Portada de 'Temporal' (izquierda) y Tomás González (Foto: León Darío Peláez). Portada de 'Temporal' (izquierda) y Tomás González (Foto: León Darío Peláez).

“Uno está en total libertad de hacer lo que le dé la gana”: Tomás González

Una entrevista con Tomás González, quien tras cuatro años de silencio lanzará en noviembre una nueva novela, 'Las noches todas'. Esta conversación sobre su obra y la escritura, vista como un trabajo solitario y de carpintería, se dio a propósito del reciente lanzamiento de 'Temporal' bajo el sello Seix Barral.

2018/09/27

Por Pilar Quintana* y Santiago Díaz Benavides*

Tomás González es uno de los escritores más sobresalientes de las letras nacionales. Su obra –ocho novelas, tres libros de cuentos y uno de poesía– es una correspondencia larga y tendida con la vida, y una forma de explorar el mundo. Fue de su tío, Fernando González Ochoa, que aprendió “a mirar la vida con los propios ojos, no con los de nadie más”. Sus libros son un rezo bajo el agua, una plegaria que crece con los años y espera pacientemente a ser escuchada. No hay duda alguna de que el espectro de su figura, alejada de las dinámicas comerciales de la industria editorial, se hará cada vez más fuerte y más atractivo. Solo queda esperar a que pase el tiempo para que su nombre sea ineludible.

A raíz de la reedición de sus obras por el Grupo Planeta, y con el motivo del reciente lanzamiento de Temporal, una de las novelas más destacadas de nuestra literatura en los últimos diez años, conversamos con el escritor, largo y tendido, como no podía ser distinto.

Este libro no iba a titularse Temporal. De buena fuente sabemos que había un “Mar de leva” atravesado por ahí. ¿Cómo llegó al título de esta novela, en que las pasiones humanas son descritas como las mismas olas del mar y se funden con el calor empalagoso de la playa?

Durante mucho tiempo la novela en efecto se llamó Mar de leva. Un día hablé con mi amigo Octavio Escobar y me contó que la novela en que estaba trabajando se llamaba igual que la mía. No he logrado recordar todavía si al final lo echamos a cara y sello. Si fue así, yo perdí. En todo caso, resolvimos que él seguía con el título y yo buscaba otro. La novela también se llamó durante un tiempo Golpe de ola, pero había ya una novela con ese título o uno muy parecido. El título de Temporal me gustó porque se refería a la tormenta y también al transcurrir de la tormenta y de nuestras vidas en el tiempo.

En este libro aparece la figura de un patriarca hijueputa (no hay otra forma de decirlo). En Colombia hay uno de esos en cada familia. Hacía falta, era necesario escribir sobre el tema, pues no hay muchos referentes de eso en la literatura colombiana. ¿De dónde surgió la idea de escribir sobre esta figura en particular?

Tal vez tenga que ver con el desagrado que he sentido siempre por la autoridad. Es algo constitucional, es decir, de mi constitución mental o psicológica. Traté durante muchos años de practicar zazén con un grupo, por ejemplo, hasta que me di cuenta de que, a pesar de las apariencias, el zen es profundamente autoritario, vertical, machista, y los maestros tienden a crear sargentuchos, a apoyarse en ellos y convertirse en dictadores. Son dictadores, no de masas, como el padrecito Stalin, sino del mundillo pequeñísimo, el vaso de agua que es el monasterio o el centro de meditación. Entonces decidí meditar solo. En fin. Me gustaría que se aboliera cualquier tipo de autoridad sobre la tierra y me parece que, en algún momento, en mil, dos mil años, podríamos llegar a una sociedad sin autoridad, basada en el respeto por la capacidad de sus líderes y no por el miedo a su fuerza, a su poder, a su violencia. La novela Temporal, entre otras cosas, es eso: la pelea de dos jóvenes contra la autoridad, que en el caso de los padres antioqueños se manifiesta con gran fuerza, es franca dictadura; pero también con mucho color, e incluso talento y humor. Creo que la frase que más disfruté al escribir fue la del papá, ligeramente bebido, quien, al hablar de los atardeceres espectaculares del golfo de Morrosquillo, le dice a uno de los huéspedes algo así como: “Aquí se cansa uno de ver tanto hijueputa atardecer, créeme”. Es decir, el hombre estaba descontento con el hijueputa de Dios y con la puta naturaleza por repetirle los atardeceres. Todavía me hace sonreír. Si eso les exigía ellos, imagínense lo que les exigía a los dos muchachos.

