"Tengo en mi memoria la imagen de sostener en mis manos álbumes como The Wall de Pink Floyd y Live at Wembley de Queen. Recuerdo que me gustaba el diseño de las cajas dobles, las más gruesas", comparte Jacobo Celnik en 'Melómanos'. "Tengo en mi memoria la imagen de sostener en mis manos álbumes como The Wall de Pink Floyd y Live at Wembley de Queen. Recuerdo que me gustaba el diseño de las cajas dobles, las más gruesas", comparte Jacobo Celnik en 'Melómanos'.

'Melómanos', el nuevo libro de Jacobo Celnik

Luego de 'La causa nacional. Historias del rock en Colombia', el periodista Jacobo Celnik ahora publica 'Melómanos', donde recopila una serie de crónicas dedicadas a estos apasionados coleccionistas y cultores de música. ARCADIA comparte fragmentos de la obra.

2020/02/12

Por Jacobo Celnik

El caso es que por aquellos días se veía cada vez menos acetatos y empezaba a brillar el CD, aunque no era un producto tan masivo. Sin embargo, poco a poco la gente empezaba a hablar de ellos y de la bondad de su sonido y manipulación. Yo no era ajeno a su visibilidad, pues en Bulevar Niza había varias tiendas de discos: Oma, Bambuco, Prodiscos y La Música. Recuerdo que a mis doce años solía entrar a La Música del primer piso del centro comercial y pasaba un buen rato viendo los compact disc que los tenían exhibidos en el mezanine del local. Tengo en mi memoria la imagen de sostener en mis manos álbumes como The Wall de Pink Floyd y Live at Wembley de Queen. Recuerdo que me gustaba el diseño de las cajas dobles, las más gruesas. Para poder oír los CD se necesitaba de un reproductor externo, que se conectaba como auxiliar al equipo de sonido, o en su defecto un discman, pues todavía no se comercializaban los equipos que traían incorporado el CD. Ambos productos eran costosos y estaban lejos del alcance del presupuesto familiar. Estudié en un colegio en el que era habitual que al regreso de las vacaciones de mitad de año uno que otro de mis compañeros alardeara con esos gadgets. También era normal pedirles esos “juguetes” a mis padres. La respuesta de esos días era: “No, no se puede”.

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Hasta ese momento, vivía el gusto por la música como cualquier adolescente: abierto, permeable, influenciable y con ganas de conocer todo tipo de géneros y grupos. Hasta que escuché Queen. Ahí todo cambió. Queen fue mi primer amor. Mi papá me regaló el Greatest Hits, el que tiene en la tapa una foto de los cuatro integrantes en un marco rojo con fondo negro. Desde ese día Queen se convirtió en mi mejor amigo. No veía la hora de llegar del colegio a oír, una y otra vez, “Another One Bites the Dust”, “Don’t Stop Me Now”, “We Will Rock You” y “Crazy Little Thing Called Love”, mis preferidas. Oía la guitarra de Brian May y quería ser como él. Ya tenía uno de varios héroes, uno de varios referentes, un nuevo amigo, así no estuviera presente. Porque los músicos que admiramos, con el paso del tiempo, se convierten en amigos. Eso lo sentí el día que murió David Bowie. También me gustaban las canciones más obvias de Queen como “Bohemian Rhapsody” y “Somebody to Love”.

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Recuerdo que yo le hablaba de Genesis y él me replicaba con Deep Purple y Uriah Heep. Un día, me prestó un casete que tenía “Smoke on the Water”, “Highway Star” y “Lady in Black”. Dos nuevos amores aparecieron en mi vida. Dos bandas británicas se sumaron a mi lista de preferencias. Discos y casetes iban y venían de mano en mano, de amigo en amigo, y con ellos creaba compilados de noventa minutos en cintas cromadas. Esos casetes luego se convirtieron en una marca, en mi forma de hacer relaciones públicas. Aburrido del pop pegajoso que sonaba en las mañanas de La Mega, y que me obligaban a oír porque a un puñado de estudiantes les gustaba esa emisora, un día les di un golpe de Estado y decidí que la música que acompañaría el largo trayecto al colegio sería la que a mí me gustaba. Sentía que las treinta personas que iban en ese bus debían escuchar algo más profundo y más digno que “Vamos a la playa” o “Cartas sin marcar”. Así que a mis catorce años empecé un rol de evangelizador en el nombre del rock que me gustaba, algo que se convertiría en una marca a lo largo de mi vida. Claro está que en ese momento no lo sabía ni lo tenía planeado. Todo esto que estoy recordando aparece con la benevolencia del paso del tiempo, con ver los hechos en perspectiva. Los que me conocen saben por qué lo digo. Recuerdo que al principio de mi golpe de Estado musical hubo quejas y algo de resistencia: preferían el pop pegajoso que programaba La Mega al rock clásico de Jacobo. Pero el conductor del bus, el señor Corredor, era un gran aliado, un amigo leal que hizo respetar mi voluntad, la de un DJ en formación. Mis amigos del colegio y del bus empezaron a reconocerme como un tipo con buen gusto musical y dejaron de ejercer resistencia cuando yo ponía un casete en el bus, al punto que me pedían música variada para las mañanas. Incluso llegamos a una especie de acuerdo en el que un día soportábamos la música de La Mega y otro día yo me encargaba de la música. Eso me gustaba, me trajo además nuevos amigos y amigas.

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En estos fragmentos, Celnik explica la razón de ser de su melomanía y luego se adentra en la de otros. 

