John Williams. Crédito:  Paul Morigi/Getty Images for Capitol Concerts. John Williams. Crédito: Paul Morigi/Getty Images for Capitol Concerts.

85 años de John Williams

El compositor estadounidense más exitoso de todos los tiempos cumplió ocho décadas y medio este año. Aquí, una valoración de su enorme catálogo de obras.

2017/10/23

Por Alexander Klein*

De todos los campos de conocimiento, pocos resultan tan difíciles de valorar, criticar y juzgar como el campo de la música. Al abogado se le valora por el número de casos que gana, al ingeniero se le critica por un puente o un edificio mal hecho, y al empresario se le juzga por la cantidad de capital que logre acumular, sea por medios nobles o no.

Al músico, en cambio, se le valora por aspectos que resultan demasiado subjetivos para tomar en serio. La mayoría de personas, por ejemplo, caen en el error de valorar al músico a partir de su fama, fenómeno que no es más que una ineficiente herramienta capitalista para medir el mérito. Los críticos y expertos, por otro lado, también suelen caer en el error de valorar a partir de la técnica y la complejidad, perspectiva que suele menospreciar decenas de músicas que han impactado a la humanidad mucho más que un Bach, o que un Beethoven. Porque de lo contrario, ¿qué sería del mundo si todos los compositores sonaran como ellos? La respuesta es sencilla: el mundo sería un lugar muy aburrido.

Todo esto nos conduce a John Williams, un compositor que ha gozado de fama como nadie antes que él pero que ha sido menospreciado por círculos académicos que rehúsan situarlo junto a nombres como Bach, Mozart y Beethoven. Las razones, aparentemente complejas, son sencillas: John Williams escribe para Hollywood, y Hollywood es la antítesis del arte para muchos puristas, incluso para aquellos que reconocen al cine como un medio digno de recibir el calificativo de arte. Por este motivo, la música de Williams resuena siempre en las salas de cine pero brilla por su ausencia en las salas de concierto, lugares que tercamente insisten en darle prioridad al academicismo representado por la Europa clásica y romántica.

Aún así, el nombre de John Williams ha logrado adquirir ya un lugar importante en la historia de la música, y su voluminosa obra no puede ignorarse por toda persona que tenga la lucidez de admitir que el cine suplantó, para siempre, a la ópera como el género artístico más complejo por reunir dentro de sí todos los campos artísticos en existencia. Si a esto le sumamos el hecho innegable de que el cine, a diferencia de la ópera, reúne públicos de todas las clases sociales, debemos concluir sin temor a errar que John Williams es uno de los compositores más influyentes del siglo XX y que su música, por lo tanto, merece un lugar prominente en los repertorios de todas las orquestas del mundo.

Su camino no ha sido nada fácil. Nacido en una familia de clase media en 1932, John Williams vio de cerca, desde su infancia, lo que era la dura vida diaria de un músico de profesión gracias a su padre, quien era un percusionista de jazz que vivía de lleno la vida errante de los músicos itinerantes. Tras pasar su infancia en Nueva York, Williams se mudó con su familia a Los Ángeles, ciudad en la que cursó sus estudios universitarios, primero en la City College y después en la Universidad de California, estudios que no obstante complementó con clases privadas de teoría con el compositor italiano Mario Castelnuovo-Tedesco. Concluidos temporalmente sus estudios, Williams ingresó a las fuerzas armadas y, después del servicio reglamentario, retornó a Nueva York a los veintitrés años, ciudad donde se enroló en la prestigiosa Juilliard School y luego en el Eastman School of Music.

Siempre versátil, y dotado de una disciplina académica que le permitía indagar más allá de las materias del currículo, Williams se destacó como pianista de jazz a pesar de estudiar piano clásico con Rosina Lhévinne (prestigiosa pedagoga cuyos alumnos incluyen a James Levine, ex director de la Metropolitan Opera de Nueva York) mientras estudiaba, por iniciativa propia, composición y orquestación bajo la guía imperecedera de los libros.  

Tras laborar, siguiendo los pasos de su padre, como músico de jazz en varios clubes en Nueva York, Williams retornó de nuevo a Los Ángeles, ciudad donde consiguió puestos de trabajo como músico de sesión gracias a su excelente lectura a primera vista. Fue durante esta época (finales de la década de 1950) que Williams figuró, bajo relativo anonimato, como pianista de las orquestas que grababan para Hollywood y como orquestador de varios de los compositores más renombrados en el medio, experiencia que le permitió conocer a grandes maestros como Bernard Herrmann, Jerry Goldsmith, Alfred Newman y Henry Mancini, entre muchos más.

