Eduardo Peláez Vallejo es uno de los secretos literarios mejor guardados en Colombia, dice el poeta Darío Jaramillo Agudelo. Eduardo Peláez Vallejo es uno de los secretos literarios mejor guardados en Colombia, dice el poeta Darío Jaramillo Agudelo.

Eduardo Peláez Vallejo: un caballero a caballo

Perfil de un escritor antioqueño que se ha dedicado a dos artes: la crianza de caballos de paso fino colombiano y la literatura. El poeta Darío Jaramillo Agudelo asegura que es uno de los secretos mejor guardados de las letras colombianas.

2019/04/29

Por Daniel Rivera Marín

En un pequeño apartamento del barrio El Poblado de Medellín hay dos whiskys Single Malt servidos. Una luz pálida atraviesa el ventanal a plenas dos de la tarde: se alcanza a ver un guadual y se aproxima el rumor de una quebrada. En la cocina abundan las botellas de algún licor y poca comida; hay una biblioteca depurada porque este hombre de cejas pobladas arroja a la basura libros sin remordimiento. “Tomate el whisky y no vayás a llorar”, me dice.

Es un rito repetido y yo lo sigo, ciego. Toma la copa y huele el líquido ambarino. Moja los labios y retiene un trago en la boca, bebe sin dejar de mirar al frente, en un punto fijo en mi cara. El hábito del catador se convierte en una prueba de placer difícil; ante el experto, una mueca de desagrado por el sabor es semejante a rechazar la invitación a beber un trago. Hubo días en los que Eduardo bebía aguardiente con Manuel Mejía Vallejo en sus fincas de El Retiro mientras alisaban con la palma de la mano abierta las crines de sus caballos y con la otra mano soltaban la copa y chupaban cascos de naranja. Pero esos tiempos ya están muy lejos.  

Eduardo Peláez Vallejo dejó de beber con tozudez hace años, desde que, tras un incidente con la salud, estuvo casi inconsciente en este apartamento pequeño en el que vive solo —una habitación con cocina sin nada que los separe, un baño, un ventanal, una biblioteca, nada de televisión—; pero no le faltan unas cuantas copas a la semana, nunca nada excesivo, como esta tarde que no pasará de un vaso de whisky. Está lejos la tarde en que nos conocimos en la librería Palinuro, por entonces en el centro de Medellín, a donde llegó en un campero gris que conserva de sus días de caballista; vestía con modestia un pantalón verde, una camisa a cuadros, unos tenis color café. Traía en sus manos Desarraigo, su primera novela, y yo lo esperaba con Este caballero a caballo, la segunda novela, que había motivado esa primera entrevista porque yo, hijo de una mujer del campo, nieto de un hombre que tenía caballos de algún valor y que los usaba igual para cabalgatas que para cargar pesados aparejos repletos de caña, quería saber en qué punto coincidían un caballista y un escritor, ese escritor de prosa fluida y envenenada llena de la belleza más barroca.

Aquí está el inicio, el embrión de la vida de Eduardo, lo que lo definió, la madera pulida que luego se convirtió en su cruz, en su dicha: “Cuando era niño iba con mis hermanos y con los vecinos al teatro del barrio, los domingos por la mañana, para ver dos películas permitidas por la censura católica. En ese teatro, y solo en él, disfruté la niñez, especialmente cuando aparecían en la pantalla los vaqueros del oeste, los caballos multicolores, los balazos, el paisaje de Colorado y cierta ternura que hacía contraste moral con tantas aventuras descabelladas”. Es parte de un relato que escribió para hacer catarsis y que publicó en Retratos (Fondo Editorial Universidad de Antioquia, 2002), texto en el que también dijo que siempre sintió que el cine tenía que ver más con la sensualidad que con la inteligencia, rasero que aplica en la literatura: “Daniel, haceme caso, los intelectuales sirven para manchar la literatura, no más”.

En el cine encontró una primera vocación: la contemplación y el reposo. En el cine se enamoró por primera vez cuando vio a Candice Bergen, apenas era un muchacho y años después escribió: “La quiero con ternura y tensión sexual”. Pero Eduardo ya no va a cine.  