Gracias a la música he tenido grandes satisfacciones antes y después del colegio. Durante la etapa escolar tuve una banda de rock con tres amigos, que me permitió tener dos guitarras (una fue de Rodrigo García, exintegrante de Los Speakers), hoy en manos de mi amigo Ernesto Thorin, protagonista de este libro. Tocábamos versiones de clásicos de Soda Stereo, los Beatles y U2. Asistí a grandes conciertos en Bogotá, como los de Bon Jovi, Santana y Soda Stereo, y escribí mi tesis de grado sobre el existencialismo en la música de Pink Floyd. Conocí las mejores tiendas de la ciudad e hice grandes amigos, la mayoría con fuertes vínculos con la música. Nada mal para siete años de aprendizaje y buenos sonidos de fondo. Luego me fui de Colombia por un tiempo, crecí, maduré, y viví experiencias únicas, como el concierto de U2 en Tel Aviv a finales de 1997. Cuando entré a estudiar Comunicación Social en la Universidad de La Sabana no sabía muy bien hacia dónde dirigiría mi carrera. Lo único que tenía claro era que quería escribir sobre rock y seguir los pasos de Lester Bangs, Philip Norman, Sam Shepard, Nick Hornby y Jann Wenner.

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Cuando terminó la clase, me acerqué y le dije que quería ir a su programa, que tenía un par de bandas que seguramente él no conocía y quería darlas a conocer. Me dijo: “Hermano, el próximo viernes a las 6 p. m. en el edificio Uriel Gutiérrez”. No dijo más. Solo eso y se marchó. Aquel viernes de marzo de 2003 llegué a las cinco de la tarde al Uriel. Lo esperé en las escalinatas que conducen al edificio. Mauricio Tamayo llegó a las 6:15 p. m. Me saludó y me preguntó si tenía la música. Mientras subíamos las escaleras hasta el último piso, donde está ubicada la emisora, me explicó la dinámica del programa. Asimilé rápido las instrucciones, llamé a mi mamá y le pedí que grabara en un casete el programa que se emitiría por 98.5 FM. Ese día les hablé a los oyentes sobre Quidam y Porcupine Tree. Fue un debut con música de bandas desconocidas en el país. Conservo la grabación de ese primer programa y me emociona escuchar los nervios en mi voz, esa voz que tomó un buen tiempo en salir. De invitaciones esporádicas a Eurorock entre 2003 y 2004 pasé a conducir el espacio. Mauricio dio un paso al costado para darle la oportunidad a nuevos talentos. Siempre fue así en todo lo que ejercía, en especial en producción de televisión. Estuve casi doce años en la emisora de la Universidad Nacional liderando varios espacios dedicados a la difusión del rock.

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Para los que amamos la música, no nos basta con saberlo todo, también queremos expresar nuestro conocimiento de alguna manera. Coincidió el trabajo freelance con la Rolling, donde escribí principalmente reseñas y entrevistas, con mi trabajo como productor en La FM de RCN Radio, donde me dieron la oportunidad programar la música que sonaba los domingos en la franja nocturna, además de liderar el Expreso Inglés, un espacio los sábados en la noche dedicado a la música británica. Esa labor de DJ los domingos, sin decir una palabra al aire, fue fenomenal, porque programar canciones en una emisora es todo un arte. Si sonaba “You’re The Inspiration” de Chicago, no podía aparecer “Whole Lotta Love” de Led Zeppelin seguida. Parece obvio, pero no lo es. La programación de canciones en la radio corresponde a unas intenciones melódicas, temáticas y conceptuales. Si la curva temática indicaba que debían ser baladas pop, con escasos niveles de estridencia, bandas de hard rock o heavy mental no cabían en la programación. En el Expreso Inglés había más libertad y mayores posibilidades de mezclar polos opuestos como Blur y Deep Purple.

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Durante años había visto publicaciones de música y me preguntaba si sería posible entrar a esos terrenos. Desconocía cómo y dónde podría lograrlo, pero los astros se alinearon a mi favor. Carlos Castillo, compañero de trabajo en el FCE, a raíz de una de las conferencias de rock, me preguntó si no había pensado en publicar un libro sobre la historia del rock y aprovechar a alguno de los conferencistas de la programación cultural. La cosa me quedó sonando durante un tiempo, hasta que se me ocurrió la idea de hacer una antología de entrevistas a grandes del rock. Le propuse el proyecto al reconocido locutor y productor de radio Andrés Durán, pues sabía que él atesoraba grandes entrevistas realizadas a lo largo de su amplia trayectoria en la radio. Le encantó la idea, pues también quería incursionar en el terreno de los libros. Toqué las puertas de Norma, gracias a Carolina Barrera, en Ediciones B y en la editorial española T&B, que años más tarde estuvo en el ojo del huracán por robarles las regalías a sus autores. Pero fue gracias al apoyo de la editorial Taller de Edición Rocca que Rockestra: entrevistas a grandes del rock se publicó en marzo de 2013. El lanzamiento del libro en la Feria Internacional del Libro de Bogotá fue inolvidable. Llegaron casi 400 personas, de las cuales 200 no pudieron entrar. Ese día me sentí como todo un rockstar. Firmamos un centenar de libros. Rockestra fue la llave mágica para abrir otras puertas en el mundo editorial: logré, dos años después, que me publicaran mis libros en Penguin Random House Colombia y México, y en la editorial Montesinos de España. Se abrió otro camino: la posibilidad de compartir años y años de conocimiento adquirido. Luego llegaron las conferencias, las invitaciones a ferias, ponencias, simposios y festivales literarios. Todo gracias a la música, bendita música.

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