Luca Giordano, 'Rapto de Helena' ('Ratto di Elena'). 1680 - 1683. Luca Giordano, 'Rapto de Helena' ('Ratto di Elena'). 1680 - 1683.

Una breve historia del amor (y de la cosificación de la mujer) desde la literatura

Un recorrido por el amor y sus maneras como un fenómeno social y temporal.

2018/11/02

Por Mónica Acebedo

Entender la razón por la cual la mujer, supuestamente amada, es reiteradamente objeto de maltrato es una de las grandes incógnitas seculares. La literatura ha representado el amor, el enamoramiento, los usos amorosos e inclusive el matrimonio a partir de variopintos idearios colectivos construidos y complementados con elementos sociales, culturales, políticos, jurídicos y religiosos de cada momento. Sin embargo, el amor romántico que se expresa en la literatura a partir del Renacimiento es diferente al ideal de la antigüedad y al de la Edad Media. Dice Catherine Soriano en un artículo llamado “Tópico y modernidad en La industria vence desdenes de Mariana de Carvajal”: “Recordemos que para los griegos y los romanos, el amor es una enfermedad (Menandro), en la medida que trasciende la voluptuosidad, que es su fin natural; para Plutarco, es un frenesí; otros pensaron que era una rabia, y que a los enamorados había que perdonarles como si estuviesen enfermos. En la Edad Media, todos los libros médicos medievales consideran el enamoramiento como un tipo de locura; al parecer, la causa de tal enfermedad es una inflamación del cerebro debida al deseo insatisfecho. El Liber de parte operativa de Arnaut de Vilanova gozó de enorme difusión durante el siglo XVI (con más de cien ediciones impresas) y allí se incluye también al amor como la cuarta manifestación de la locura. En cuanto a la curación de tan desesperada dolencia, todos los médicos coinciden en recetar, como primera medicina, el matrimonio con la mujer amada” (1543).

Así, en la antigüedad la literatura da cuenta de premios de guerra que se tornan en la mujer amada, como es el caso de Briseida con Aquiles o inclusive el amor de Paris y Elena, que constituye el andamiaje de guerra más importante de la historia de la literatura antigua. Pero es que La Iliada es una obra que realza la gloria militar por encima de todo concepto; el amor es un mero resultante de una guerra encarnizada por una mujer que no es más que un símbolo estancado entre una lucha por el poder entre hombres y dioses que se yuxtaponen caprichosamente a lo largo de todo el poema. En La Odisea, en cambio, se presenta la astucia por encima de la fuerza, unas mujeres enérgicas, seductoras e importantes. Y el amor es más una imposición social que lleva a Penélope a ser paciente y consistente con la ayuda de dioses disfrazados que propenden por la familia por encima de la guerra. Virgilio, más tarde, demarca los usos amorosos de la mano de los dioses, como ocurre en La Eneida, ya que, por un ardid de Venus y Cupido, Dido se enamora perdidamente de Eneas.

En la Edad Media la cosa es bien diferente. Aurelio González atribuye a investigadores como Jeanroy la definición del concepto del amor como un invento de la sociedad medieval. Obviamente, no es que antes no hubiera la expresión de sentimientos que se entiende en términos modernos como “amor”, lo que ocurre es que el amor cortés de la Edad Media da cuenta de la idealización de la mujer. En ese sentido escribe el profesor González en “El amor en la literatura medieval: la dama y el caballero” (Amor e Historia: La Expresión De Los Afectos En El Mundo De Ayer): “El amor, en cuanto expresión de sentimientos elevados, tratamiento de privilegio, maneras corteses y atentas, la mujer como foco de la atención en la reunión social o en la relación hombre-mujer en síntesis: las relaciones sentimentales como resultado de la idealización de la mujer, son términos de conducta que, en formas diluidas, siguen teniendo vigencia en nuestros días, pero que a un ciudadano serio y formal de la Roma imperial le hubieran parecido absurdos, y a un hombre formado en la cultura oriental tradicional poco menos que incomprensibles”. En ese orden de ideas, esa idealización femenina que se hereda del amor cortés determina unos estrictos códigos de cortejo que se convierten, al mismo tiempo, en armas para el desengaño. Es decir: los hombres al tener una mujer idealizada se enfrentan a situaciones que para que sean aceptadas socialmente requieren de tretas y maniobras para lograr a la mujer amada.