—Ya no voy a cine porque salgo con gripa, creo que esos teatros no los fumigan. Esas salas son horrorosas. Ya estoy programado mentalmente para eso, para que me dé gripa. La última vez fui a ver El abrazo de la serpiente, a mí no me descrestó. A mí la que me gustó mucho fue Los viajes del viento, es lo mejor que he visto, es la mejor colombiana, aunque yo de cine no sé nada. Esta tiene su cosa, pero me parece que ya el director se sintió artista, ya actúa, se volvió un actor y eso es muy dañino. Tomate otro whisky.

—Mejor no —le digo y nos despedimos.

—Esos periodistas de antes sí bebían —dice.  

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Parece que todo en Eduardo está a flote: el que odia sobre todas las cosas, el que ama sobre todas las cosas. Está el sincero pese a las consecuencias, el montañero, el sabio, el consejero, el lector, el amigo, el hombre austero, el que prefiere los restaurantes a la comida servida en cualquier casa, el que cree que la vida es un ring en el que la pelea es contra todo y sobre todo contra la dominación del padre, de la madre, del matrimonio, de los hijos; el que dice tener asco por las poses de algunos escritores, que es igual o peor al asco que le tiene a la comida antioqueña mal servida, grasosa, abundante, la comida de los pobres, la comida del campo, la comida que tanto comió en su niñez y por la que dice que sufrió lo indecible.

Eduardo Peláez Vallejo es un dramático, es un escritor, y de cada cosa de su vida hace un trauma, sobre todo de la niñez, de donde vienen sus apegos a la vida tranquila y sin esfuerzo, el resto es hastío. Pero niega sufrir traumas, no los muestra, aunque puede ser sensible hasta el llanto. Eduardo es la contradicción. Dice que es tímido pero sabe envolver con una conversación llena de frases de sabiduría montañera y humor finísimo. En la presentación de su última novela, Aves de paso (Alfaguara, 2017), decía sobre su interlocutor y amigo, el poeta Darío Jaramillo Agudelo: “Darío es de Santa Rosa de Osos, un pueblo rarísimo que tiene un récord que es mejor que el de los cien metros planos, tiene tres poetas buenos: Rogelio Echavarría, Porfirio Barba Jacob y Darío, eso es muy raro porque Medellín debe tener ochocientos poetas, todos malos, muertos, vivos y a punto de morir”.

Nació en 1949 y fue el séptimo hijo —en una familia de diez— de Arturo y Alicia: enjuto, tímido, asquiento, sin vocación para el campo y su trabajo de fuerza. Solo quería dormir y vivir en el sueño plácido del arrullo, acunado en los brazos de su madre Alicia o en los de su hermana Martha Luz, que con nueve años fue elegida como su madrina. Su padre era un hombre de la tierra. Se hizo famosa una frase de Este caballero a caballo (Seix Barral, 2012) lanzada por Arturo en una pelea con la mula que lo dejaba tirado a medio camino antes de llegar a su finca de El Retiro: “Me podés ganar en inteligencia, pero no en fuerza, mula hijueputa”, una frase que no lo define, dice Eduardo, quien en su infancia no podía soportar el punzón opresor de don Arturo, que a su vez no soportaba la pereza del hijo.

Cuenta su historia en un restaurante italiano mientras le humea en la cara una sopa de tomate que tiene leves hojas de albahaca flotando sobre una capa de queso parmesano. Toma una cuchara y la sumerge para comer con delicadeza y continua con un diálogo que siempre se repite: que prefiere entre todo, el ritmo, la imagen desenfrenada, la descripción aunque vacua, que lo que importa es la belleza.  

—Estoy leyendo Pureza —dice mientras ataca en el plato un pollo con alcaparras—, de Franzen, me parece extraordinario. Este libro tiene un comienzo lentísimo. Libertad, que dicen que es su gran libro, prácticamente empieza en la página doscientos cincuenta, cuando uno ya está que lo bota a la basura. Y ahí voy con Foster Wallace, empecé El rey pálido y casi me muero, el comienzo muy bueno, y hay un soliloquio y luego es imposible de leer para mí, no fui capaz. Creo que una vez le oí decir a Mario Jursich que la diferencia entre Franzen y Foster Wallace es la que hay entre un edificio de seis pisos y uno de sesenta, el de seis es Franzen y el de sesenta es Foster Wallace. A mí esos eruditos no me seducen, no logro pegármeles, me quedan grandes, mejor dicho.

