Angela Hewitt interpretando las 'Variaciones Goldberg' en la capilla del hotel Santa Clara durante el Cartagena Festival Internacional de Música 2019. Foto: Wilfredo Amaya. Angela Hewitt interpretando las 'Variaciones Goldberg' en la capilla del hotel Santa Clara durante el Cartagena Festival Internacional de Música 2019. Foto: Wilfredo Amaya.

“Bach es preciso para tiempos difíciles”: Angela Hewitt

La pianista canadiense Angela Hewitt, una de las intérpretes de Bach más destacadas del mundo, fue una de las invitadas centrales de la decimotercera edición del Cartagena Festival Internacional de Música. De sus conciertos y una entrevista con ella surgen estas cápsulas: nueve variaciones sobre Bach, el piano y su quehacer artístico.

2019/01/08

Por Felipe Sánchez Villarreal

Aunque lleva más de veinte años estudiándola e interpretándola, solo en septiembre de 2016 Angela Hewitt zarpó formalmente hacia su titánica empresa musical: la Odisea Bach. En un lapso de cuatro años, que se cumple en 2020, la pianista canadiense pretende interpretar todas las piezas para piano del compositor alemán. Doce recitales. Todas las suites francesas, las sinfonías, caprichos, conciertos. Todo Bach en cuatro años. Ya va por el tercero —este mes ofrecerá el octavo de sus doce recitales—, y el viaje la ha llevado por más de treinta ciudades en Estados Unidos, Canadá, Japón y las principales capitales de Europa. Y hoy, en los albores del 2019, el comienzo de su desembarco, al Caribe colombiano.

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Al Teatro Adolfo Mejía de Cartagena salió en un resplandeciente vestido dorado. Angela Hewitt, sesenta años, pianista desde los dieciséis, fue la encargada de la pieza de apertura del concierto inaugural de la decimotercera edición del Cartagena Festival Internacional de Música. Acompañada por la Philharmonia Orchestra de Londres, la orquesta residente del festival, hizo la primera parada del año de su Odisea con el Concierto para clave y orquesta no. 1 en re menor, BWV 1052. La obra, una transcripción de un concierto para violín que no se conserva, marcó el tono de la curaduría musical del festival, que ha sido orientada por la idea de la “armonía celeste” o “armonía de las esferas”. Su expresiva energía interpretativa le valió ovaciones, intensos aplausos, sentidas felicitaciones.

A la capilla del hotel Santa Clara, en cambio, salió de negro. Entre las luces y flores rojas de las paredes, las casi dos horas de interpretación de las Variaciones Goldberg se invocaron como un intenso espejismo. Dos veces ha grabado las Variaciones: una en el 2000 y otra en 2017. Este aria y sus 30 variaciones, una de las obras fundamentales de Bach (y de la historia de la música), publicada en Nuremberg en 1741, sigue siendo una de las más populares y retadoras para los intérpretes contemporáneos. De nuevo, expresión; también dominio técnico y la experiencia de revisitar a un viejo conocido.

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“He tocado las Variaciones Goldberg por casi cuarenta años, así que ya son parte de mí. No tengo que practicar, practicar y practicar tanto. Ya puedo despertarme y tocarlas con seguridad. Por eso, ahora puedo dejarme ir con ellas, ser más libre con esa música”, nos cuenta a tres periodistas que conversamos con ella en el lobby de su hotel. “Emocionalmente siempre encuentro que la música te deja expresar mucho, aunque cada interpretación sea diferente y cada cosa que pasa en tu vida se cuele en la interpretación. Quedé muy satisfecha con como sonó aquí; el público estuvo muy atento, el lugar era hermoso”.

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Hace poco supe el mito que Johann Nikolaus Forkel instauró sobre el encargo de composición de las Variaciones. Según Forkel, quien publicó en 1802 su biografía más popular, la obra fue solicitada por el conde Hermann Carl von Keyserlingk de Dresde, quien sufría de insomnio. Según el relato, el clavicordista de su corte, Johann Gottlieb Goldberg, alumno de Bach, debía interpretar la pieza en esas noches sin sueño para entretener al conde. Acaso para deleitar la vigilia; acaso para que se quedara dormido.

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—Entre las dos grabaciones que he hecho de las Variaciones no hubo diferencias radicales, aunque siempre hay algo distinto. Soy veinte años más vieja, he vivido veinte años más, y eso importa. El color es diferente, hay una sensación de júbilo más grande. He tocado mucho más en piano Fazioli y no tanto en Steinway. El Fazioli es mucho más flexible, más sensible al tacto, entonces puedes tocar de forma más sutil. Eso ha cambiado mi forma de tocar. También es más flexible y con más color.

—Lleva casi toda su vida interpretando Bach. ¿Qué tiene su música, técnica y emocionalmente, que sigue atrayéndola hacia ella?

—Básicamente, la alegría y el júbilo que hay allí. En el ritmo: su ritmo y pulso constante reflejan los del corazón humano. Esa relación entre el ritmo, la danza y la alegría hace que sea inagotable. También porque es música abstracta: no es como una sinfonía de Müller o una sonata de piano de Beethoven, que si tocas sesenta veces ya no vas a querer oír más. Con Bach ocurre que puedes tocarlo mucho y permanece fresco y atractivo siempre. Es parte de su misterio: es música que no tiene fecha de expiración. También sientes que todo lo que él escribió lo escribió como una expresión de su fe, entonces seas o no creyente, sientes una fuerza, un poder consolador. Su música puede reconfortar. Recibo muchas cartas de personas de todo el mundo que han perdido a un familiar o a un hijo, o cuando nace un bebé, y me dicen que escuchan mis grabaciones de Bach, que hasta en el hospital durante un parto lo han puesto a sonar. Uno incluso llamó a su hijo Sebastian. Las personas parecen responder mucho a su música en tiempos difíciles. 

