Cortesía: Archivo Particular.

Virginia Gutiérrez de Pineda y otras cinco mujeres que Colombia olvidó

En el libro 'Rebeldes. Osadas y transgresoras mujeres colombianas' Myriam Bautista González homenajea a las protagonistas de grandes transformaciones del país. A continuación el perfil de Gutiérrez, una incansable investigadora social y el nuevo rostro del billete de 10.000 pesos.

2017/11/23

Por Myriam Bautista González

Incisiva y curiosa
investigadora social

Virginia Gutiérrez de Pineda
(1921-1999)

«Doña Virginia», como todo el mundo la llamaba, no se ufanaba de que había hecho un aporte trascendental a las ciencias sociales con su descubrimiento de que no había una sola familia en Colombia sino múltiples y que ellas se correspondían con variables diversas, más allá de la zona geográfica en la que habitaban.

Lo que parece una verdad de Perogrullo, para los años sesentas, 1962 para ser exactos, fecha de la publicación de su primera gran investigación, no lo era. En esos años se daba como artículo de fe que la familia colombiana era una: monógama y producto de matrimonio católico, apostólico y romano.

Tampoco se jactaba doña Virginia por haber inaugurado la cátedra de antropología médica en la facultad de Medicina de la Universidad Nacional, después de haber recorrido el país recolectando prácticas de la medicina popular y redactando los textos para explicar ese corpus.

Siempre se consideró lejos del feminismo, aunque fue la primera mujer en hablar de las familias patriarcales; en reconocer y admirar, de manera verbal y en muchos de sus escritos, la humildad y sometimiento de la gran mayoría de mujeres a sus maridos y padres, a lo largo y ancho del país y de relatar su existencia llena de sudor y lágrimas, aunque también sus gestas.

Sin embargo, aunque doña Virginia fue investigadora disciplinada, maestra respetada, escritora lúcida, estudiosa de diversas materias, curiosa en el más intelectual sentido de esta palabra, fue también, cómo no, en muchas etapas de su vida, una mujer corriente que no pudo o no lo intentó –no lo sé– sacar de su cabeza algunos de los postulados repetidos a ella y a sus congéneres, en esa familia santandereana machista y conservadora, eso sí muy cariñosa y solidaria, en la que se crio.

Amó a su marido con locura, lo que no tiene nada de particular, pero no dudó en ponerlo en un pedestal (como lo han hecho tantas otras mujeres profesionales o no) del que nunca lo bajó, porque se consideraba en deuda con él. Sostenía que él se había sacrificado para que ella se hubiera desarrollado hasta llegar a donde llegó. Difícil aspecto de su vida para extenderse, sin haberla indagado al respecto y sin tener más pistas que las conseguidas en unas pocas entrevistas con personas que convivieron con ella algunas temporadas.

Fue tanta la admiración y pleitesía con la que doña Virginia trató a Roberto Pineda Giraldo desde que comenzaron la relación sentimental, en la época de la universidad, que no dudó en darle el apelativo de «Reicito» y así lo llamaba en público y en privado, con orgullo y cariño. Crio cuatro hijos hombres y al final de su vida se dolía porque se culpaba de no haber compartido más tiempo con ellos.

Durante años se erigió en una muy buena anfitriona que ofrecía nutridas onces a quienes convidaba, casi sin ayuda, según cuentan algunas personas que asistieron a esas reuniones. Esa responsabilidad doméstica no era óbice, sin embargo, para que, mientras compartía las viandas en la sala de su casa, también lo hiciera con sus hipótesis de trabajo y los pormenores de sus investigaciones, con esas parejas de profesionales, asiduos invitados de quienes recibía reflexiones y comentarios que enriquecían sus originales puntos de vista.

Esta dualidad: intelectual-ama de casa tradicional, ni ella misma ni muchos de sus colegas, algunos alumnos, otros familiares y más de un conocido, nunca terminaron por dilucidar.

Muchas personas guardan la imagen de una señora, muy aseñorada, siempre muy bien peinada y acicalada, maestra de más de tres generaciones, que tejía mientras no escribía, porque no le gustaba perder tiempo, casi siempre suéteres o bufandas para su marido. Y, entonces, en este escenario, es imposible captar en sus justas proporciones el talante y quilates de sus contribuciones a las ciencias sociales y al concepto de nacionalidad que forjó. Algunos de sus pares, sobre todo hombres, se confundieron y en más de una ocasión, menospreciaron su obra o no la consideraron en su justa dimensión.

Sus hallazgos urdidos, única y exclusivamente, por su inteligencia, ingenio y dedicación, la convirtieron en pionera de la investigación social en Colombia y en autora de una obra trascendente y trascendental, con más de una docena de estudios investigados y escritos por ella.

Sus importantes libros, La familia en Colombia. Trasfondo Histórico (1962), Familia y Cultura en Colombia (1963) no fueron equiparados ni tuvieron la importancia de, digamos, La Violencia en Colombia de Orlando Fals Borda, Monseñor Germán Guzmán y Eduardo Umaña Luna, libro fundamental para conocer los orígenes de esa primera Violencia del siglo XX, como lo fueron los de doña Virginia para conocer los orígenes de la
familia colombiana.

De puertas para afuera de la academia ocurrió algo muy diferente. Muchos gobiernos le rindieron homenajes y la condecoraron, para no ir muy lejos dos presidentes: Belisario Betancur y Ernesto Samper Pizano, le otorgaron la Cruz de Boyacá; los medios de comunicación destacaron su obra; sus alumnos, y sobre todo sus alumnas, la respetaron y admiraron; muchos colegas destacaron el valor de sus investigaciones y un número  considerable de profesionales y gentes informadas, profanos en las materias que investigó, enseñó y sobre las que escribió toda su vida, han encontrado sus libros novedosos, agudos y siempre vigentes. 

El año pasado, para citar el más reciente de los honores recibidos, su rostro fue impreso sobre el dorso de los billetes de diez mil pesos. Pequeña denominación, si se quiere, aunque de gran circulación. Años antes la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional le dio su nombre al auditorio principal del bello y emblemático edificio de posgrados que construyó el arquitecto Rogelio Salmona.

En una entrevista, al final de sus días, doña Virginia soltó una frase sobre los homenajes que recibía, que encierra la paradoja en que vivió: «Todo ha sido un esfuerzo de sudor, lágrimas y plata de mi marido. Lo que a uno terminan premiándole y reconociéndole no es lo que hizo o escribió, sino el dolor por la ausencia del hogar y soledad de los hijos durante tantos días».

En esta declaración expresada con gran sinceridad, pero también con alguna dosis de amargura, queda retratada la mujer que no logró conseguir paz y salvo que la liberara de la culpa que siempre la acompañó por haberle entregado más tiempo del debido (según su balance) a sus investigaciones y quehacer intelectual que a su familia. Una deuda que no es exclusiva de Virginia Gutiérrez sino de casi todas las mujeres exitosas en distintos campos, que siempre sienten que le han robado tiempo a su familia y que la han subordinado a su profesión.

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