Solo ha tenido paciencia para criar caballos de paso fino, un trabajo contra la naturaleza cerrera, y no para soportar lecturas pesadas: cree que la prosa tiene que ser fluida, “líquida”, y por eso tiene enemigos en escritores de los que botó libros a la basura sin remordimiento alguno. En la presentación de un libro del poeta —su examigo— Elkin Restrepo le preguntaron cuál era el gran mérito del escritor y dijo que ser muy buen marido, desde entonces no se hablan.

—Es más difícil ser buen marido que buen poeta, imaginate, y desde eso no me habla.

Habla y come con orden escrupuloso, sin derramar una gota, sin dejar caer elementos del tenedor. Minutos antes, cuando había llegado el plato, detalló cómo estaban acomodados el filete de pollo y su salsa de alcaparras, la guarnición, los tomates cherry, todo en su lugar, escrupuloso, sin contaminar los espacios, y sintió felicidad al saber que el mundo continúa, con algún precio, en el orden de lo bello y lo útil, que el plato vale tanto por su comida como por el orden con que se presenta. En su infancia sufría porque los platos donde le servían los fríjoles o el sancocho llegaban con manchas y chorreados, y la carne conservaba la grosura que infectaba el caldo haciendo ojos de grasa y las tajadas de plátano destilaban la manteca animal y los tomates y las lechugas —tristes— empapaban el arroz con sus líquidos insanos. Entonces alegaba con su padre, quien, si era necesario, le pegaba hasta obligarlo a comer, pero Eduardo era peor que la mula: era terco, tenía la fuerza de voluntad atravesada.

Sus hermanos mayores, Ricardo y Martha Luz, se encargaron de criarlo. Ricardo cargaba con la responsabilidad del primogénito, tenía que aprender todos los oficios del padre: arrendar caballos, castrar terneros, cazar con perros aulladores y guiar a los hijos menores; vio en Eduardo al desahuciado. Martha Luz, segunda de la descendencia, cuidaba que Eduardo durmiera con holgura en las mañanas y a veces le prodigaba largos baños de agua tibia para abrigarlo en su pecho donde Eduardo descubrió el placer del calor del cuerpo, conato de placer sexual. Cuando Martha Luz entró a estudiar en la universidad le llevó el primer libro, un artefacto desconocido: El fantasma de Canterville. Desde entonces Eduardo entendió que la prosa era otra manera del ocio, del disfrute, al que no había que añadirle los esfuerzos del trabajo.

Sus tres primeros años de vida los pasó en la finca El totumo, en Girardota, a una hora de Medellín, y que luego en un desvarío católico que tuvo su padre y que le duró hasta la muerte se llamó La Trinidad. Pero Eduardo siempre vivió en Medellín, en el barrio Laureles, adonde llegó cuando tenía 3 años, en 1952. Laureles es un barrio que creció alrededor de la Universidad Pontificia Bolivariana y sus calles amplias y circulares que no empiezan ni terminan en ninguna parte fueron diseñadas por el artista Pedro Nel Gómez a mediados del siglo pasado. Había una creciente actividad cultural y deportiva con teatros como América y Rívoli y la construcción del Estadio Atanasio Girardot. Peláez Vallejo estudió los primeros años de escuela en el colegio Calasanz, donde los escolapios lo abofeteaban porque se arrodillaba sin reverencia en la capilla; esos mismos sacerdotes lo preferían en clase para leer porque lo hacía sin vacilar y bien; después entró a estudiar en el colegio San Ignacio, como sus hermanos mayores.   

—En el San Ignacio estuve hasta sexto de bachillerato, no me gustaba el colegio pero había tres canchas de fútbol y yo jugaba. Me iba a pie y regresaba a pie, ya estábamos como pobres y mi papá con sensación de quebrado.

Arturo Peláez tenía parte en la finca El Salado, en El Retiro, de la que por años vivió su familia. La salina de los Peláez era famosa en el oriente antioqueño, pero Arturo vivía de vender cuidos para animales de levante. Sin embargo, todos los fines de semana y las vacaciones se llevaba a sus hijos a la finca para que aprendieran lo necesario.

