Ilustración de Gonzalo Arango de la carátula de la edición de Eafit de 'Memorias de un presidiario nadaísta' (2018). Ilustración de Gonzalo Arango de la carátula de la edición de Eafit de 'Memorias de un presidiario nadaísta' (2018).

‘Memorias de un presidiario nadaísta’, de Gonzalo Arango: el profeta de la nada en prisión

La Editorial EAFIT publicó recientemente ‘Memorias de un presidiario nadaísta’ (2018), el recuento de infortunios que el escritor y poeta antioqueño Gonzalo Arango vivió cuando estuvo preso en la cárcel La Ladera de Medellín. Una reseña.

2019/01/08

Por Jaír Villano*

Para empezar, una pregunta retórica: ¿hay algo por añadir a la vida y obra de Gonzalo Arango? Pareciera que sobre el profeta de la nada se ha dicho y desdicho todo. Pero decía que era retórica: porque de los buenos autores —como de los mitos, ¿o de los mitos como de los buenos autores?— siempre habrá algo por decir.

Abracadabra: en Memorias de un presidiario nadaísta (EAFIT, 2018) escuchamos la voz de ese poeta burlesco y contumaz, virulento y sinuoso, convincente y difuso, que pasó infortunios en la cárcel La Ladera de Medellín, producto de un acto de desfachatez —lecturas en voz alta y difusión de ideas “paganas”— en el Congreso Nacional de Escritores Católicos, en tiempos en que los valores de Antioquia eran (aún) más arrinconados.

Cuenta el escritor: “Todo era de perlas y yo me sentía feliz con tan lindas y amorosas perspectivas, si por desgracia el maldito programa de bambucos no se hubiera interrumpido para emitir un boletín extraordinario, urgente, insólito, ¡la hecatombe! El indignado locutor aullaba, pateaba, se desgarraba la garganta transmitiendo la abominable noticia contra ‘un irrespeto, un increíble sacrilegio perpetrado contra el magno Congreso de Escritores Católicos por la pandilla de antisociales llamados ‘Nadaístas’ encabezados por el sujeto Gonzalo Arango, que en este momento es perseguido por toda la ciudad para capturarlo vivo, muerto o borracho’”.

Y es así, en ese tono jocoso y sarcástico, que el profeta da cuenta de sus peripecias en el centro penitenciario. Y es así como conocemos intimidades grotescas y protervas sobre las dinámicas que hay en las cárceles. Mejor: como constatamos que las abominables condiciones de vida en estos espacios vienen desde tiempos muy lejanos.

El poeta reflexiona: “este lugar horripilante que es una cárcel no es, paradójicamente, un sitio de expiación, sino de perdición. Ni la justicia ni la sociedad han ganado nada al condenar a ese hombre. Tampoco han cobrado nada. Todo lo han perdido al degradarlo. Ese miserable será su jurado y eterno enemigo. Pues la sociedad que hace con su sistema penitenciario, que debería ser de reivindicación del condenado para restituirlo a la sociedad, es fortalecer a su enemigo, poner en sus manos armas tenebrosas, y si no lo pudre la cárcel o lo mata, su venganza será mortal”. Una problemática enquistada desde varias décadas atrás, queda comprobado.

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Carátula de Memorias de un presidiario nadaísta (2018). Editorial Eafit.

En estas memorias, Arango aprovecha para apostrofar esa tradición antioqueña —tan pulcra, tan proba, tan verraca— y apologizar, de paso, las intenciones de su generación degenerada, o ese movimiento poético sin antecedentes —y quizá sin sucedientes— en Colombia.

Recuerda Arango: “mientras los antioqueños se mataban por antioqueñizar a Antioquia los nadaístas nos desvivíamos por universalizarla. Deseábamos romper el núcleo parroquial confinado en el cascarón secular de sus mitos culturales donde Antioquia moría oprimida por el fetichismo de sus viejas glorias”. (¿Universalizar? A veces resulta interesante saber cuál sería la posición del poeta frente al dominio político de una corriente como el Centro Democrático).

Se trata de un autor que se la jugó por el todo o la nada. Un romántico que asumió el arte como un estilo de vida. Un picaresco que volteaba el reflector y se burlaba de sí mismo. Un sujeto que, como pocos, convirtió su vida en literatura. “En síntesis, aceptaba la desgracia a cambio de la creación. Pues invocando un estoicismo utilitario, lo que no nos mata nos hace invencibles. Después de todo, mi negocio en este mundo no era la felicidad, sino el conocimiento”.

En estas memorias conocemos aspectos privados de la vida del poeta: su madre, su familia, su relación con su padre. Y reconfirmamos lo importante que fue el nadaísmo para el acervo cultural del país. Quien ignore las consignas del movimiento encontrará en estas páginas las correrías y faenas de uno de sus principales exponentes.

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Memorias de un presidiario nadaísta es un libro que funciona perfecto para estos días: su ritmo es ágil, su prosa templada, su humor es rico. Y lo más importante, claro, su contenido: lo que cuenta el bardo sobre una región a la que amó y fustigó, la inclemencia de las autoridades del bien en Medellín, que sometieron al artista —del que hoy se jactan— a un trato vilipendioso en uno de los patios más tenebrosos y nefastos de la cárcel de la ciudad.  

Decía Alberto Zalamea en una carta publicada el 25 de agosto de 1959 en la revista Semana: “Errores, violencias, crímenes, se cometen en todas partes, y en todas partes muchos quedan impunes. Pero solo entre nosotros son motivo de indiferencia y de diabólica sorna”. Y es que tal vez para la “gente de bien” de Antioquia, los caminos de Gonzalo Arango representaban eso: lo diabólico, lo irresponsable, lo indigno (¡vade retro, Satanás!).

El profeta —y su pandilla— sabía los efectos que buscaba y por eso dejó estas palabras, que funcionan como epígrafe para cualquiera que aboque su vida a las letras: “si sigo escribiendo como un imbécil es porque no sé hacer otra cosa, y esta que medio sé me da un gusto de fracaso, de soledad invencible”.

En estas Memorias comprobamos que despojar al arte de condiciones y límites viene siendo eso: provocaciones, malestares y, sobre todo, autoflagelaciones.

* Escritor y periodista. Recientemente la librería Expresión Viva de Cali compiló algunos de sus artículos sobre literatura y cine: Escribir por escribir (2018). Twitter: @VillanoJair.

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