Similar a sus años como estudiante en Juilliard, Williams cumplió con su trabajo mientras estudiaba, detrás de escena, sus viejos libros de orquestación y las partituras esenciales de Wagner, Tchaikovsky, Stravinsky y Holst. Al hacer esto, Williams poco a poco se preparó para aprovechar el día en que le llegara la oportunidad para demostrar lo que él podía hacer, no como pianista de sesión ni como orquestador, sino como compositor.

Esa oportunidad llegó primero en 1958, cuando Williams recibió una oferta para musicalizar una película de bajo presupuesto titulada Daddy-O. No obstante la dudosa calidad del proyecto, Williams aprovechó la oportunidad y escribió una partitura reminiscente de mentores suyos como Alex North, exhibiendo una mezcla original entre el jazz de los clubes nocturnos y, en menor grado, el modernismo sinfónico de la segunda escuela de Viena. Tras recibir elogios por su trabajo, Williams empezó a recibir más ofertas por parte de directores tan variados y disímiles como Don Siegel, Frank Sinatra, J. Lee Thompson y William Wyler. Llegada la década de 1970, Williams ya contaba con más de veinte bandas sonoras bajo su nombre y dos nominaciones al Óscar por su música ligera para la película Valley of the Dolls (1967) y por su partitura reminiscente de Broadway para la película Goodbye Mr. Chips (1969).

A pesar de este creciente reconocimiento, Williams era en esta época un compositor todavía etiquetado como ‘ligero‘, lo cual se evidencia en el nombre informal de ‘Johnny‘ Williams que él adoptaba cuando recibía crédito en las pantallas del séptimo arte. Por este motivo, la mayor parte de bandas sonoras a su nombre eran partituras altamente reminiscentes de artistas como Burt Bacharach, quienes habían popularizado desde la década de 1960 las musicalizaciones cinematográficas basadas en la música comercial del Pop y el Lounge Jazz, dos géneros que habían probado aumentar las ganancias monetarias del cine. Solo hasta los inicios de la década de 1970 John Williams tendría la oportunidad para erigirse como lo que es hoy: el más grande sucesor del sinfonismo temático de Richard Wagner.

Esta oportunidad llegó primero en 1972, cuando Williams demostró ser capaz de abandonar su voz ligera por un sinfonismo romántico en la película The Cowboys y un sinfonismo vanguardista en la película de suspenso Images. Evidenciando una versatilidad que incluía un gran talento melódico y una amplia paleta de colores orquestales, Williams abandonó, literalmente, el apodo informal de ‘Johnny‘ y se convirtió de inmediato en el compositor predilecto de aquellas películas de ‘desastre‘ como The Towering Inferno (1974) y Earthquake (1974), películas que clamaban por un monumental sonido sinfónico que complementara los espectaculares efectos especiales de la época.

Establecido de lleno en su nuevo rol como compositor sinfónico, siempre capaz de incurrir en el jazz cuando fuera necesario, Williams recibió en el mismo año de 1974 la llamada que cambiaría por siempre su carrera: un joven y desconocido director llamado Steven Spielberg, con quien Williams había trabajado brevemente en una película llamada The Sugarland Express, contactó al compositor para preguntarle si estaría interesado en musicalizar una película acerca de un tiburón que aterrorizaba una pequeña isla ficticia en la costa este de los Estados Unidos. La película, titulada Jaws (traducida al español como Tiburón), había sufrido muchos percances debido al mal funcionamiento en el agua del enorme tiburón mecánico que había sido construido, y la película necesitaba, por tal motivo, de una musicalización que pudiera hacer lo que la bestia falsa no podía ante los ojos de la audiencia: ser un personaje convincente y terrorífico.

Tras aceptar el reto, Williams se fue a trabajar a su estudio y llamó a Spielberg días después para que el director escuchara la música que el compositor había ideado para representar al tiburón. Sentado en el estudio, y lleno de gran expectativa, Spielberg escuchó a Williams interpretar al piano un motivo melódico que consistía en dos notas, separadas por medio tono, que se repetían de manera monótona. Pensando que se trataba de un chiste, Spielberg se echó a reír y reconoció que Williams tenía un gran sentido de humor. Williams, sin embargo, puso cara seria y declaró que él no estaba molestando: esas dos notas eran realmente el tema musical del tiburón, y lo personificaban de una manera mucho más efectiva que la aleta de caucho podría hacerlo jamás. Porque si el tiburón, como animal primitivo que es, solo responde al impulso básico de comer y procrear, era apenas natural que su esencia fuera representada por una idea melódica igualmente primitiva que consistía en dos notas obsesivas, interpretadas por los instrumentos más graves de la orquesta.