Dice Este caballero a caballo: “En 1953 tenía cuatro años y cabalgaba en La Chispa a la cabeza de la silla de Ricardo, mi hermano, de diecisiete años, agarrado de sus brazos de bronce cubiertos de vellos rubios. Me sentía feliz y recibía la brisa de su respiración y su voz en la cabeza. A nuestro lado, repitiéndonos, iban papá y mi hermano Germán, de seis años, en La Gasolina. Y más adelante, a mayor velocidad y tratando de perderse de la mirada de papá, galopaban en caballos capones mis hermanos Vicente y Carlos Arturo, de once y ocho años, que parecían hombres libres”. Aunque nunca vivió en la finca, sus recuerdos —sus libros que son sus recuerdos— están llenos de imágenes bucólicas de la vida en el campo, del placer de beber agua fresca de una quebrada, de sentir entre las piernas el galopar de un caballo. Su vocación, el llamado de la montaña y su entraña, vino luego, porque en la infancia era el tedio: “Los sábados por la tarde íbamos a la finca dos o tres hermanos que escogía papá a la mala suerte como compañía para el fin de semana”. Casi siempre uno de los elegidos era Eduardo, que siempre pensaba que su padre lo escogía para que botara como un zarandeo la pereza que lo asistió desde su infancia y hasta la vejez.

Es una tarde de junio y nos vemos para almorzar. Él ha decidido el restaurante: La tienda del vino, cerca al parque de El Poblado. El mesero lo conoce, le pregunta si quiere un ron y Eduardo Peláez Vallejo asiente. Se hablan con la jovialidad de dos amigos que se pueden encontrar en la fonda de un pueblo. El mesero toma los pedidos, se retira, y Peláez empieza a reconocer gente: los dueños de otro restaurante, el editor de un sello universitario, el periodista radial venido de una familia acaudalada; de todos sabe algo, de todos conoce alguna miseria familiar que desliza sobre la mesa, en confianza. Tiene la risa del lobo, la elegancia del caballo corto de rienda, el cálculo del gato: sabe gozar del error ajeno, sabe ser gentil y gracioso, sabe cuáles fibras pueden demoler a su interlocutor y las presiona o las suelta a gusto. Escribió en el texto Ego, de su libro Retratos: “Veo el espectáculo que es el hombre, pero no me aplico a él como un naturalista ni como mirándome en un espejo, sino como un niño en un zoológico: unos me producen miedo, otros me producen risa, otros me mueven a ternura, otros vuelan, otros dan vueltas en la jaula, otros comen demasiado, otros no miran, otros son muy feos, casi todos están fuera de su ambiente natural, unos me son indiferentes”.

Pero Eduardo Peláez Vallejo siempre está en su ambiente natural. Come lo que quiere, como esta tarde: sobrebarriga sudada a la criolla. Bebe lo que quiere: ron que saborea de a poco mientras va comiendo. No tiene que llegar a ninguna parte, porque no quiere que lo esperen y no quiere esperar y su novia Rocío, treinta años menor, se ha acoplado con la disciplina del que ama: solo se ven los fines de semana, no viven juntos. Ahora todo es a su modo, pero durante diez años vivió para el deseo ajeno.     

Se casó el tres de abril de 1971, cuando tenía veintiún años y estudiaba quinto semestre de Derecho en la Universidad Pontificia Bolivariana —“el derecho es más aburrido que la pobreza”—. Se casó con Lilian Gil, un año menor, hija de Jaime Gil Sánchez, abogado prestigioso que por más de cinco años vio a Peláez Vallejo desfilar por la casa con su cuerpo largo y flaco y la curiosidad literaria despertando. Intuyó en el joven pretendiente de su hija menor un pupilo al que le podía enseñar literatura inglesa y francesa. Su apoyo se confirmó con el matrimonio, pues le ayudó a Eduardo a conseguir un trabajo y le prestó una finca para que pudiera vivir sus primeros años de casado. En 1976 nació la primera hija, Martha Luz, y el padre decidió trabajar solo medio tiempo para estudiar Filosofía en la Universidad Pontificia Bolivariana, leer a Foucault y frecuentar a amigos que se divertían cabalgatas y criando caballos.

