Inmigrantes centroamericanos arrestados en Arizona, tras cruzar ilegalmente de México a Estados Unidos. El libro 'Yo tuve un sueño', de Juan Pablo Villalobos, reúne los testimonios de niños inmigrantes de Guatemala, Honduras y Salvador. Foto_AP Inmigrantes centroamericanos arrestados en Arizona, tras cruzar ilegalmente de México a Estados Unidos. El libro 'Yo tuve un sueño', de Juan Pablo Villalobos, reúne los testimonios de niños inmigrantes de Guatemala, Honduras y Salvador. Foto_AP

Despojos y migraciones

Los libros 'Cruzando el mar', de Wolfgang Bauer, sobre los sirios en su ruta de exilio a Europa, y 'Yo tuve un sueño', de Juan Pablo Villalobos, sobre los niños centroamericanos migrantes hacia Estados Unidos, revelan dos facetas del drama de la migración.

2019/02/18

Por ÁNGEL CASTAÑO GUZMÁN

Quien en busca de la quimera –un mañana mejor– deja atrás a familia y amigos corre el riesgo de convertirse en un fantasma, de volverse la pálida fotografía en el álbum de los recuerdos. Durante muchos calendarios, mi tía Martha fue un rostro al borde del olvido, una voz al otro lado del globo terráqueo. Viajó a Israel hace 27 años para dedicar su juventud y adultez al trabajo doméstico en mansiones y apartamentos. En todo este tiempo ha regresado solo una vez a Colombia. Mis padres también acariciaron Eldorado en dicho país, estuvieron allá un lustro o menos. Fue imposible alejarlos de mi mente mientras leía Cruzando el mar (2016) y Yo tuve un sueño (2018), textos periodísticos interesados en desvelar los complejos mecanismos del éxodo. En efecto, a los colombianos clasemedieros nacidos en los ochenta nos enlaza con los migrantes un vínculo cercano, entrañable: tenemos un primo (pintor de brocha gorda) en España o una hermana (niñera) en Canadá o un amigo (fontanero) en Aruba. La película Visa USA, de Lisandro Duque, y la canción Dolor de Patria, de Darío Gómez, ofrecen un elocuente retrato de los altibajos vitales de los idos, de aquellos que trasponen fronteras para hacer digno el pan.

En Cruzando el mar el reportero Wolfgang Bauer narra el periplo de los refugiados sirios de las costas de Egipto hasta las del lejano paraíso, la Unión Europea. Siguiendo los pasos de Günter Wallraff, Bauer se hizo pasar por un fugitivo de una república del Cáucaso: cambió de nombre y modificó su aspecto. De esa manera pudo infiltrarse en las entrañas de la empresa criminal de los contrabandistas de personas. La denuncia de Bauer apremia, quema las retinas: la crisis humanitaria desatada por los combates entre las fuerzas de Bashar al-Ásad y las de los rebeldes expulsó a centenares de familias de sus tierras, las llevó al extremo de la desesperanza de confiarse en las garras de coyotes sin escrúpulos. Bauer y un grupo de sirios se jugaron el pellejo en una partida en la cual todas las cartas estaban en contra: en el camino a la libertad los robaron, secuestraron y dejaron a su suerte en un banco de arena expuesto al oleaje. El relato le muestra al lector la pasmosa fragilidad de los desterrados: de ellos se aprovechan los criminales de las sombras y los cancerberos del orden. Los unos los expolian a punta de cuchillo y revólver, los otros usan las leyes y el miedo.  

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Por su parte, Yo tuve un sueño, del novelista Juan Pablo Villalobos, reúne una serie de testimonios de niños centroamericanos de su travesía del triángulo del norte –Salvador, Guatemala y Honduras– a los Estados Unidos. Escritas en primera persona, las vivencias de los pequeños dan cuenta de la ruptura institucional de las tres naciones de origen, asoladas por la corrupción oficial, las grietas en los lazos comunitarios y la omnipresencia de las pandillas. El trabajo de Villalobos se inscribe en un conjunto de obras que enfoca la tragedia desde ángulos distintos y complementarios: los filmes Sin nombre (2009), de Cary Fukunaga, y Icebox (2016), de Daniel Sawka además del ensayo Los niños perdidos, de Valeria Luiselli. Al final de este tour de forcé emocional se ven con nitidez los estropicios de las erráticas políticas migratorias gringas, de las macabras mafias mexicanas y de la abulia internacional.

¿Qué une el destino de los sirios con el de los niños centroamericanos? ¿Qué misteriosos puntos comunes hay entre la hégira por los mares procelosos y la emprendida sobre los lomos de La Bestia? Ambos grupos escapan del monstruo de la violencia y del azote del hambre. Apuestan sus vidas al espejismo, se enfrentan con manos trémulas a mil barreras físicas y cientos de trabas burocráticas. A veces, cuando una barca zozobra o una fosa común abre su hocico en los territorios de los zetas, las cámaras televisivas los ponen de moda, los hacen likeables. Ahí ocupan las primeras páginas de los diarios. Luego el trajín informativo los borra de las pantallas. Gracias a Cruzando el mar  y Yo tuve un sueño será difícil darles la espalda de nuevo.

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