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Tres piezas fundamentales que Angela Hewitt recomienda para quienes nunca han escuchado a Johann Sebastian Bach:

  1. Variaciones Goldberg.
  2. El clave bien temperado.
  3. Partita no. 4 en re mayor

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Por una periodista que conoce bien su trayectoria me entero, entre otras cosas, de que Hewitt fundó y dirige un festival de música en la región de Umbría, Italia, desde 2005. El Trasimeno Music Festival se celebra anualmente en la ciudad de Magione, a orillas del lago Trasimeno, que le da su nombre. Su amor por las estancias naturales encajó bien con el bucolismo sereno del pueblo y sus paisajes. Además de sus conciertos, cuenta, se encarga de organizar, curar y llevar a buen término cada edición. Casi todo sucede en el Castillo de los Caballeros de Malta, una monumental edificación de murallones similares a las rocosas paredes de la capilla de Santa Clara en Cartagena.

“Selecciono la música para que dialogue con el lugar. Si es una iglesia, es cierta música; si es un teatro, es otra. En el festival me gusta elegir lugares que te deslumbren, lugares que sorprendan al público, que luego revisto de música. La gente aprecia mucho eso”, dice. Dice, también, que aunque muchos músicos son terribles organizadores y gestores, ella lo ha logrado. Le cuesta manejar su tiempo, reconoce, así como reconoce que después de tocar ahora dedica sus horas a enviar correos electrónicos. “Soy muy buena tecleando, tecleo rápido —afirma entre risas—. Pero cada día tiene sus prioridades: la práctica viene primero. Siempre me cercioro de tener un piano cerca, en mi cuarto, para poder practicar justo cuando salgo de la ducha. Aunque también aprecio el contacto con la gente, que es algo que no muchos artistas hacen. Ciertos artistas son felices permaneciendo en solitario. Lo que no me gustaría es dar un concierto e irme sin hablar con nadie”. Sucedió en Cartagena: después de cada uno de sus cuatro conciertos, saludaba, sonreía, se hacía parte.

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En el Festival Internacional de Música Hewitt ofreció cuatro conciertos. En todos interpretó a Bach. Además de dos funciones del Concierto para clave y orquesta no. 1 en re menor, BWV 1052 y las Variaciones Goldberg, la pianista abrió el recital nocturno de la Plaza de San Pedro el domingo 6 de enero con dos piezas: el Concierto italiano, BWV 971 y Was mir behagt, ist nur die muntre Jagd!, Cantata de caza, BWV 208. “Para algunas piezas la edad importa”, responde a una periodista que le pregunta sobre lo determinante que ha sentido que es la edad a la hora de tocar Bach. “Si estás tocando piezas más técnicas, es mejor tener veinticinco. Pero para algo como las Variaciones, que he tocado desde que tenía dieciséis, suena distinto. Todo lo que vives en la vida se cuela en la música. Cosas felices y cosas tristes”.

En 2017, el gobierno canadiense, en la fiesta nacional por la celebración número 150 de la autonomía del Reino Unido, nombró a Hewitt como “embajadora” cultural del país y le otorgó la Orden de Canadá, el más alto reconocimiento civil que ofrece su sistema de honores. Ha grabado más de treinta discos, casi todos con el sello Hyperion Records, quienes le han auspiciado momentos clave su Odisea. Con ellos grabó el ciclo completo de obras para piano de Bach, dos veces El clave bien temperado y dos veces las Variaciones Goldberg. Sus grabaciones han figurado en la banda sonora de películas como El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick, y La vida acuática de Steve Zissou (2004), de Wes Anderson. “Un vínculo inmediato de la cabeza y el corazón con las puntas de los dedos”, escribió sobre su música Bernard Holland en el New York Times en 2007. “Para alimentar este salto se requiere una reserva de energía psíquica que rebasa las capacidades medias”.

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—Después de todos estos años, ¿cuál sigue siendo el mayor reto de interpretar a Bach?

—Tocarlo, tocarlo de memoria, siempre será un reto. También no perder la concentración. ¿Tocas el piano?

—No.

—Con Bach no solo debes aprendértelo sino que si ubicas mal un dedo todo se enmaraña y volver a retomar es muy difícil. Es música que no puedes dejar de practicar. También me sorprende que en Bach no puedes esconderte. No puedes pisar el pedal y hacer una nube de polvo. Se nota: muy pocos pianistas interpretan al verdadero Bach y no transcripciones. Siempre se arriesga mucho. Yo tengo una buena conciencia histórica. No uso mucho pedal ni tanta ornamentación. No interpreto a Bach como si estuviera interpretando a Chopin o Brahms. Pero toco en el piano, que ofrece posibilidades que el clavecín no tenía. Y creo que eso es interesante: el piano puede cantar como una voz humana. Por eso fue inventado el piano, porque el clavecín no podía hacer eso. Así que creo que Bach lo hubiera amado.

Según algunos críticos, la de Hewitt es una de las más notables interpretaciones de esas piezas. Sus dedos recorren esos movimientos como la voz humana. Y en el Cartagena Festival Internacional de Música, a lo largo de sus cuatro conciertos, el público lo ratificó.

 De vuelta en Canadá, el 18 de enero la pianista dará el octavo de los recitales de la Odisea Bach en Ottawa. Haga clic aquí para conocer más de su trabajo.

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