Margarita García Robayo nació en Cartagena en 1980. Crédito: Mariana Roveda.

“Me siento más parte de un tiempo que de una geografía”: Margarita García Robayo

Antes del lanzamiento de su nuevo libro, la escritora colombiana conversó con Arcadia sobre su obra y la reciente polémica que se ha dado alrededor de la exclusión de las autoras del país.

2017/11/16

Por Sara Zuluaga García

Pablo y Lucía contemplan un atardecer con sus hijos: “Es una puesta de sol muy parecida a la de todos los días, pero ellos la creen única e irrepetible. Así será hasta que el recuerdo se degrade primero, y se extinga después”. Es una escena de Tiempo muerto, el libro más reciente de Margarita García Robayo, un relato íntimo que recoge la contradicción, dulzura y violencia de cualquier pareja.

García Robayo presenta el texto, publicado por la editorial Alfaguara, con una charla con Piedad Bonnett en el Teatrino del Gimnasio Moderno de Bogotá el 16 de noviembre a las 6:30 p.m. Antes de la cita, Arcadia conversó García Robayo, sobre su obra y la polémica que se ha dado alrededor de la exclusión de las autoras colombianas.

Tiempo muerto se narra desde la frustración de un matrimonio, ¿cuál es el valor que ofrecen las voces íntimas a la hora de abordar fenómenos culturales, políticos y sociales?

El valor de las voces íntimas tiene que ver con el tratamiento –tópico y estético– que el autor elija para tocar determinados temas. Muchas veces nos identificamos con un autor no tanto por lo que cuenta sino por lo que representa emotivamente su voz. A mí me parece importante que existan voces reconocibles, distintivas, que nos den una sensación de profundidad frente a los conflictos que se narran. No es lo mismo una situación contada de un modo lineal, cronológico, unívoco, que aquella que emplea recuerdos fragmentados, episódicos, confusos que el lector se ve obligado a reconstruir. Me interesa que el lector sienta la experiencia de la lectura también como un desafío.  

Pablo y Lucía son personajes que evocan de forma precisa la complejidad de cualquier relación, en especial las contradicciones de sus propios pensamientos sobre el otro. ¿Cómo fue el proceso de construcción de esta pareja?

Me interesaba tratar sus puntos de vista de manera separada, construirlos individualmente como personajes contradictorios y ambiguos para que el lector pudiese sentir tanta empatía como rechazo por cualquiera de los dos. No quería que nadie fuera la víctima, quería ponerlos en igualdad de circunstancias. La pareja que conforman, por lo tanto, es la suma de esas individualidades que les impide pensarse en conjunto. Ahí está el mayor de sus problemas y la falibilidad de su relación.

Hay un tema que recurre en su escritura y es el origen, la búsqueda de la identidad a partir de un lugar y tiempo específicos. ¿Cómo surge esa preocupación?

Sí, la construcción problemática de la identidad y la pertenencia es algo que viene orbitando en mis textos desde el principio. Es un gran tema narrativo que surge un poco de mi experiencia personal, el haber experimentado el desarraigo desde muy joven y tratar de conciliar esa circunstancia con la pertenencia es un tema complejo y rico en términos narrativos. Suelo decir que me siento más parte de un tiempo que de una geografía, y es cierto, pero también soy consciente de que no se puede no ser de ninguna parte y que mi origen me persigue y deja marcas en todo lo que hago. 

Últimamente se ha hablado mucho de las escritoras. Algunas discusiones sobre la definición de “Literatura femenina” concluyen que el mismo término genera una discriminación. ¿Qué opina del tema?

Que es cierto. No me gusta cuando atribuyen rótulos a la literatura en general, entiendo que le sirve a la industria, pero a los escritores no nos sirve, más bien lo contrario. Los rótulos o las etiquetas son simplificaciones, nada más nocivo para la literatura que la simplificación.

Usted está entre las firmantes del manifiesto “Colombia tiene escritoras”, ¿cuál considera que sea el aporte más importante de las narradoras contemporáneas colombianas?

A este y todos los períodos, el aporte de las narradoras es su mera existencia, su mirada, su interpretación del mundo desde la narrativa o cualquier otro rubro artístico. Más allá de la calidad de lo que producen (cada vez es más evidente que hay muchas escritoras sólidas), un panorama literario nacional que no contemple narradoras excede lo “injusto” y pasa a ser falso. No se puede concebir la literatura de un país de un modo parcial (desde el género, o desde cualquier otro criterio que suponga una exclusión), porque sencillamente no resiste el menor análisis ni pasa ningún filtro de verosimilitud. Más que un problema de machismo, pienso que hay un profundo problema de pereza en quienes tienen la labor de mostrar panoramas literarios nacionales. Hay que buscar, leer, investigar, no quedarse con los nombres o las versiones que automáticamente acuden a la cabeza, porque esas versiones –por razones culturales más que obvias– suelen ser el resultado no de una exclusión deliberada, sino, aún peor, de una inercia patriarcal histórica.

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