Me parece que ese desagrado por la autoridad aparece en muchos, si no en todos mis libros. J, el protagonista de Primero estaba el mar, era anarquista constitucional y murió a manos de un padre padrone de esos, que, después de matarlo, cargó el cadáver, como si fuera el de su hijo, y lo puso en la cama. Y en Abraham entre bandidos está la figura todopoderosa del jefe de los bandoleros, que funcionaba como padre de todo el grupo, y a quien Abraham y Saúl detestaban, no tanto porque amenazara sus vidas, sino porque era absolutamente arbitrario, atrabiliario. Hay situaciones en que mejor es estar muerto que en manos de un tipo así.

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¿Qué le permite narrar de tal manera que las descripciones del paisaje se mezclan con las características de los personajes, hasta que lo primero parece tomar el protagonismo? A veces pesan más los escenarios que las mismas acciones de quienes se está contando algo.

La personalidad de los personajes cambia de matices según los escenarios. Los mismos rasgos psicológicos o de personalidad del J que estudiaba literatura en Inglaterra se manifiestan de manera muy diferente en la finca del trópico donde termina sus días. El cambio es dramático, tanto que produce la impresión de que es el escenario el que se está tomando al personaje, como si Boris fuera tomado por Nueva York o la señora Dickson y J, por el mar. En Temporal, el padre que vendía cacharros de pueblo en pueblo por la Costa Atlántica era muy distinto del reyezuelo en que se convirtió cuando abrió el hotel. Los nuevos escenarios abren en los personajes una nueva manera de ser, de estar en el mundo. En mis novelas no hay personajes sin escenario ni escenario sin personajes. No serían novelas en ninguno de los dos casos.

Usted es un maestro de las descripciones. Utiliza las más bellas figuras, y en pocas líneas logra crear ambientes, paisajes y universos vívidos. ¿Cómo los trabaja? ¿Cuál es su método? ¿Parte de la observación directa o le basta la memoria? ¿Cómo hace para encontrar las palabras precisas y para armar figuras originales?

Me gustan las matas, me gusta el mar, los manglares, la naturaleza. La disfruto y la miro mucho. Incluso en Verdor, ese cuento largo que se desarrolla en el corazón y los intestinos de Nueva York, la naturaleza está muy presente. Eso me pasa por ser colombiano, pues en este país la variedad y la belleza del mundo natural y del campo es muy grande. El protagonista de Verdor añora esa exuberancia y trata de recrearla con tizas de colores en el pavimento. Y a mí me resultaría imposible dejarla por fuera en mis narraciones. Quedarían incompletas. Ahora bien, como narrador estoy obligado a mantener una línea narrativa que sostenga el interés del lector en cada instante, y por esa razón las descripciones del mundo natural tienen que ser cortas e intensas, para no perder al lector. Es difícil mantener la disciplina para no alargarse, por ejemplo, en la descripción de un guadual, que es una de las cosas más hermosas que uno pueda ver en la vida, y seguir hablando del guadual durante cuatro o cinco páginas hasta que no quede ni un solo lector por ahí. Para no perder lectores, las palabras deben ser tan precisas y las figuras tan originales y llamativas como uno pueda. Ese es el lado, digamos, técnico. Lo otro es que hay que tratar de estar a la altura del tema descrito o aproximarse tanto como se pueda. Para eso no sirve una descripción servil. Hay que recrear la naturaleza con palabras y lo que aparece en el espejo de palabras no es un calco. El mar de Temporal no es el mar del Morrosquillo sino el mar que se creó con palabras. Es otra realidad. Por eso cuando alguien me dice –como me dijeron en Urabá, por ejemplo– que de Turbo a Acandí no hay tres horas en lancha sino una, reconozco que es un error de mi parte, pero un error que para mí carece por completo de importancia. En la última edición de Primero estaba el mar no quise corregirlo, pues se necesitaban esas tres horas para la narración. Uno está en total libertad de hacer lo que le dé la gana. Salvando las diferencias, ¿quién le reprocharía a Kafka el haberle puesto más patas a la cucaracha de La metamorfosis que las que realmente tienen las cucarachas? Y seguramente habrá quien me diga que ese pobre joven metamorfoseado no era cucaracha sino escarabajo, o que Kafka no le puso más patas a la cucaracha de las que legalmente tienen. ¿Y qué tal el asunto de Remedios la Bella? Se elevó como un globo de muchos pliegos y su elevada es tan real como las manos con las que escribo. Pero si uno es servil y se preocupa desmedidamente por el número de patas o por la ley de la gravedad, no va a lograrlo. Kafka y García Márquez dan la impresión de haberlo logrado olímpicamente, pero eso es solo aparente. A los dos les tocó sudarla.

Sobre la creación del temporal en Temporal, primero el anuncio ominoso de la tormenta y luego la descarga de esa tormenta. ¿Cuáles fueron sus referentes y cómo los trabajó?