—Yo era abogado y me iba muy bien, de consulta no de pleito, no he sido de pelea con nadie, soy muy cansón, critico mucho, me aburre mucho la gente, no me gusta casi nadie, pero de ponerme a pelear no, si peleo con alguien me alejo y ya. Sufrí mucho de abogado, eso es muy maluco, es mejor lavar baños que eso, qué mediocridad. Desde hacía muchos años yo sabía que quería leer, no pensando en escribir, si no en leer. Leer en desorden. Yo he sido indisciplinado para todo. Soy feliz leyendo y olvidando. Yo leo para gozar. Yo no lucho con los libros, si hay que lucharlos, los cierro, porque hay muchísimos con los que no hay que luchar. Me di cuenta rápidamente de que la familia se opone a la literatura.

Su hija Martha Luz Peláez dirá días después: “Dicen que cuando yo nací mi papá dejó de trabajar medio tiempo y que se dedicaba a leer y que me ponía al lado de la silla a jugar. Yo no creo mucho esa historia, porque un niño necesita tiempo de atención, un niño pequeño es muy inquieto”.

Después de intentar, de aburrirse con el derecho, de renunciar a la filosofía cuando el Opus Dei quiso unir la facultad con la de Teología, Peláez Vallejo decidió separarse y puso agua de por medio.

“Cuando menos lo esperaba y menos lo requería, se me vino encima el amor, precisamente en una encrucijada de la vida. Estaba en el momento de decidir qué ruta tomar, y yo me fui con los ojos cerrados por la primera que encontré: prometí que ese amor sería el único y viví solo para él. Por esa vía llegué al matrimonio, el hogar, la abogacía, la seriedad, el dinero. En ella olvidé que podía soñar y reír. La travesía por el túnel me tomó doce años. A la salida encontré que había perdido la juventud y muchas esperanzas, pero en el mar de miserias flotó siempre cerca del naufragio el corcho de la insatisfacción”, escribió en su Ego, su autorretrato.

La separación terminó con un viaje a París. Quiso estudiar Literatura pero no pudo, así que se dedicó a emborracharse y a leer a Gabriel García Márquez. Antes de viajar hizo el negocio que lo cambiaría. Dice en Este caballero a caballo: “El 3 de junio de 1979 inicié una acrobacia que apenas ahora termina, a pesar mío: compré a Casquivana, una yegua con nombre apropiado para una hija de Carnaval y La Lira. Casquivana tenía siete años, era mora (terminó blanca) y fea, con cuatro rasgos que precisan su fealdad: cabeza agudamente acarnerada, orejas implantadas a los lados de la cabeza, cuello corto y estrecho y ancas chorreadas (caían abruptamente desde lo alto hasta el nacimiento de la cola)”.

—¿Pero vos sabías de criar caballos?

—No. Así como en forma, no. Sabía algo de caballos, lo que sabía cualquiera que tuviera en la familia finca con caballos. De un momento a otro se me salió esa vena. Y antes de separarme, el 3 de junio de 1979 compré a Casquivana. Ahí empezó el criadero, pero yo me fui de la casa para París en septiembre de ese año. Luego me dediqué a criar caballos.

Casquivana valió trescientos mil pesos, en una deuda a un año. En la época un Renault 4 nuevo podía costar setenta mil pesos, era una deuda millonaria. Después del viaje a París, Peláez Vallejo se fue a vivir a El Salado, su finca de El Retiro donde en compañía de Lilian había construido una pequeña casa con la que finalmente se quedó. Allí levantó pesebreras, hizo un pequeño criadero. Entonces inició su vocación: rebuscar pedigríes equinos, leer sin pausa, escribir y quemarlo todo en una chimenea, de allí el axioma propio: criar caballos para verlos crecer portentosos y venderlos; leer para olvidar, escribir para quemar.

—¿Te dio dificultad dejar a tus hijas?