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Claro está que no toda la literatura medieval –entre otras por la carga axiológica que se desprende de bautizar una época tan larga como una sola– se enmarca dentro la objetivación y adoración femenina; justamente, en el corpus literario que hace referencia al concepto del amor, juega un papel esencial El libro del buen amor escrito por Juan Ruíz, Arcipreste de Hita (1284 – 1351). Se trata de un poema cuyo hilo conductor es la biografía ficticia del autor. En el texto se describen sus amores con mujeres de diversas condiciones sociales (monjas, moras, dueñas, serranas) en las cuales se da cuenta de varias experiencias que posiblemente se definirían más como sexuales que amorosas, a la luz de las aproximaciones de la sicología moderna sobre el concepto de amor como expresión de los sentimientos. De hecho, resultan peculiares los episodios que describen a las mujeres (dueñas chicas y serranas) como la parte dominante de la relación sexual. Esa visión es tal vez a la que se van a oponer radicalmente los moralistas unos años después. Es decir, la mujer es un ser malvado que lo único que hace es pervertir a los “buenos de los hombres” (por ejemplo, Santo Tomás de Aquino).

En esa evolución, es indispensable destacar dentro de los usos amorosos en papel de la alcahueta (Urraca o Trotaconventos en El libro del buen amor), figura que luego se materializa en la Celestina (1499) de Fernando de Rojas y posteriormente en gran parte de la literatura barroca. Ahora bien, los usos amorosos de la sociedad barroca juegan un papel fundamental dentro de la institución del matrimonio. Indiscutiblemente, el matrimonio entre nobles es mayormente arreglado y debe ser aprobado por los padres de las damas. Estas se tienen necesariamente que casar con varones que las igualen en nobleza, belleza y hacienda. Sin embargo, el matrimonio arreglado no descarta las técnicas del galanteo que en ocasiones el hombre utiliza para obtener el favor de la mujer amada con la que se quiere casar o simplemente por un mero capricho sexual. Y es que el matrimonio se había convertido en un sacramento solemne a partir del Concilio de Trento (1545-1563). El Concilio lo que pretendió fue ratificar el acto como un rito católico y como parte inherente a la vida cristiana. Antes del Concilio se presentaban muchas uniones que simplemente habían tenido testigos o partían de una promesa mutua entre los contrayentes. Es decir, bastaba que los contrayentes afirmaran que se habían desposado para que el acto tuviera las consecuencias desde la perspectiva del derecho canónico. No es que no hubiera matrimonios por el rito cristiano ante un sacerdote, pero la práctica se había ignorado reiterativamente y por eso la Contrarreforma responde a esa laxitud.

Roberto González Echevarría en Amor y ley en Cervantes afirma que “En la literatura del Siglo de Oro español, todo lo que sucede antes del matrimonio se convierte en tema de comedia y todo lo que sucede después del matrimonio, en tema de tragedia”. El matrimonio es una institución reconocida por el Estado y por el derecho, mientras que la promesa de matrimonio no tiene necesariamente ningún fundamento legal. Se trata simplemente de una cuestión de honor. Por eso, tal vez el teórico en su interesante análisis jurídico-literario concluye que mientras no haya coerción jurídica, todo se vuelve materia de comedia. Claro está, que dentro de esa “comedia” está el drama que siente la dama burlada, porque independientemente del análisis legal, lo que le ocurre a la mujer a la que se le ha incumplido una promesa de matrimonio y se le ha deshonrado. Este sentimiento es expresado de manera constante en la literatura, por ejemplo: Dorotea en El Quijote.

Ahora, dentro del contexto del amor que proviene del Medioevo, toma especial relevancia el tema de la pasión. Afirma Denis de Rougemont en Amor y Occidente: “Pasión quiere decir sufrimiento, cosa preponderancia del destino sobre la persona libre y responsable. Amar más al amor que al objeto del amor, amar a la pasión por sí misma […] es buscar sufrimiento”. Esto es, el hombre idealiza no solamente a una mujer perfecta sino el concepto de amor perfecto y apasionado. Esta idealización implica sufrimiento, de lo contrario no es verdadera.  

Es entonces a partir de la idealización femenina, que proviene del amor medieval, que se tiende a cosificar a la mujer, por lo menos en la literatura. Se trata de un objeto idealizado y perfecto, como por ejemplo Oriana en Amadís de Gaula (Garci Rodríguez de Montalvo, 1508), o la misma Beatriz de la Comedia (1321) de Dante. Pero, una vez alcanzada la posesión, el dueño del nuevo objeto lo defenderá por encima de todo, siempre y cuando el “objeto” no actúe en contra de los deseos del dueño. Al mismo tiempo la Edad Media presenta expresiones literarias de mujeres totalmente contrarias a la cosificación, y es a partir de la Contrarreforma y de las estrictas aseveraciones de los moralistas como Baltazar Gracián o el mismo Fray Luis de León que se reafirma a la mujer como un objeto de perfección que no puede fallar a las expectativas masculinas.

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