| 2018/06/08

"Ecografía": un cuento de Daniel Villabón leído por él mismo

por RevistaArcadia.com

2018/06/08

Por RevistaArcadia.com

El escritor Daniel Villabón nació en Ibagué, pero creció en Bogotá. En 2010, con La soledad del dromedario, ganó el Concurso Nacional de Novela Corta de la Universidad Central. Sus cuentos han sido publicados en diferentes revistas culturales del país y el año pasado figuró en la antología de cuento colombiano Puñalada trapera, de Rey Naranjo Editores.

Este mes, Villabón publicó su primer libro, Nuestra criatura. A través del humor negro, la extrañeza y la perversidad, retrata situaciones inesperadas que desafían a sus personajes y los descolocan: un padre que espera ansioso el parto de su mujer en un hospital y recibe la peor noticia de su vida, una mujer que amenaza a su pareja con dejarla si no se arregla la dentadura en menos de 48 horas, un joven que descubre a la madre de un buen amigo oliendo sus calzoncillos.

Les compartimos en exclusiva “Ecografía”, uno de los cuentos del libro, leído en la voz de su propio autor. Escuchen la narración en audio y sigan la lectura aquí abajo:

Ecografía

Quirós me conduce a su habitación matrimonial y me enseña la primera ecografía que le hicieron a su mujer cuando tenía tres meses de embarazo. Ahora tiene cinco. La ecografía, clavada con chinchetas a la pared, está impresa, ampliada al cien por ciento, en medio pliego de papel bond, y la han decorado con florecitas y girasoles de fommy alrededor. En la parte superior escribieron «Nuestra Criatura».

—¿Cómo lo ves? —pregunta.

—No le veo forma de nada —contesto.

Y es cierto porque tan sólo veo una mancha negruzca que se extiende en dirección horizontal sobre el papel, como una estela de petróleo vertida en el océano. Quirós me echa el brazo por encima y me va develando la forma de su primogénito. Me dice que la cabecita es aquella y los bracitos estos y los piecitos estos otros.

—Ya le veo forma —digo.

—¡¿No es hermoso?! —exclama.

Me llevo una mano a la barbilla y pienso si es hermoso eso que estoy viendo. No sé qué decir. Sin embargo, para no parecer frívolo o desinteresado, afirmo con la cabeza y pregunto cómo llamarán a la criatura.

—Si es niño le pondremos Matías. Si es niña, María —contesta.

—Nombres bíblicos... —comento.

Quirós no dice nada, alarga un brazo y delinea con un dedo la figura abstracta de su hijo. Luego se bebe lo que le queda de cerveza. Yo también bebo lo que me queda. A él eso de ser padre por primera vez lo tiene muy emocionado, y hoy quiere festejarlo. Para no molestar y estar más tranquila —dice Quirós—, su mujer ha ido a pasar la noche a casa de su madre, al otro extremo de la ciudad.

Regresamos a la sala. Allí están los demás. Quirós también ha invitado a algunos de sus colegas del trabajo. Yo no conozco a ninguno. A Juan Quirós lo conozco desde el bachillerato. Después de la graduación cada quien hizo su camino. Trascurrieron muchos años en los que no nos volvimos a ver, hasta una tarde en la que él, sin esperármelo, me abordó mientras yo les echaba un vistazo a las novedades en los escaparates exteriores de una librería del centro de la ciudad. Había engordado. Se había arreglado la dentadura. Yo, supongo, seguía igual, por lo que no le fue difícil reconocerme. Me contó que estaba casado y que trabajaba para una empresa en la que fabricaban sistemas de aire acondicionado. Yo le dije que no tenía trabajo ni mujer y —no sé por qué lo hice— que era escritor.

—¿Escritor? —preguntó Quirós girando la cabeza, como si no hubiera escuchado bien.

—Escritor —dije.

—¿Cómo eres escritor?

—No fui a la universidad.

—¿Cómo eres escritor si no fuiste a la universidad?

—Soy escritor, Juan.

—¿Cuántos libros has escrito?

Era la misma clase de preguntas que todavía formula la gente cuando, sitiado, no me queda otra opción que develar lo que en verdad me interesa hacer.

—Una novela y algunos relatos. Pero nada ha sido publicado.

Quirós cambió de mano el maletín que llevaba y miró su reloj. Dijo sonriente que desde el bachillerato sabía que yo sería escritor porque no era muy sociable, tenía el rostro salpicado de acné y no sé qué otras cosas. Luego, sin que se lo preguntara, me informó que iba a ser padre por primera vez y que lo quería celebrar.

—¿Podrías venir a mi apartamento y nos tomamos unos tragos? —preguntó.

—Tengo cosas que hacer —mentí.

—Vamos, también celebraremos nuestro reencuentro.