Lo que pasó después, por ende, es bien conocido: Tiburón se convirtió en la película más exitosa en la historia hasta ese momento y ganó fácilmente tres premios Óscar, uno de ellos merecidamente entregado a Williams. Si bien el tiburón mecánico, a pesar de sus fallas, cumplió su cometido al aterrorizar audiencias alrededor del mundo entero, la música de Williams fue responsable - en palabras de Spielberg - de por lo menos la mitad del éxito de la película y de darle a ella la identidad sonora que ha sido replicada, estereotipada y mofada en todas las culturas occidentalizadas del mundo cuando de tiburones se trata.

Tiburón, sin embargo, no fue un punto de culminación para la carrera de Williams. Todo lo contrario: la película fue su punto de partida para convertirse en el compositor que mejor representaría a personajes y a películas siguiendo el método Wagneriano del leitmotif, es decir, de la idea melódica y rítmica que representa la identidad de una persona, animal o idea. Después de Tiburón llegó Star Wars (1977), cuya fanfarria y cuyas melodías representan y personifican a la película y a sus personajes de la misma manera emblemática en que lo hacen los lightsabers y el traje negro de Darth Vader. A Star Wars le siguió Superman (1978), cuyo tema principal se convirtió en referencia obligatoria para toda película de superhéroes. ¿Y qué decir de la melodía infecciosa de Indiana Jones, cuyos cuatro compases resumen en cuestión de segundos la identidad del arqueólogo que porta el sombrero y el látigo?

Todos estos son ejemplos de lo que solo un genio creador es capaz de hacer: transmitir su mensaje en los términos más claros y concisos posibles, sin elucubraciones teóricas y sin pretensiones académicas. Porque todo compositor sabe que la armonía, el contrapunto y la orquestación son conocimientos que toda persona disciplinada puede adquirir, mientras que el talento melódico, y la capacidad de escribir una melodía memorable y original que resuma una idea o un sentimiento, es el talento más complejo y raro de la música, imposible de enseñar bajo un método objetivo, pero posible de adquirir a partir de la interiorización personal de lo que la música significa para el compositor que intenta hablar con su propia voz.

A Williams, como a muchos compositores de la tradición tonal, se le ha tildado de ser un compositor altamente derivativo, cuya música refleja de manera muy obvia pasadas referencias de otros compositores. Esta crítica, sin embargo, no tiene en cuenta que todo compositor, por original que quiera ser, es derivativo, porque ningún músico parte desde cero sino que continúa una tradición, representada por sus influencias, que él o ella moldea a partir de su propia personalidad. La música nunca le pertenece a un solo individuo: la música es de toda la humanidad, y el individuo creador lo único que hace es agregarle a esa enorme tradición su pequeña contribución personal.

La carrera de Williams, que hoy llega al número impresionante de seis décadas, ha sido un reflejo de lo anterior. Su representación de la tragedia del holocausto en Schindler‘s List (1993), por ejemplo, es una sentida melodía que, sin pretender incurrir en vanguardias, resume el sentimiento básico de la tristeza a partir de una serie de notas con las cuales toda persona, de toda clase social y de cualquier entorno, puede identificarse. Porque el cine es un arte universal, y como tal, ha sobrepasado en importancia a cualquier otro arte por mostrarse accesible y comprensible para toda persona.

Siguiendo esta línea de pensamiento, ¿cómo, entonces, es posible valorar algo tan subjetivo como la música, y en especial a un músico cuyo legado ha estado vinculado a un medio artístico a veces excesivamente comercial?

Desde el punto de vista musical, es evidente que Williams ha desarrollado el concepto del leitmotif hasta niveles nunca antes alcanzados, y eso lo ha convertido, como ya mencionamos, en el más grande sucesor de Richard Wagner. Su capacidad de darle identidad inmediatamente memorable a personajes, lugares o películas enteras le ha merecido ese calificativo. Y el cine hollywoodense que ha acogido su talento musical, le ha dado a él la más grande audiencia que ningún compositor en la historia soñó tener, una audiencia que ha sido un dolor de cabeza para aquellos compositores que insisten, en un trasnochado pensamiento elitista, que el público no le importa al verdadero artista.

Si hemos de admitir, en cambio, que el arte es patrimonio de la humanidad, y que el futuro de nuestra especie depende de nuestra unión, el público no solo es inevitable sino absolutamente necesario para la supervivencia del arte. Y en ese sentido, ningún medio artístico, de lejos, ha sido tan incluyente y ha tenido un alcance tan enorme e imperecedero como el cine, y ningún compositor, por ende, de la tradición sinfónica ha ejercido una influencia tan grande en el último siglo como John Williams.

¡Feliz cumpleaños, maestro!

* Profesor de cátedra de la Universidad de Los Andes.  

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