Cortesía Editorial Océano. Cortesía Editorial Océano.

'Hombre insaciable': de la inocencia al pecado y del deseo a la culpa

El primer libro de ficción de Santiago Rojas Arroyo cuenta cómo cinco personajes, atormentados por la rutina y la presión de la sociedad, entremezclan sus historias mientras buscan encontrarse consigo mismos y sobrevivir a la soledad propia de la vida contemporánea. Aquí el primer capítulo.

2018/05/03

Por Santiago Rojas Arroyo

Los hombres parecen condenados a esparcir cada cierto tiempo en el aire, a manotazos, las piezas de ese rompecabezas que es la historia, para recomenzar a armarlo sobre bases siempre iguales y siempre diferentes, que en su momento mostrarán poca solidez. Por algo su esencia, más que ser un Homo ludens o un Homo sapiens, es ser el Homo insatiabilis al que nada satisface, siempre a la búsqueda desesperada de otras, preferible nuevas, alternativas.

Alfonso Rojas Llorente, agosto de 1994

Parte I

Martín se sintió a la deriva

El jueves Martín se levantó muy temprano para ir al hospital. Después de un corto duchazo se vistió con lo primero que encontró, un jean, una camiseta blanca y un suéter azul oscuro con un pequeño agujero en el codo izquierdo. El trayecto a la clínica demoró veinte minutos, algo inusual para el tráfico de esa hora, pero al llegar encontró el parqueadero cerrado y se vio obligado a estacionar el vehículo en una bahía a dos cuadras de distancia. La caminata de esos ciento veinte metros la hizo con ansiedad a pasos acelerados y ni siquiera notó la llovizna que dejaba un leve rocío atrapado sobre su suéter azul. Ingresó al hospital a toda prisa y con un movimiento mecánico de su cabeza saludó al portero, tomó el ascensor del medio y marcó el tercer piso, pero justo en ese momento una señora de sesenta años oprimió el botón de subida y el proceso volvió a comenzar; la puerta se abrió con lentitud y esperó unos eternos segundos para cerrarse, a pesar de que Martín tenía el índice derecho presionando con insistencia una y otra vez el botón de cierre.

Al entrar a la habitación de paredes blancas sintió una fuerte presión en el pecho, como si una oleada de sangre caliente hubiera penetrado a toda velocidad su corazón para dar vueltas y vueltas dentro de ese músculo compungido. En ese cuarto, sin sentido, se encontraba su mamá con los ojos cerrados sobre una cama verde claro atiborrada de controles eléctricos, con el pelo corto y despeinado, arropada en su camisón de lino ajustado hasta el cuello. La habitación olía a clínica, a enfermeras serias pero cordiales, a almuerzos sin sabor, a lágrimas de tías, pero en especial, olía a ella. A ese olor indescriptible de las mamás que invade cada rincón; una mezcla entre edad, leche, crema humectante y perfume antiguo. Se acercó muy despacio para no despertarla y le sujetó las manos con el deseo de retenerla para siempre. Minutos más tarde un médico casi calvo, de gafas de borde dorado que portaba un esfero barato que sobresalía del bolsillo delantero de su bata, le explicó en voz baja cómo su mamá estaba dopada con morfina y, con un gesto entre compasión e indiferencia, había agregado que no se preocupara pues ella no estaba sufriendo y, con una palmadita en el hombro, le lanzó la lapidaria frase de tranquilo, ya va a descansar.

Martín no podía alejar su mirada de la respiración pausada de ese cuerpo empequeñecido, y observaba con desolación cómo ese ser diminuto luchaba por absorber bocanadas adicionales de aire en un esfuerzo por no soltar la vida, fracasando inexorablemente en cada intento.

Pasaron algunos minutos y su mamá se fue apagando frente a sus ojos. Lo único que se escuchaba, además de los lamentos aislados de las tías sentadas en el sofá caqui al fondo de la habitación, eran unas voces lejanas e ininteligibles de alguna novela rosa que salían apresuradas de un televisor encendido en el cuarto de al lado, habitado por una señora que acabada de dar a luz a un niño llamado Lorenzo.

