Un tiroteo en Usulatan, El Salvador, entre agentes del gobierno y los guerrilleros. Crédito: Steven Clevenger/Corbis via Getty Images. Un tiroteo en Usulatan, El Salvador, entre agentes del gobierno y los guerrilleros. Crédito: Steven Clevenger/Corbis via Getty Images.

Las batallas nunca acaban

Los protagonistas de 'Moronga', la más reciente novela de Horacio Castellanos Moya, tratan en vano de huir del violento pasado de El Salvador.

2018/02/26

Por Ángel Castaño Guzmán

¿Y si la guerra no concluye con la firma del armisticio y su zarpa –insidiosa, paciente– persigue hasta la tumba a quien tuvo tratos con ella? ¿Y si a los combatientes les resultan cómodos los códigos de las armas? En las trincheras el enemigo tiene rostro claro –el otro, el de ideas o credo o al menos uniforme distinto– y cada cual cumple un papel de antemano determinado en las alturas del poder. Al simplificar las cosas y reducir el mundo al nanotamaño del maniqueísmo, la violencia dispensa a su oficiante del riesgo de pensar, de la espina de la incertidumbre. Una vez las facciones deciden llegar al punto final, la sirvienta de Ares anida en las tripas de los guerreros retirados a la fuerza del escenario: nunca se va, solo aguarda el momento preciso para retornar con renovada brutalidad. ¿Qué sucede en las vidas de los soldados y guerrilleros luego de entregar, quizás para siempre, las municiones y el quepis? José Zeledón y Erasmo Aragón –salvadoreños en quienes se cumple el dictamen de Roberto Bolaño respecto al lazo de la barbarie con el destino de los latinoamericanos– son las voces empleadas por Horacio Castellanos Moya para contar en Moronga, su novela de este año, los vaivenes de los sobrevivientes de la matazón centroamericana de 1980 a 1992.  

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Con el paso de los calendarios Zeledón –un exguerrillero metido de lleno en la difícil tarea de sobrevivir a punta de trabajos ocasionales– ha afinado la virtud de mimetizarse, de ser un gris parroquiano en distintos pueblos norteamericanos. Mira siempre por encima del hombro y procura no dejar huellas. Una red de antiguos compañeros de fusiles –algunos convertidos en panzones padres de familia– le sirve de apoyo cuando los espectros del ayer le pisan los talones. Zeledón no es muy proclive a recordar, prefiere estar alerta a los desafíos del presente. La prosa de Castellanos Moya muta de un capítulo al otro para darles solidez y singularidad narrativa a ambos personajes: los talantes de Zeledón y de Aragón se transparentan en sus maneras de relatar. La del primero es de oraciones cortas, casi telegráficas. Privilegia los hechos concretos. Por el contrario, Aragón, docente universitario, suele perderse en el follaje de su memoria y no tiene problema con las frases digresivas. Durante una semana revisa los informes de la CIA vinculados con el poeta Roque Dalton, emblema de la insurgencia de su país. Sin embargo, los asuntos centrales de su día a día son sus aventuras galantes y los descalabros sentimentales. La paranoia de detectar conspiraciones y celadas en todos los rincones condiciona su mirada de la realidad al impregnarla de un cómico narcicismo.

Cierra el libro un informe policial. Un agente de la ley y varios delincuentes murieron en un intercambio de disparos. Una poderosa banda decidió apretarle las tuercas a una rival y la emboscó en la entrada de un restaurante. Esta encrucijada une las suertes de Zeledón y Aragón. Los ejércitos cambian de nombre y de móviles discursivos. La novela del posconflicto centroamericano es la que pone la lupa en las pandillas, las corruptelas políticas y la omnipresencia del narcotráfico. Tal vez aquí ocurra algo similar.

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