Lo cierto es que además de escribir unas cuantas horas repartidas en el transcurso del día no hago nada más. Vivo con mi hermana, que es impulsadora de jabones aromatizados en un supermercado, y es ella quien paga las cuentas. Aunque algunas veces, cuando ha tenido un mal día o está menstruando, golpea fuerte a mi puerta y me grita que haga algo realmente productivo con mi vida.

Le dije a Quirós que iría a su apartamento. Sacó del bolsillo de la camisa una tarjetica en la que estaba escrita su dirección y me la dio.

—El viernes en la noche —dijo.

Volvió a cambiar el maletín de mano y continuó su rumbo. La tarjetica decía: «Juan Quirós. Mantenimiento y reparación de sistemas de aire acondicionado».

 

Supongo que seré el único a quien Quirós le enseñará la ecografía de su hijo, pero trascurre la noche e, inflado su pecho de orgullo, lo va haciendo con cada uno de sus amigos. Luego regresan a la sala y siguen conversando y riendo, dejándome a mí, el compañero de bachillerato de Quirós, al margen de sus divertidas anécdotas. Yo permanezco sentado en

una silla de madera junto a la ventana, desde donde puedo ver hacia la calle mientras me tomo la cerveza que sostengo en la mano. De un computador portátil puesto sobre una mesita de vidrio en el centro de la sala suena música de todo tipo. Alguien va y pone una

canción que los demás aprueban meneando la cabeza. Cada tanto Juan se encamina a la cocina y regresa con una bandeja en la que vienen servidas en forma de pirámide galleticas de soda. Les ofrece a sus amigos y después llega a mí con la última galletica quebradiza

que queda en la bandeja. Lo mismo ocurre con las cervezas. Con los cigarrillos no. Yo tengo los míos.

Saco un cigarrillo, lo prendo. Pero en mi tercera pitada, Quirós interrumpe la charla con sus amigos, da media vuelta y viene directo hacia mí.

—¡Qué estás haciendo! —me pregunta, iracundo.

—Estoy fumando, ¿no lo ves? —le contesto.

—¡No lo puedes hacer dentro de mi apartamento!

—Pero... tus amigos han estado fumando.

—¡Ya ha sido suficiente por esta noche! ¡Mi hijo va a nacer y no quiero que viva en un apartamento contaminado de nicotina!

—Pero todavía faltan cuatro meses para que nazca tu hijo.

Sin que alcance a impedírselo Quirós me arrebata el cigarrillo, abre la ventana y lo arroja.

—¡Si quieres fumar tienes que salir! —sentencia.

Yo permanezco en silencio. Él tiene razón. Estoy en su apartamento y no puedo infringir sus reglas, las cuales desconozco. Sus amigos ven la escena con cierta curiosidad. Antes de regresar junto a ellos, Quirós me señala con un dedo. Advierte que si me vuelven las ganas de fumar tengo que hacerlo afuera, que lo recuerde.

 

La celebración continúa. Mejor dicho, la celebración de Juan Quirós y sus amigos continúa. Desde donde estoy sentado puedo escuchar el tema de sus conversaciones. Hablan de sistemas de aire acondicionado. De mujeres y de sistemas de aire acondicionado. De la posibilidad de independizarse y de sistemas de aire acondicionado. De la gran responsabilidad que es ser padre por primera vez y de sistemas de aire acondicionado. De sexo extramatrimonial y de sistemas de aire acondicionado. De la amistad y de sistemas de

aire acondicionado. En un momento, siento deseos de ir al baño. Por la austera atención del anfitrión no son muchas las cervezas que he bebido, pero mi organismo ya necesita evacuarlas. Me levanto y voy hasta donde está Quirós para que me indique dónde queda el baño.

—¿Sólido o líquido? —me pregunta.

No entiendo lo que dice.

—Qué quieres decir.

—Que si vas a hacer sólido o líquido.

Lo que me pregunta no tiene sentido. Necesito el baño. Sólo eso.

—Necesito tu baño, ¿podrías prestármelo? —insisto.

—Sí, lo sé, pero debes decírmelo —responde.

—¿Está dañado el retrete?

—No, claro que no. Funciona perfectamente.

—¿Entonces por qué quieres saber?

Quirós observa a sus amigos, como si necesitara de su aprobación, y me dice que no desea que cuando su hijo venga al mundo dé sus primeros pasos en un apartamento con un baño sucio, maloliente. Supongo que se trata de una broma, pero todos permanecen impasibles a la espera de mi respuesta.

—Orinar. Entraré al baño a orinar —le digo.

Asiente con un movimiento de cabeza y me indica dónde queda el baño. Tengo que salir de la sala e ir hasta un patiecito. Allí, a un costado, está el baño. Me doy vuelta, pero antes de dar el primer paso, escucho que Quirós me recomienda no salpicar el retrete. Ya en el baño, acato la aséptica petición de mi amigo.

