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Sabato, el exterminador

Testimonio de un lector joven de la obra de Sabato.

2011/03/24

Por Andrés Gualdrón

Empecé a leer Sobre héroes y tumbas a los 15 años, en una casa poco lujosa y descascarada que mis papás comenzaban a restaurar en aquél momento. Situada en medio de una finca agrícola, la vivienda llevaba varios años abandonada y se encontraba prácticamente a merced de la maleza y los animales.

De los viajes que hicimos a aquella casa quedaron varias cosas impresas en mi memoria: serpientes reptando por el suelo, el insomnio de las noches en la que las tormentas no nos dejaban dormir, y por supuesto las horas que pasé leyendo sobre una casa todavía más estrambótica: la de los Vidal Olmos. Allí, entre la oscuridad y la deformidad se configuraba un mundo de seres hundidos en sus propias miserias, de relaciones destructivas, incestos, parricidios y alucinaciones. Leer a Sabato a esa edad era ser testigo del torrente imparable de conflictos internos que ahogaban al autor sin que yo como espectador pudiera oponer a ello cualquier tipo de distancia. Recuerdo del libro vivamente la sensación de angustia que me produjo y la manera en que conmocionó las ideas que recién empezaba a hacerme sobre la literatura, el amor, el mundo y los seres humanos: sus personajes, provistos de un carácter desbocadamente pasional, lograban dibujar en mi mente el horror y la poesía con igual violencia.

Mi relación con su literatura fue transformándose una vez pude analizar más racionalmente sus obras. Por un lado la velocidad de El Tunel me cautivó y por otro agradecí las confesiones del conmovedor Antes del fin: me mostraron un ángulo nuevo de su escritura, un poco más íntimo y tranquilo.

Nunca leí Abaddon el exterminador, aunque lo empecé. Quizás no me sentía interesado en experimentar la intensidad de Sobre héroes y tumbas de nuevo, o quizás los años habían pasado y buscaba de la literatura emociones y reflexiones distintas a las que encontré por primera vez en sus novelas.

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