—Ese amor por los hijos tan verraco, eso lo lleva a uno hasta la muerte. Eso es muy duro. Marta Luz ya va a cumplir 42 y la menor, Raquel, va a cumplir 40. Vive en México y escribe muchísimo, de una prosa espectacular, pero no ejerce. Tiene cara de que le va a dar dificultad escribir porque está muy disipada y no se deja decir, creo que se molesta. Tiene una prosa apabullante, es una cascada llena de imágenes. Tiene mucha lectura. Esta de aquí está casada y con dos hijos, se la llevó el Diablo. Antes tenían esclavas y las mujeres eran esclavas y había muchas esclavas, este mundo era muy distinto, a esta se la llevó el verraco porque vive amarrada a la casa. ¿Nos comemos un chicharrón? Danos un chicharroncito bien sequito con arepita.

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Dice que es tímido. Lo repite tantas veces. Pero Eduardo Peláez Vallejo es un tímido que habla por la necesidad pura de vivir. Habla como se alimenta: todo el tiempo, con refinamiento, con gusto, con provocación. Después de cuatro entrevistas se vuelve un amigo de brillantísima memoria que sabe secretos tuyos, que pregunta por ellos con prudencia de ajedrecista, no para saber más sino para refrescarlos. Así se vuelve difícil hacer un perfil periodístico donde hay que guardar la distancia del testigo. Para acercarse a Peláez Vallejo hay que ser cómplice, compartir gustos —no todos—, ideas, rencores. Sucede lo mismo cuando el montador de caballos quiere domar a un potro cojudo: se le hace necesario mostrar la fuerza mediante lo cotidiano, como si su vocación fuera en realidad ser un encantador de serpientes: llevarle comida, cepillarlo, acercársele por la orejas, sobarle el espacio de cabeza que hay entre los ojos y que cae como una planicie sobre los labios oscuros. Peláez Vallejo es como el potro salvaje que un hombre doma falaz: siente la libertad, el viento, tiene amigos, no invasores, no acepta las riendas, no quiere a hombres que preguntan buscando un beneficio.

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Llegó tarde a sus vocaciones: los caballos y la literatura. Y publicó tarde, después de los cincuenta años, porque es un perezoso absoluto que duerme hasta tarde, desayuna frugalmente y prefiere la luz del sol que entra por su ventana: no le gustan las luces de neón. Y la pereza, dice, le ha dado reflejos: el mínimo movimiento para evitar los más grandes inconvenientes. Esto lo explicó en uno de tantos almuerzos cuando, después de un bocado de carne tomó un poco de ron y tumbo la copa manchando el mantel, el accidente en su casa le hubiera significado una cruz, un martirio, dijo. Además de la pereza estuvo la parranda. En los años ochenta, divorciado, emprendió una carrera en contra del hígado y el estómago, lo que terminaría en una úlcera sangrante años después. Bebía casi todos los días y muchas veces en compañía de Manuel Mejía Vallejo, su vecino de finca en El Retiro.

—Yo rumbié mucho, una rumba de aguardiente. Lo hice con Manuel y con el grupito literario que él tenía, que en realidad eran lo amigos de parranda. Manuel y yo vivíamos muy cerca. También bebí mucho con Óscar Jaramillo, que es un dibujante impresionante y reconocido, más perezoso que yo. Y nos juntamos Jaramillo y yo a tomar aguardiente y parrandiar. Entonces yo vivía en la finca de El Retiro y bajaba los miércoles que Manuel dictaba el taller de escritores en la Biblioteca Pública Piloto. Jaramillo vivía en la Avenida Oriental con Maracaibo, yo lo llamaba de un teléfono público porque no tenía teléfono en la finca ni había celular y le decía que iba bajando y nos encontrábamos y ya llegábamos prendidos a la Piloto como a las siete de la noche. Nos cabía mucho trago. Yo sabía que podía escribir y a veces en la finca escribía cosas y las echaba a la chimenea, las quemaba. Era consciente, yo sabía que podía escribir. Y escribía cositas a ratos, pero poco.

—Pero tenía a Mejía Vallejo cerca, ¿no le mostró nada?

—Era consciente de que estaba todavía muy crudo, que tenía que leer mucho más. Y yo en la finca estaba criando caballos, pero leyendo. Y Manuel en ese grupo tenía gente muy brillante.

