Juan Gabriel Vásquez. Foto: Getty Images. Juan Gabriel Vásquez. Foto: Getty Images.

'Viaje a Costaguana', por Juan Gabriel Vásquez

Con motivo de los 115 años de la separación de Panamá, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez editó para ARCADIA el prólogo que escribió para la edición española de 'Nostromo', del escritor polaco-británico Joseph Conrad.

2018/11/02

Por Juan Gabriel Vásquez

Más vale que lo diga de una vez por todas: Nostromo es, con distancia, la mejor novela sobre Latinoamérica jamás escrita fuera de la lengua española. Es más: Nostromo, se me ocurre a veces, es uno de los antecedentes más claros (y menos señalados) del boom latinoamericano. La historia de la república ficticia de Costaguana, de sus guerras y de la célebre revolución por la cual pierde a una de sus provincias, de sus personajes que cubren con elegancia todo el espectro de los comportamientos políticos —desde el idealismo ciego hasta el cinismo redomado, pasando por el heroísmo egoísta—, está mucho más emparentada con La casa verde o con ciertos episodios de Cien años de soledad que los interminables bodrios comprometidos y telúricos de José María Arguedas o Miguel Ángel Asturias. Nostromo, la novela de un polaco que escribía en inglés, es mucho más precisa desde un punto de vista moral, mucho más inteligente desde un punto de vista político y mucho más moderna desde un punto de vista narrativo que casi cualquier novela latinoamericana anterior a Pedro Páramo.

Conrad declaró alguna vez que su intención había sido reflejar “el espíritu de toda una época en la historia de América Latina”; su ambición es francamente suicida, y hay muchas razones por las cuales la novela le costó tanto trabajo. En Nostromo, Conrad llevó al extremo una estrategia que ya había utilizado en El corazón de las tinieblas: construir un vasto aparato novelesco basándose en una experiencia personal mínima. Hundido en la redacción de la novela, le escribió a Robert Cunninghame Graham: “Este maldito Nostromo me está matando. Todos mis recuerdos de Centroamérica parecen escabullirse. Sólo eché un vistazo hace 25 años. Eso no es suficiente pour bâtir un roman dessus”. Parte del problema, por supuesto, era haber escogido un fragmento de la actualidad que le resultaba profundamente ajeno. En diciembre de 1903 le escribe a Graham: “Y a propósito, ¿qué te parece lo de los Conquistadores yanquis en Panamá? Bonito, ¿no?”

Panamá, dice Conrad. Panamá, la provincia colombiana que en noviembre de ese año, con la intervención y el patrocinio militar de los Estados Unidos, se separó de Colombia y se declaró república independiente. Panamá, cuya suerte dependía de la explotación de aquella riqueza que la hacía única: ser el punto más angosto de América, y por lo tanto el más idóneo para la construcción de un canal interoceánico. Así es como los lectores de Nostromo se encuentran con Sulaco, aquella provincia costaguanera que en el curso de la novela, con la intervención y el patrocinio militar de los Estados Unidos, se separa de Costaguana y se declara república independiente. Se encuentran con Sulaco, cuya suerte depende de la explotación de aquella riqueza que la hace única: la mina de plata de San Tomé, explotada desde tiempo atrás por un tal Charles Gould, idealista inglés, con la ayuda de un tal Holroyd, empresario norteamericano. Las coincidencias son demasiado flagrantes; es imposible, salvo en caso de miopía o desinformación, pasarlas por alto. Y, sin embargo, la relación entre la revolución panameña y la novela costaguanera sólo puede ser materia de especulación.

La revolución panameña ocurrió ocho meses antes de la terminación de la novela; ocurrió, además, en un momento más bien particular de la escritura de Nostromo: la depresión intensa y los ataques de gota (uno de los peores tuvo lugar en aquel noviembre) marcaron esos días, y fueron consecuencia directa de la atormentada escritura de la novela, del difícil control de sus tiempos, del mantenimiento en el aire de varias líneas políticas llenas de ideas tan fuertes como opuestas. En enero de 1904, a Conrad le faltaba todavía una buena parte de la novela por escribir, pero ya la publicación por entregas en el T.P’s Weekly había comenzado; de manera que durante los ocho meses siguientes se vio atormentado, no sólo por las dificultades narrativas, sino por la necesidad de cumplir con una nueva entrega para la revista. La carga de trabajo fue tan intensa que Conrad hizo lo que no había hecho nunca: aceptar la ayuda de Ford Madox Ford, su amigo y colega, en una de sus propias novelas. Y así fue como Ford acabó redactando, en una imitación bastante capaz del estilo de Conrad, alrededor de unas dieciséis páginas de manuscrito, arreglándoselas para cumplir con la entrega a la revista sin que nada importante pasara en la novela.

Sobre estos hechos hay documentación suficiente, pero el hecho esencial del año 1904 es el menos documentado: la manera en que el escándalo político que acababa de tener lugar en Colombia, ese país remoto que Conrad había avistado desde un barco francés veinticinco años atrás, determinó en caliente el desarrollo de la novela, de sus temas, de sus implicaciones. Pues a lo largo del siglo XX Nostromo se convertiría en uno de los grandes enjuiciamientos literarios del imperialismo. La novela no es sólo eso, por supuesto, pero es también eso, es muy notoriamente eso. Y nadie puede saber qué suerte hubiera corrido el capataz de cargadores Nostromo, qué habría decidido el cínico enamorado Martin Decoud, qué vejez habría tenido el respetable estadista don José Avellanos, si en noviembre de 1903 los barcos de guerra de Estados Unidos no hubieran hecho presencia frente a las costas panameñas para disuadir a las fuerzas colombianas y asegurarse de que la creación del nuevo país —un nuevo país favorable a sus intereses sobre el canal— se llevara a cabo con éxito.

“El nacimiento de otra República sudamericana”, leemos en Nostromo. “Una más, una menos, ¿qué importancia tiene?”

Juan Gabriel Vásquez es escritor. Este mes se publica su nuevo libro de relatos, Canciones para el incendio.

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