La escritora Toni Morrison murió el pasado lunes 5 de agosto. Esta foto es de septiembre 21 de 2012 en la residencia del embajador norteamericano en París. Foto: Patrick Kovarik / AFP. La escritora Toni Morrison murió el pasado lunes 5 de agosto. Esta foto es de septiembre 21 de 2012 en la residencia del embajador norteamericano en París. Foto: Patrick Kovarik / AFP.

Toni Morrison: hacer desaparecer la raza

Aunque la literatura de la recientemente fallecida Nobel de Literatura acentúa y pone en el centro las marcas raciales, su programa literario, consignado en varios de sus ensayos, pretendía algo paradójicamente contrario: hacerlas desaparecer. Una reflexión y un homenaje.

2019/08/08

Por María Alejandra Peñuela

“Disparan primero contra la chica blanca. Con las demás pueden tomarse el tiempo que quieran”. Estas son las líneas con las que abre Paraíso (1997), la primera novela que la escritora estadounidense Toni Morrison publicó después de ganar el Premio Nobel de Literatura en 1993. A pesar de su comienzo, en el que la raza es acentuada y puesta en el centro, su programa literario, consignado en varios de sus ensayos, pretendía algo paradójicamente contrario: desaparecerla.

Morrison, quien falleció el lunes a los 88 años, nos enseñó qué es ser negro, cómo se siente ser odiado como lo dijo en el prefacio a su novela The Bluest Eye por algo que no se puede cambiar y sobre lo que no se tiene control. Sin embargo, a pesar de esa conciencia, nos introdujo en un experimento de desaparecer la raza a través de un universo narrativo en el que sus personajes negros también son simplemente humanos, en el que sus mujeres experimentan dolor y en el que, aun acentuando las marcas raciales, hay todavía campo para la desolación, el humor y el amor.

A diferencia de ese canon blanco que criticó en Playing in the Dark. Whiteness and the Literary Imagination, Morrison logró crear una literatura universal, una literatura en la que podemos sentir la fuerza de cada una de sus palabras, que quieren “desprenderse de los límites que el lenguaje racial impone a la imaginación”. Como escribió en el prefacio a Paraíso

Con estas primeras frases quería indicar, en primer lugar, la presencia de la raza como una jerarquía. Y, a continuación, hacerla desaparecer como información relevante. La novela sucede en una comunidad en la que, por decisión propia, todos los habitantes son negros, en la que la raza, también por decisión de sus habitantes, no es relevante. Las hostilidades tradicionales entre blancos y negros cambian hacia la naturaleza de la exclusión, los orígenes de cierta idea de superioridad, las fuentes de la opresión, el asalto y el asesinato. La ciudad negra de Ruby está centrada en la raza: en conservarla, desarrollar los mitos del origen y mantener su pureza. En el convento, la raza no es un dato relevante, todos los códigos raciales han desaparecido de modo deliberado. Para algunos lectores esto resultó inquietante y algunos reconocieron que se preocuparon en intentar averiguar cuál de los personajes era ‘la chica blanca’: algunos se lo preguntaron al principio, pero luego dejaron de lado la cuestión; otros pasaron por alto la confusión y dieron por hecho que todos eran negros. Los lectores sensibles vieron a los personajes como plenos, fuera cual fuese su raza [énfasis mío]. Al margen del vocabulario agotado y agotador de la dominación racial, la narración quiere desprenderse de los límites que el lenguaje racial impone a la imaginación.

En este fragmento está condensada gran parte de su poética: Morrison pretende enseñarnos, desde los relatos, a ser lectores sensibles, a desprendernos del lenguaje impuesto y dejar actuar a la imaginación. Esa misma novela, que inicia con una acción amenazante, termina con la esperanza de la palabra imaginada: “Nada rompe este consuelo, y de eso trata la canción de Piedade, aunque las palabras evocan recuerdos que ninguna de las dos ha vivido: de una vejez en compañía, de palabras compartidas y pan dividido que humea por el fuego, de la felicidad inequívoca de regresar a casa, de la dulzura de volver ahí donde nació el amor”.

Morrison no huyó nunca de los temas difíciles y dolorosos, supo explicar también qué es ser negra y mujer en América. En una conversación con Hilton Als, la escritora dijo que no le huía a las etiquetas de ser negra y mujer, porque “posicionarse como una escritora negra no es estar en un lugar superficial, sino que implica escribir desde un lugar lleno de riqueza. No limita mi imaginación; la expande. Es mucho más enriquecedor que ser un escritor blanco, porque yo sé más y he vivido más”.

Esa abrumadora experiencia demanda de nosotros como lectores una experiencia multidimensional, una lectura del mundo que deconstruye lo que concebíamos como cierto y reconstruye una nueva realidad. Sus palabras nos invitan a dotar de poder a aquellos que históricamente hemos visto como débiles, pobres y desechados. Sus heroínas son esclavas, niñas negras y brujas. Sus héroes hombres negros que quieren volar. 

Con cada una de sus palabras, sus ritmos y sus mundos y personajes, Morrison nos recordó durante sus más de treinta años de producción literaria lo que es ser humano. Y construyó el verdadero paraíso: una literatura universal, un mundo de despiadada ternura, de imaginación sin límites.

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