia o el fin de los hombres', de Iván Jablonka. 'Laëtitia o el fin de los hombres', de Iván Jablonka.

Los mil rostros de Laëtitia

Nuestro columnista Ángel Castaño reflexiona sobre 'Laëtitia o el fin de los hombres', del historiador francés Iván Jablonka.

2018/08/02

Por Ángel Castaño Guzmán

En pleno centro de Armenia, Laura Juliana Jojoa recibió varias heridas con arma blanca, siendo mortal la asestada en el cuello. De apenas 21 años, Jojoa trabajaba en un almacén de ropa. La noticia –como suele pasar– se propagó muy rápido: la rabia y el miedo llenaron los foros virtuales. El presunto malhechor fue grabado por las cámaras de vigilancia de la zona: un señor de apariencia normal. En una semana la policía lo capturó. Algunas fotografías de la escena del homicidio colmaron el morbo de muchos. La marea bajó, la gente respiró aliviada. Laëtitia Perrais (18 años) desapareció el 18 de enero de 2011. A los dos días, la gendarmería atrapó a su violador y asesino. Ambos casos –el de Laura Juliana y el de Laëtitia– tienen elementos comunes: la extrema juventud de las víctimas, el estrato social de procedencia de ellas y de sus verdugos. Y tienen una gran, enorme, diferencia: a Laëtitia le fue resarcida su dignidad; a Laura Juliana, todavía no.

Me explico: las muertes violentas reducen las historias de las personas al momento final, al espectáculo macabro, usufructuado por los políticos y los gacetilleros. Toda una existencia –repleta de sueños, frustraciones, luces y tinieblas– se resume en el momento infortunado y maldito en que ellas fueron despedazadas. Este es en buena medida el postrer triunfo narrativo de los malos: su barbaridad y demencia convierten las vidas de quienes cayeron en sus manos en una crónica judicial. Consciente de semejante injusticia, el historiador Iván Jablonka decidió usar la palabra para reconstruir al menos en parte la imagen de Laëtitia, contar su biografía con un registro distinto al policial.

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Publicado en Francia en 2016, Laëtitia o el fin de los hombres es un libro de formidables fuerza e inteligencia. Jablonka supera la anécdota –dolorosa y sangrienta– de la muerte de la joven y se preocupa por describir los mecanismos del feminicidio. Tres desvelos guían su empresa literaria: ¿qué tipo de sociedad propicia las condiciones culturales para el descuartizamiento de una adolescente? Una vez acaecido el crimen, ¿por qué este exabrupto se transforma en una mina de réditos políticos y mediáticos? Y finaliza la inspección con un espinoso interrogante: ¿estos dramas modifican en algo a la comunidad francesa? Lo anterior lo hace con la sutileza y la empatía necesarias para no tomar a Laëtitia de la página sensacionalista y confinarla a la del estudio puro y duro. El lector conoce a Laëtitia –la traumática historia familiar, el nexo visceral con Jessica, su gemela, sus tiernos errores ortográficos, el despertar sexual y profesional– y la parte del país en la cual nació, creció, amó, luchó y murió.

Jablonka edifica una eficaz estructura: alterna los capítulos ensayísticos con los narrativos y experienciales. En los primeros pone en el escenario temas disímiles y entrelazados: el “criminopopulismo” –esa manía de sectores ideológicos de creer que el único camino para acabar con el delito es el aumento de las penas–, la violencia engendrada en familias alejadas de los beneficios de la educación y el empleo, la crisis de los sistemas carcelarios y formativos, entre otros. En los segundos, asume el tono periodístico y personal: habla con los amigos de Laëtitia, revisa sus comentarios en Facebook, mails y cartas.

Las tumbas de Laëtitia Perrais y de Laura Juliana Jojoa son testimonio de un cáncer social: la violencia contra la mujer. Al llegar a este punto de la reseña leo la noticia: la adolescente Yamileth Aponte Cardoso lleva dos semanas extraviada. Ojalá regrese pronto a casa. La necesitamos. Y ojalá Laura Juliana y el resto de las trituradas por un orden depredador dejen de ser estadísticas, puntos en gráficos, y nos hablen de sí mismas, de nosotros.

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