 

Cuando regreso a la sala veo que todo continúa igual. El anfitrión y sus amigos ya un poco alcoholizados charlan, ríen, se gastan bromas. Es hora de regresar a casa. Vuelvo a ponerme el abrigo que he dejado sobre el espaldar de la silla que ocupé toda la noche y voy a agradecerle a Quirós por haberme invitado a su apartamento.

—¿Ya te vas? —me pregunta, sorprendido.

—Sí, ya es tarde —le digo—. Espero que todo siga bien con el embarazo de tu mujer. Quirós se levanta y me dice que todavía quedan muchas cervezas, que si es por el inconveniente de regresar tarde a casa puedo quedarme a dormir.

—No quiero ocasionarte molestias —le digo.

—No es ninguna molestia —comenta.

Regresar a casa tampoco es que me apetezca demasiado; los alaridos de los vecinos, la bombilla de mi habitación que parpadea sin que se funda del todo, los platos sucios. No la estoy pasando muy bien, pero quizá quedarme sea algo mejor que estar tirado en mi

cama masturbándome bajo las cobijas.

—Está bien. Me quedaré un rato más —reconsidero.

Para celebrar mi decisión, Quirós va a la cocina y me trae una lata de cerveza al clima.

—Por los viejos tiempos —dice, me palmea la espalda y regresa junto a sus amigos.

Si Juan Quirós, por los motivos que sean, me ha conminado para que no abandone su agasajo, entonces debo esforzarme por fraternizar con sus colegas. Así que bebo un buen sorbo de cerveza, me paro y voy hasta donde está el computador portátil, interrumpo lo que está sonando y pongo «Long Way Home» de Tom Waits, que siempre me ha gustado. La voz grumosa de Waits suena a todo dar, pero el anfitrión, con una mueca de disgusto en su rostro, se levanta del sofá y camina hacia la puerta principal. Al instante todo queda en la más ominosa oscuridad.

—Debido a los lamentables gustos musicales de uno de nosotros me vi obligado a suspender la electricidad y no la restableceré hasta que él desista de arruinarnos el oído —escucho que anuncia Quirós.

Todos maldicen. Sé que soy el blanco de los improperios. Alguien hace caer una botella al suelo, se escucha el estrépito del cristal al desintegrarse.

—¿Ya puedo regresar la electricidad? —pregunta Quirós.

Procuro no tropezar con todo lo que hay en la sala mientras vuelvo a ocupar mi silla junto a la ventana.

—Sí, ya puedes poner la electricidad —digo.

La luz vuelve y todos me miran con malevolencia, como si quisieran canibalizarme. Me arrepiento de no haber regresado a casa cuando bien pude hacerlo.

De una pared cuelga un reloj oblongo con el logotipo de la empresa donde fabrican sistemas de aire acondicionado. Las manecillas marcan las tres y veinte de la madrugada. Quirós vuelve a hacer parte de su manada, a la que aprovisiona con galleticas de soda y también de cerveza al tope mientras a mí me mantiene con la ración mínima. El computador portátil tarda un momento en prenderse de nuevo. El silencio intermedio desbarata aún más el ambiente de camaradería, tambaleante por mis actos desafortunados. Para recomponerla, para otorgarle un poco más de complicidad a la velada, Quirós pide que le vbajen el volumen a la música y, como parafraseando un discurso ensayado muchas veces, dice que ser padre por primera vez y estar trabajando en la mejor empresa donde fabrican los mejores sistemas de aire acondicionado junto con los mejores compañeros son —entre otras redundancias— una bendición de la vida. El alcohol le ha despertado su parte más

sensiblera.

—Por todo lo que acabo de decir, quiero que vayamos a un viaje que cambiará el sentido de nuestras vidas —añade.

Da media vuelta y se encamina hacia su habitación matrimonial. Imagino que ha ido a buscar las llaves de su carro y que todos se irán fuera de la ciudad a alguna finca con piscina que Quirós ya tiene reservada, pero a la que no me puede llevar porque, claro, no hago parte de su manada manufacturera. Al cabo, vuelve a salir. Tiene en las manos una bolsita de plástico con cierre hermético.

—Nos fumaremos el porro de nuestras vidas—informa.

Sus compañeros celebran palmeándole la espalda. Sentado en la silla junto a la ventana, hago un recuento mental de las veces que he fumado hierba. No son muchas. Quirós se sienta en el sofá, abre la bolsita, saca un alijo de hierba, aparta las semillas y empieza

a desmenuzarla, masajeándola con los dedos. Sus amigos ansiosos lo miran con devoción. Luego saca un papelito para envolver del bolsillo de su camisa, lo va liando. Cuando acaba, levanta el porro del tamaño de un pepinillo y lo observa a contraluz. No sé para qué lo hace. Después pronuncia unas palabras que me parecen sacadas de una sentencia de barriada.

