Fernando Molano Vargas nació en Bogotá el 9 de julio de 1961 y murió el 10 de marzo de 1998. Fernando Molano Vargas nació en Bogotá el 9 de julio de 1961 y murió el 10 de marzo de 1998.

Siete poemas de amor (y duelo) de Fernando Molano Vargas

"Estos casi no son poemas de amor. Son poemas de mi amor. De un amor, quiero decir. Y son también de mi deseo". Con esas palabras hablaba el escritor bogotano de su único poemario, 'Todas mis cosas en tus bolsillos', en 1997. El libro, por muchos años una joya oculta, fue reeditado este año por Planeta.

2019/12/03

Por Fernando Molano Vargas

Desde mi ventana

A la voz de sus sueños                    silenciosos
                                                         y dóciles
                   como suelen los condenados
del borde del sardinel
                   levantan sus traseros
dos chicos enamorados

Y ocultos tras de los autos
                   casi al desgano
los une la despedida:
bajo sus pantalones el deseo
acecha como un bandido
                   a los jovencitos
sumidos en un abrazo

Lento el andar
                   los tercos ojos que vuelven
van pues hacia sus casas:
a salvo de la noche
                   ¿se acariciarán en sus cuartos
                                 solos
                                 mediodesnudos
                   sonriendo bajo las cobijas
                                 como asustados?
7 p.m.:
esta hora en que las madres
                                 ocultan a los niños

En las duchas

Porque es un muchacho muy bello
y entonces cuesta creer

Él riega talco sobre sus pies
y quedan huellas en el piso

Y sus huellas se desdibujan
si uno las roza con los dedos

Pero el talco no sabe a nada
cuando uno se lleva los dedos a la lengua

De verdad
es como un acto de fe

Dulce hermano de los arietes

    De niño, papá despeinaba mi copete para que yo
me enojara como un hombre.

    En los pesados trabajos de su taller de hierros forjó
rudamente mi cuerpo. A los quince años mis piernas
sostenían  sin dificultad una nevera, y en mi pecho
hubiesen podido llorar dos o tres muchachas.

    Allí mismo, en los sucios almanaques Texaco que
envejecían sobre las paredes, él me enseñó el amor
por las mujeres desnudas; y asomado a la puerta de
las cantinas donde a veces bebía, aprendí la manera
de aprovecharme de ellas. «Pero llegado el día en
que tu madre enferme de muerte me decía ebrio
mientras los llevaba a casa, será justo que prefieras
cuidar de tu esposa».

    Sin preguntar nada, un día celebró las heridas de
mi primera riña y, sonriendo, descargó un puño
sobre mi pecho. De alguna manera él supo entonces
sobreponerse al miedo, y hoy, a mis diecisiete, presumo
de poder llegar tarde a casa.

    Oh, Diego, en largas jornadas papá hizo de mí una
fortaleza. Y es una maravilla cómo se sostienen sus
muros ahora que entras en mí como un duende, y
podemos a solas jugar y amarnos como dos niños.

Esta hora de los moteles

Sigue por su cintura
                            mi pierna
y está para mi mano
                            su espalda
arriba      mirón      el techo
para mi corazón
                            su silencio

Pero suenan
                            como alarmas terribles
                            en su dulce ensueño
los cuatro golpes firmes
tras la puerta
¿hemos ya gastado nuestro rato?

                            si sobre el piso
                            al pie de esta cama sucia
                            todavía nuestro deseo
                                       permanece tibio
                            entre su pantaloncillo
                                                    y el mío

En un bar mirar parejas, solo

Porque uno los ve bailar
y es como si en otro lugar
estuviesen quieto
                                           porque
giran hermosamente sus cuerpos
sobre sus pechos lentos
y entonces es como si la alegría

En algún giro 
distraídos te miran
                           sinceramente parada
y en el siguiente de ti se olvidan
                           pero tu mirada persiste
                           en ellos

En la jovial frescura de un trago
sientes perfectamente
toda alegría como una traición
                                          ahora
y no entiendes esta sonrisa en tus labios
tu amigo muerto
esa cerveza fría en tu mano

V.I.H.

Soy joven y estoy aún,
                               digamos,
en ese tiempo inverosímil
que para mis mayores ha huido
                               tan de prisa.
En mí el deseo
se encabrita a cada instante
de cada noche y de cada día,
y bien podría ser recomenzado
sin dar, por otra parte, mucho.
Así, no tengo por qué pedir la fuerza
y el coraje: yo no los tengo simplemente
y sigo sin proponérmelo siquiera
echando cosas en el talego de mis sueños.

Aún conservo no sé explicar cómo
una pizca de esperanza
                               suficiente
para creer que serán mejores las cosas
no las mías: las cosas llanamente
e intento,
aunque no puedo evitarlo a veces,
no ser cruel.

Pero hacia mí la muerte se apresura.
En verdad, hace años la tengo
pegada a mis talones,
soplándome su vaho en los carrillos.
Manos arriba contra la pared,
apretados los muslos y los ojos,
                               ella me tiene;
y aguardo, solo, a que por fin me aseste
                               su triste golpe.

¿Qué espera, pues, la muerte?
¿Qué pretende conmigo esa señora
sólo rozando mi cuerpo
                                         sus tiernos velos
sin abrazarme?,

mientras a mi espalda bulle 
                                        y me excita
la vida,
y el amor,
y el deseo:

                                        los muchachos,
                                        el fresco aroma
                                        en sus axilas...

Me gustaría quedar atrapado en ti

Querido Diego,

bien sé yo que no me escuchas, tan muerto como estás;
pero, ¿no podríamos, en esta noche, juntos soñar que 
Eres un bello espíritu sentado a mi lado sobre el piso, 
a orillas de la cama; charlando ingenuamente, como 
solíamos, los simples asuntos de la vida?

   Porque aún me rompen la cabeza ciertas preguntas
y, ahora mismo, no tengo con quien conversar de 
mis asuntos. A veces no entiendo nada. Pero aún sigo 
creyendo que cada cosa, cada temblor, guarda dentro 
de sí un sentido. Tan sólo no dura mucho. Igual que 
tú; igual que Luis Jorge, a su modo.

   Aquí el mundo sigue dando vueltas sin ti: a mí 
todavía me resulta extraño. Los ríos siguen corriendo 
y no se cansan; florecen las flores  y los muchachos;
los amigos vienen a visitarme; aún hay problemas en 
casa. Y a mí todavía el amor me excita: como el de este 
hermoso chico sinceramente lo amaba en cuya 
despedida he venido a soñar contigo en este tonto 
escrito de un libro dedicado a ti. Si pudiera ya cerrar 
la página. Permanecer aquí a tu lado, amor.

   Al menos déjame darte un beso. Vamos, 
apresuremos los labios: podría amenazar de nuevo el día...

Todas mis cosas en tus bolsillos
Fernando Molano Vargas
Seix Barral, 2019.

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