Al taller de Manuel Mejía Vallejo asistían escritores que tomaron vuelo rápidamente. Sin embargo tenía otro grupo de amigos con los que parrandeaba con holgura, entre ellos estaban Estaba Fernando González hijo, que había heredado de su padre la sabiduría literaria y a quienes sus amigos describen hasta hoy como un conversador extraordinario. Darío Ruiz, profesor reconocido de literatura, buscador de escritores raros que en la época no eran del uso, de humor filoso y descarnado. José Manuel Arango, que bebía poco, uno de los grandes poetas antioqueños, dueño de una sensibilidad —dice Peláez Vallejo— que no tenían los otros compañeros de taller. Orlando Mora, reconocido crítico de cine, “que tiene una capacidad de erudición la macha y la ha ejercido; un conversador graciosísimo, entretenido y oportuno”. Peláez Vallejo, que por entonces sí era tímido, prefirió no mostrar lo que escribía en su finca donde no llegaba ni la luz, donde pasaba las noches a oscuras, apenas iluminado con la luz de las velas.

—En 1987 le querían publicar algunos dibujos a Jaramillo y artículos sobre él, y como yo era íntimo de Jaramillo porque nos emborrachábamos tres o cuatro días, salíamos de la cantina para el apartamento de él y al final de la mañana nos despertábamos y nos íbamos a almorzar y muchas veces volvíamos a beber. Y los fines de semana, los sábados, había parranda siempre. El caso es que lo conocía muy bien, fresco, prendido, borracho, enguayabado, todo y quise escribirle un retrato. Nadie en el grupo sabía que yo escribía, solo me tenían como un proustiano, un lector de Proust. Entonces dije: “A estos les voy a salir con un retrato de Jaramillo”. Como yo iba a donde Manuel solo en semana, a caballo o en carro y nos pegábamos unas borracheras deliciosas allá hablando, un día próximo a salir el libro yo ya tenía mi retrato listo, entonces me fui y le dije a Manuel “mirá lo que escribí”, “¿y vos escribís?”, “no mucho, pero sí esto, leélo y hablamos”. Entonces me dijo “leémelo maestrico”. Cuando empecé a leer vi que Manuel estaba aterrado. Él no tenía ni idea y se emocionó con generosidad, me echó todo un cuento: “Y claro que esto hay que publicarlo”. Me pegué una emocionada la verraca, no dormí. Y se lo dejé allá. Eso debió ser un jueves, creo yo, y el sábado llegamos allá a la parranda de Manuel y él con el retrato, con una algarabía la verraca, lo había corregido y lo repartió a todos y a los gritos, feliz el viejo. Y le entregó a Miguel Escobar, muy querido, un investigador de cosas culturales, una tristeza que se murió hace como siete años. Después Miguel me dijo que tenía razón Manuel, que era el mejor de todos. Y lo puso de segundo en el libro después del texto de Manuel.

El texto apareció en Retratos doce años después y narra un paseo que Peláez Vallejo y Jaramillo hicieron a Santa Marta en el que afianzaron una amistad de contemplación y licor. El texto, que se llama ‘Pie de amigo‘ y está fechado del 21 de abril de 1987, termina así: “Es la certeza de que la vida es única y puede ser deliciosa, y cabe, entonces, el ejercicio especializado de la pereza entregada a la amistad y al goce, sin remordimientos, sin estorbar a nadie, sin envidia, sin ambiciones, con generosidad, con dignidad, con elegancia, con humor, con ritmo lentísimo, plácidamente, sin temor a la muerte y sin avaricia frente a la vida. Con ese fondo tranquilo, simple, Óscar vive su tiempo interior, como un árbol plantado en el corazón del bosque”.

 En los años siguientes, Peláez siguió bebiendo, escribiendo y quemando; criando caballos tras la búsqueda de una quimera: el caballo de paso fino colombiano, ese que de andar apretado, recortado, vivo, que mueve las patas con velocidad feroz pero que avanza poco, manteniendo al jinete detenido en el espacio. Como escribió en Este caballero a caballo: “Los mejores criadores son los que no crían pensando en el dinero sino en los caballos, los que no tienen una empresa sino una obsesión, los que saben que la cría de caballos es una manera noble de botar la herencia de los padres y la de los hijos, como dormir hasta el despertar espontáneo, comer bien, derrochar el tiempo en la contemplación de la vida, todo ello sin premura ni vanidad”. Por esos años vio enfermar y morir a Manuel Mejía Vallejo, a quien aún recuerda con los ojos encharcados de lágrimas, y se ennovió con unas de sus hijas, María José, a quien llevaba más de veinte años de diferencia. La relación duró poco y Eduardo volvió a la soledad de su casa, a las lecturas.  