A las doce en punto la fría pieza de hospital ya no existía para Martín, sus tías no estaban presentes, los médicos se habían desvanecido y durante algunos segundos estuvo solo con ella, conectado a su esencia, viéndola partir sin poder detener el inevitable y doloroso proceso del fin de la vida. El solemne tiempo que hasta entonces parecía suspendido de repente se detuvo en seco, y sucedió su último suspiro. Martín fue el único que pudo ver el casi imperceptible movimiento de los cuerpos que termina en rigidez y avisa la llegada de la muerte.

En ese momento rugió con fuerza el llanto de sus tías y comenzó a recibir abrazos que lo mecían de un lado al otro, mientras él quería permanecer junto a ella, sin soltarla; no quería dejarla inerme y sola, tan rígida y pequeñita. Ahora era huérfano, estaba triste y con una sensación de vacío en su vida. Las lágrimas aún no aparecían, pero su interior estaba destrozado.

Hubiera querido ser creyente y que existiera un dios para creer que ella estaba viajando a una mejor vida a encontrarse con quien había sido su esposo por más de treinta años y a quien había amado con devoción, y creer que continuaría recibiendo su cuidado y protección desde arriba con el irremplazable cariño de madre, como lo había hecho sin descanso acá en la tierra. Pero no era así y en ese instante sintió ira y rabia por su ateísmo.

Cuando apenas estaba asimilando el golpe de la muerte empezó a lidiar con los trámites interminables diseñados con extraordinaria minuciosidad por la funeraria, con el propósito de organizar un sepelio a la altura de la distinguida difunta, como le decía a su madre el hombre pequeño de traje azul oscuro, corbata negra y camisa blanca a cargo de su caso. El hombrecillo de maneras respetuosas, con lenguaje pomposo, toda la tarde le solicitó a Martín revisar formularios médicos, presentar documentos de identidad y firmar gran cantidad de papeles con sus originales y sus respectivas copias. Ponga su rúbrica aquí, su huella al lado de la firma, con cuidado, así, el dedo debe girar de lado a lado para que se vea completa, tome una servilleta para limpiarse la tinta, espere un segundo llamo para averiguar el precio final del coro y de la iglesia y de las flores y de la carroza fúnebre y por supuesto del ataúd, eran frases que retumbaban una y otra vez en la mente de Martín. Inclusive en medio de los arreglos funerarios, de manera súbita, el encargado con voz aguda se atrevió a lanzar una idea escalofriante al confundido hijo al sugerir que la difunta descansara en paz arropada con un vestido especial, alguno que le hubiera gustado en vida, uno rojo seguro le quedaría muy bien, había rematado mirándolo a los ojos sin pestañear. El gesto de simpatía de su comentario se congeló al ver la cara de espanto de Martín y el hombrecillo pálido agregó de manera atropellada y torpe que si lo deseaba también podía optar por una simple mortaja. Esta escena perturbadora lo inclinó a decidirse por la mortaja y se resistió a imaginar a su madre vestida de rojo dentro de un ataúd.

Un cuadro de Jesús colgado en una de las paredes de las oficinas administrativas del hospital fue testigo del proceso de tramitología durante esas largas horas. Era un Jesús aún no crucificado con la corona de espinas puesta sobre sus sienes, aunque la sangre emanada por su causa era poco perceptible. Tenía una mirada hacia el horizonte dirigida al cielo con sus ojos azules, muy al estilo de afiche de candidato presidencial, y se destacaban la barba bien cortada y los hombros vestidos con una túnica color vino tinto con apertura en forma de V que descendía hasta el pecho lampiño. Al terminar la jornada Martín no pudo abandonar las oficinas sin una despedida mental al hijo de Dios que en escasas horas enfrentaría su cruel destino.

Al anochecer, agotado, Martín salió directo del hospital a la casa que había sido de su madre. Al llegar a su antiguo hogar se esforzó para absorber con su mirada los distintos espacios con el deseo que el tiempo retrocediera a su juventud. Al adentrarse en el territorio de los recuerdos trataba de retener en su memoria los detalles más precisos de cada adorno, cada cuadro, cada libro empolvado o cada armario viejo con que se topaba, pues sentía a los objetos como los únicos rastros de su mamá, la única atadura a ella y a su paso por la vida. Atravesó la sala de cuadros vanguardistas con sus colores y formas indefinidas dando un toque de modernidad a su existencia, acarició los libros que impregnaban el olor a papel por la casa, se acercó y miró con tristeza desde la puerta sin ánimo ni fuerza para entrar, el cuarto de sus padres donde todavía se veía la cama sin tender y el desorden de quien sale a toda prisa dejando atrás su pasado. Finalmente se sentó en el suelo en su antigua habitación.

