Portada de 'Piruetas', de Tillie Walden. Portada de 'Piruetas', de Tillie Walden.

Patinaje y autorrepresión: el diario gráfico de Tillie Walden

Mario Cárdenas reseña 'Piruetas', de la autora estadounidense Tillie Walden, una versión ilustrada en diario de sus años como patinadora artística.

2018/07/30

Por Mario Cárdenas

El patinaje artístico profesional es una disciplina que ayuda a desarrollar el equilibrio y la armonía corporal a través de movimientos y ejercicios. Los saltos, los giros y las acrobacias son algunas de sus piruetas. A pesar de las cualidades de este deporte, las rutinas, los largos entrenamientos y los grupos de trabajo hicieron que Tillie Walden (Nueva Jersey, 1996) buscara armonía y equilibro en otros lugares, fuera de la pista de hielo. El patinaje no solo era un espacio lleno de aparentes cualidades, sino una carga generada por el exceso y el compromiso de los entrenamientos: el deporte en sí era un camino de giros y frustraciones que se acentuaban mientras veía que su vida, a medida que pasaba el tiempo, se iba llenando de fisuras.

Tillie Walden delinea en Piruetas (editado al español por Ediciones La Cúpula) una obra autobiográfica en la que manifiesta por medio de recuerdos una versión en diario de esos años. En estas memorias, los sentimientos y experiencias que vivió durante los doce años que hizo patinaje artístico estuvieron marcados por la autorrepresión de su homosexualidad, la vasta acumulación de las medallas obtenidas durante su carrera, el acoso escolar, un intento de abuso que sufrió en el colegio y la escasa atención de su familia. Uno de esos primeros recuerdos, la sensación y el éxtasis del primer amor, sería amplificado en Esta parte me encanta, que editó el sello Cohete Cómics.

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En este diario gráfico, cada parte narrada está marcada por algunas de las piruetas de la disciplina que, como instrucciones y marcas de dificultad, van abriendo los capítulos ante los conflictos y momentos de la vida de Walden. Cada segmento le otorga así un tono y un ritmo a sus experiencias: el Salto de Vals, las odiadas Piruetas Scratch, los Lutz que la estresaban, los frustrantes Axel, los encantadores Flips, el Counter, la Pirueta ángelo o el Espiral. Todas se integran de tal forma que la vida de la niña va desenvolviéndose a través cada una de esas piruetas.

Sin embargo, hay momentos donde la historia se quiebra (tal vez llevada por los temas que la soportan, que no son el patinaje sino lo hechos y las experiencias traumáticas). El patinaje empieza a diluirse mientras el dibujo lo va desplazando. La aparente belleza del patinaje se desdibuja por el cansancio y las dudas que Walden debe sufrir y sortear en solitario.

Piruetas, contrario a lo que se puede ver en la mayoría de sus páginas, no es un libro sobre el patinaje. El deporte es apenas y con cierta nostalgia un escenario sin ruido, presente como rutina, como una de la tantas obligaciones de una adolescente privilegiada, aunque la pista de hielo está ahí, como un estado aparente, como una forma de mostrar que la vida en sí, es una serie de sucesos que se parecen a un entramado de piruetas en los que a veces terminamos en el suelo y otras veces, girando de felicidad.

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A pesar del intento por hacer memoria a través del dibujo, el trazo de Walden posee una distancia con lo que se cuenta: pareciera hecho a base moldes, sin asomo orgánico, sin detalles y con una apariencia fría y saturada de naturalezas y escenarios muertos que le restan vitalidad a lo contado. Tal vez eso se deba a su contención narrativa y emocional. Todo se reduce a esquemas, en una extensión de páginas excesiva para una historia que puede contarse en menos. Quizá por eso algo no cuadra en el marco narrativo de Piruetas, porque más allá de la aparente similitud en el uso del bitono de morados que utilizan Jillian y Mariko Tamaki en Aquel Verano, el trabajo de Walden solo parece apoyarse en el atractivo de su testimonio y no en el dibujo.

Aun así, Piruetas es una buena historia de iniciación, que contiene ese rito de origen de historias como Blankets de Craig Thompson. Aunque, a diferencia de esta, la narración de la adolescencia de Walden pasa mientras ella la va contando, no hay distancia. Es por eso que, a pesar de lo que se ha anotado sobre su dibujo, en el último punto ella da un salto magistral, a través de la mejor secuencia del libro: cuando Walden se cae y cuenta, en medio de unas pequeñas viñetas, la evolución de su vida, de su voz y de su estilo. Como si la mejor pirueta fuera aquella que dibujó en aquellas páginas del libro.

Piruetas

Tillie Walden

Ediciones La Cúpula

404 páginas

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