—El que lo pega, lo prende.

Entonces le pide un encendedor a uno de sus amigos, lo prende. Fuma. Retiene el humo hinchando las mejillas y vuelve a expulsarlo. Se lo brinda a sus invitados para que lo roten entre ellos. Pienso que si el porro, que se va extinguiendo de manera apresurada, alcanza a llegar a mis manos fumaré y así habrá sido un poco menos penosa la noche, pero si no alcanza, como creo que pasará, me tomaré el asunto con naturalidad. Todos fuman varias veces hasta que casi no queda nada. Uno de ellos se levanta del sofá, viene hacia mí y me brinda la pata; una minucia, un residuo rugoso, babeado. La recibo atenazándola con los dedos. Siento que me quema las yemas. Me la llevo a la boca. Fumo quemándome los labios. Dos fumadas bien caladas y el ripio del porro, como el ala de una mariposa, se deshace entre mis dedos. La hierba, que al parecer es de la buena, no tarda en mostrarme sus efectos. Un carnaval de luces y formas se pasea ante mis ojos. Ya no puedo mantenerlos abiertos. Hasta ahí mi mente disociada guarda registro.

 

Cuando despierto ya es de mañana. La luz del sol que entra plena por la ventana me agujerea los ojos. No comprendo cómo he podido dormir repantigado en la silla. Quirós y su manada están dormidos en el sofá. Algunos duermen en el suelo alfombrado, en posición fetal. Al pasarme las manos por el rostro para paliar la resaca, me doy cuenta con espanto de que me faltan las cejas. No son desvaríos porque ya los efectos de la hierba han desaparecido. Me incorporo. Voy a buscar un espejo. La habitación matrimonial de Quirós permanece abierta. Cuando me enseñó la ecografía de su hijo vi también un espejo de cuerpo entero pegado en una pared. Entro, enciendo la bombilla y voy a reparar lo que han hecho conmigo. Además de las cejas, también me han rasurado la cabeza, dejándome una fina aureola de cabello en la base del cráneo. Toda una obra maestra de la maldad premeditada. Ya nada puedo hacer. Soy el único responsable por haber correspondido al gesto disuasivo de Juan Quirós y no haber regresado a casa cuando bien pude hacerlo.

Doy media vuelta. Veo la impresión de la ecografía de su primogénito. Me acerco, me aclaro la garganta y lanzo un escupitajo grueso, robusto. Queda adherido al papel como un gusano trepador y después se va disolviendo abriéndose en una forma rarísima con múltiples brazos. La impresión es en blanco y negro, pero de manera extraña, quizá por el contacto con el componente químico de mi saliva trasnochada, empieza a rezumar una tinta roja como sangre. Por la disolución de la tinta, la ecografía adquiere una forma más abstracta todavía. Con un solo escupitajo he echado a perder por completo la imagen embrionaria en tercera dimensión que Quirós y su mujer han clavado con chinchetas a la pared.

Escucho que alguien tose en la sala. Salgo deprisa de la habitación. Todos continúan dormidos. Quiero abandonar el apartamento antes de que Quirós despierte y vea la desgracia que ahora son mi cabeza y mis cejas y que él mismo debió aprobar mientras yo dormitaba, pero suena el teléfono. Sigue sonando hasta que Quirós abre los ojos. Aturdido por los excesos de la noche, se incorpora. Dando tumbos, va a contestar. Yo lo observo, pero él, por alguna razón, me ignora. Lo que le dicen del otro lado de la línea le quita de un sacudón emocional toda esa modorra acumulada en las bolsas grisáceas de sus ojos.

—¡Cómo ocurrió! —exclama con la bocina pegada a la oreja.

Sus amigos despiertan. Yo estoy parado junto a la puerta, con la mano en el picaporte.

—¡Dios santo! —vuelve a exclamar.

Estrella la bocina contra el suelo. Sus amigos, aletargados, tampoco entienden lo que ocurre. Como un niño reprendido, Quirós se tira en el sofá, se lleva las manos a la cara y dice sollozante que su esposa acaba de tener un aborto. Prologado por su llanto, entra en detalles. Su mujer, mientras se duchaba en casa de su madre, resbaló y cayó golpeándose fuerte en el vientre. Su primogénito de cinco meses se apresuró a venir al mundo en un caldo de sangre y tejidos y ella, inconsciente, va rumbo al hospital en una ambulancia. Pienso en mi escupitajo disolviéndose en la ecografía. Estimo que por mis cejas ya no se puede hacer nada.

Abro la puerta. Abandono el apartamento sin agradecer a nadie por la velada.