Su cuarto conservaba pegados en las paredes algunos afiches desgastados de color ocre recortados de revistas con cuadros de pintores famosos, cuando apenas era un niño, y ahora era el depósito de muebles viejos y de una máquina de coser Singer utilizada para arreglar emergencias de dobladillos descosidos, minutos antes de salir para el colegio. Sentado con sus recuerdos de infancia, con la música de Los Beatles al fondo, retrocedió a la época en que llegaba de estudiar y su mamá lo recibía con un abrazo y un beso en la mejilla y le servía con una gran sonrisa su merienda, un pastel de manzana con corazón de miel, una torta de banano o algunas veces una empanada de carne, su preferida. Con Coca Cola. Después le preguntaba por los deberes escolares para el otro día y se sentaba con él para ayudarle.

En una ocasión en clase de español pidieron a los alumnos escribir un cuento, de máximo cuatro páginas y tema libre. A él le fascinó la idea de escribir. Durante varias horas se concentró y logró terminar una historia corta. Se trataba de un muchacho a quien contrataron para matar a un boxeador, pero la policía lo había capturado y tras las rejas no podía dejar de pensar en los ojos negros del muerto preguntando por qué lo había asesinado. Cuando se lo mostró a su mamá ella lo leyó encantada y le introdujo varias frases, le cambió algunas palabras e inclusive le añadió una historia adicional evocando buses escolares amarillos jamás conocidos en su vida. Cuando entregó el cuento al profesor lo hizo con inseguridad y no le sorprendió no haber escuchado siquiera una mención especial por su obra. Nunca volvió a escribir.

Me hace falta tu presencia; cuando me mirabas me sentía seguro; cuando recostado sobre tus piernas me pasabas tus largos dedos por mi cabeza en forma de caricia me invadía una sensación de paz. Tu sonrisa me reafirmaba la existencia del amor y que la vida era buena y divertida. En ocasiones me reprendías con angustia por mis errores y te contestaba duro, gritándole al mundo mi independencia; pero sufría por dentro debido a mi brusquedad y quería darte un abrazo y un beso y decirte cómo lo sentía, que no quería verte sufrir y no lo volvería a hacer; sin embargo, me marchaba con mi orgullo en silencio a un cuarto, encerrado en forma de protesta. Y te dejaba triste y sollozando por tu hijo malencarado. Algunas veces te sentía demasiado parte de mi vida y me asfixiaba y me perdía por varios días hasta comprender que tú eras incondicional, que me veías con ternura de madre y eras mi soporte para poder avanzar con mi vida. Y sin darte explicaciones volvía a tu regazo en búsqueda de seguridad y protección. Me hace falta saber que lo era todo para ti, que hubieras dado tu propia existencia para verme feliz. Tú, que aprendiste a sobrellevar tus cargas con estoicismo y sin queja alguna, nunca descendiste al terreno de lo impropio, siempre actuaste con altura y con honor, acompañada de tu buen humor. Te amo mamá; nunca te lo dije de una manera directa y ahora que no estás lo grito al infinito para que escuches mi llanto y mi desesperanza. Me hace falta tu presencia…

Los recuerdos sobre su mamá acorralaron sus pensamientos y en su antiguo cuarto lloró por la ausencia de aquella mujer que había sido su soporte y lloró también por su niñez y juventud desaparecidas. En ese instante no pudo evitar que surgieran de manera desgarradora sentimientos de culpa y remordimiento por acciones de su pasado. Debí haber sido un mejor hijo —se reprochó con dureza—; debí haberle demostrado mucho más mi amor; debí haberla abrazado mil veces más y visitado todos y cada uno de los domingos a la hora del almuerzo, y con lágrimas en los ojos se arrepintió por haber permitido encubrirle sus errores, como el accidente que casi causa la muerte de Juanita. Esa noche al regresar a su apartamento y mientras se preparaba para dormir, Martín se sintió a la deriva.

Cortesía Editorial Océano.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 156

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.