Conozco bastante el golfo de Morrosquillo. No quiero decir que conozca su geografía, sino su espíritu, pues llegué a él cuando tenía seis años y desde entonces ha estado presente en mí. Vi sus primeras tormentas cuando tenía esa edad y la última tormenta grande la presencié hace tal vez seis años: con rayos verticales, como mangles, y también rayos horizontales, que se entretejían en el cielo sin siquiera bajar al mar. Y aquí podría seguir hablando de eso un buen rato. Igual me pasa con los bosques de guadua, que se las arreglan, igual que las tormentas, e igual que los seres humanos, para ser oscuros y luminosos al mismo tiempo. El referente fue ese, sin más: el mar.

Hace un tiempo usted se acercó: fue a eventos, dio entrevistas, estuvo frente al público. Ahora otra vez está lejos, tal vez más lejos que antes. ¿Por qué esta distancia, y qué implicaciones tiene para su quehacer literario y para el destino, la promoción de sus libros? ¿Es un tema que le preocupa?

Pienso que mi única obligación como escritor es tener disciplina, trabajar y ser muy exigente conmigo mismo. La promoción de libros les corresponde a la editorial y a los libreros. Las editoriales nunca me han presionado para que escriba esto o aquello ni para que escriba mucho o poco, rápido o despacio. Eso de que las editoriales presionen a los escritores para que entreguen libros es un mito, por lo menos en lo que tiene que ver conmigo. La única presión que he sentido a veces, y eso aplicada con mucha urbanidad, es la de hacer presentaciones. A eso nunca he cedido. Tuve esa racha de presentaciones –veintinueve en solo un año– porque eran novedad para mí, porque sentía curiosidad y porque se alinearon los astros para hacerlo. También quería conocer a los lectores. Entonces, cuando vi que mi no participación presencial no era otra cosa que gusto y preferencia por la relativa soledad, que es propicia para mi trabajo, y cuando ya conocí a los lectores, volví a alejarme poco a poco. Me comprometí ahora con mis editores a presentarme para el lanzamiento de Las noches todas, y en noviembre voy a estar otra vez frente a la gente y a la botellita de agua, pero tal vez vaya a demorarme mucho en asistir a eventos, si es que alguna vez vuelvo a hacerlo. No creo que un alejamiento como el mío tenga muchas implicaciones. Los libros deben defenderse solos. Si no lo logran y desaparecen relativamente pronto, nada que hacerle, y no hay conversatorio ni firma ni venta de libros que en última instancia logren impedirlo. Para que duren un poco más, lo único que estoy en capacidad de hacer es escribirlos lo mejor que pueda, hacerlos finos, como las sillas, las mesas resistentes y bonitas, y a su vez lo único que eso requiere es concentración y trabajo. Es por eso por lo que cuido tanto mi tiempo, pues es la variante que hasta cierto punto estoy en capacidad de controlar.

Teniendo en cuenta eso: ¿cuál es su relación con el panorama actual de la literatura colombiana? ¿Es útil para el quehacer el contacto con sus colegas, o en su caso importa más el distanciamiento?

El contacto con los colegas tiene el encanto de la pertenencia al grupo. Muchos de ellos son bastante ingeniosos, además, y uno se divierte. No tener su compañía me hace sentir más solo, cierto, pero no influye en el trabajo literario. Al escribir está uno siempre solo, ya se sabe, así sea presidente vitalicio del Club Social Colombiano de Escritores de Narrativa, Poesía y Ensayo –cuyo acrónimo sería Clubsocolesnapoensa. Sociables o asociales, los escritores de mi generación y de las generaciones siguientes se queman todos los días las pestañas buscando la excelencia. Tal vez sea allí donde se percibe más el antes y el después de la aparición de los del Boom, que tuvieron mucha ambición artística y fuerte espíritu de trabajo, entendido como creación a largo plazo, como esfuerzo sostenido de toda una vida. Esa es ahora la norma para muchos de nosotros al hacer literatura.

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***

 *Pilar Quintana. Escritora. Ha publicado los libros Cosquillas en la lengua (2003), Coleccionistas de polvos raros (2007), Conspiración Iguana (2009), y La perra (2017). Con este último título se hizo merecedora del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana 2018. Es una de las escritoras más sobresalientes del panorama actual de la literatura nacional.

 *Santiago Díaz Benavides. Periodista cultural. Ganador del VII Concurso de Cuento Breve y Poesía de la Universidad La Gran Colombia en 2016 por su texto 9 de abril. Ha colaborado con medios como El Tiempo, El Espectador y WMagazín. Trabaja como librero en Tornamesa y está escribiendo su primer libro.

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