En su búsqueda encontró la quimera: lo llamó Vitral. Un potro hijo de Terremoto de Manizales y Teoría —criada por Eduardo—, resultado del gran pedigrí del paso fino colombiano. Era alazán oscuro y su andar en exposición una muestra de poderío: los cascos fuertes en sonido sobre las tablas pero ante los ojos como una ilusión: no parecía caminar sino flotar, por lo que al jinete no se le movía ni un cabello. El cuello recortado, la crin cayéndole larga sobre el lomo, la cola quieta en punta. Vendió a Vitral por una suma millonaria y doscientas pajillas que nunca recibió, pues a los pocos meses murió de cólicos en Estados Unidos. Así empezó a ver el final de su vocación por los caballos pues, como escribió en Este caballero a caballo recordando cómo vendió a Teoría: “La vendí cuando tenía catorce años y la degradé a mercancía y me degradé a mercachifle. Ese día debí retirarme de la cría y ponerle fin a esta historia. Como no lo hice, caí en indignidad, que continúo cargando más allá de su muerte hasta la mía. Acumulo indignidades que la prosa no cura”. Desde entonces volvió a Medellín, a un pequeño apartamento de El Poblado donde siempre hay whisky, cuadernos que encarga en una litografía del centro de la ciudad y tarros de tintas de todos los colores. En ese apartamento ha escrito tres novelas: Desarraigo, Este caballero a caballo y Aves de paso. Se dedica a escuchar fútbol, a ver a Rocío cocinar —“Eduardo es noble y sincero, tranquilo y bello”, dice— mientras él desde la mesa le lee párrafos azarosos. Me dijo un día comiendo helado, su postre favorito: “Yo estoy muy contento con la vida. Yo no me quiero morir”.

Aquí se encuentran las vocaciones. El jinete —el montador, que es uno de los artes máximos: hacer de un caballo un instrumento de la belleza completa— tiene un único deber: sentir. Un jinete nunca ve las patas del caballo, no ve la cola: siente el brío del animal entre las piernas y sabe qué debe corregir casi que por intuición. El lector —que luego escribirá— no ve: siente. Siente la prosa y su caudal, luego reflexiona.

***

Eduardo Peláez Vallejo habla cercano al lenguaje literario, con palabras medidas, con símiles, lleno de humor y proverbios populares. Sus frases barrocas y pensadas, llenas de un lenguaje vivo como un caballo en el campo abierto, están en sus novelas y en sus conversaciones y lo asisten, fruto de años en los que se ha dedico a contemplar, beber, comer y pensar. El inicio de su libro Desarraigo se le ocurrió en medio de un sueño, se despertó y lo escribió de un tiro y no lo modificó nunca — “A las tres y veinte de la mañana del 28 de octubre de 2009 me llegó una frase como si me hubiera metido un empujón: ‘Antes de cruzar el Río San Jorge en la canoa de madera de un remo mi padre escribió su última carta’. Es Desarraigo, la primera línea. Ese día y esa hora tienen estas dos coincidencias rarísimas, por eso me sacude (tenía los ojos llenos de lágrimas): el 28 de octubre era el aniversario de matrimonio de mis padres, que se casaron en 1932 en la iglesia Blanca del pueblo El Retiro. Hacía 17 años, ese 28 de octubre, se había muerto mi mamá.  Ese amanecer me despertó esa frase y supe de qué se trataba, supe que esa era la primera frase del libro que iba a escribir sobre mi papá”—. Abrió entonces su cuaderno grande —siempre escribe a mano y corrige a mano—, tomó el estilógrafo y escribió. Sus anécdotas de cuando lo asisten frases enteras son incontables. Así escribió Este caballero a caballo y Aves de paso, la novela en la que cuenta sobre la hija que su hermana Martha Luz tuvo en Francia en los años sesenta y de la que nadie supo porque entregó en adopción hasta que apareció como un fantasma hace unos cuantos años. Escribe solo cuando se le aparece de frente un párrafo, cuando lo recorre como un potro en campo abierto la sangre viva de una frase.

 

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