Pianistas colombianas Blanca Uribe y Teresita Gómez, cortesía Festival Internacional de Música de Cartagena. Pianistas colombianas Blanca Uribe y Teresita Gómez, cortesía Festival Internacional de Música de Cartagena.

Blanca Uribe y Teresita Gómez: el concierto de dos leyendas del piano en Cartagena

El 11 de enero las dos pianistas más destacadas del país dieron un concierto que celebró la música nacional.

2018/01/12

Por Ana Gutiérrez

Es fácil encontrar similitudes entre Blanca Uribe y Teresita Gómez. Ambas nacieron en la década de 1940, con solo tres años de diferencia. Ambas son de Medellín (aunque Uribe nació en Bogotá su familia es antioqueña y creció en Medellín). Pasaron décadas enseñandoles a nuevas generaciones de pianistas a nivel universitario: Gómez en la Universidad de Antioquia y Uribe en Vassar (luego de un breve periodo trabajando como la asistente de un optómetra). Y las dos se han vuelto los referentes más claves del piano en Colombia, tanto en materia de música clásica europea cómo las composiciones colombianas. Su reconocimiento es tal, que en el concierto que dieron en la noche del 11 de enero en el Festival Internacional de Música de Cartagena, cada una recibió estruendosos aplausos de la audiencia antes de que empezara a tocar. Y fueron recompensadas con aún más entusiasmo cuando terminaron.

También se podría decir que otra cosa que tienen en común es que crecieron rodeadas de música. Uribe es hija del célebre clarinetista Gabriel Uribe, y miembra de una extensa familia de músicos que la tuvo en contacto con aristas como Oriol Rangel desde muy pequeña.  Por su parte, Gómez creció, literalmente, en el Instituto de Bellas Artes, edificio que compartía sede con la emisora La Voz. Fue adoptada por los porteros de Bellas Artes y acompañaba a su padre en las rondas de noche. Se sentaba en la oscuridad a tocar piano a escondidas, imitando a las niñas que veía en clase durante el día. Gómez recuerda a su padre como un cómplice, mientras que su madre una vez dijo “eso es para blancos, las negritas no tocan piano”.

Sin embargo, cuando fue descubrierta tocando por una profesora, impulsaron su talento. Tanto ella como Uribe debutaron muy jóvenes: Gómez tenía trece años cuando se presentó en concierto y Uribe, 11 años cuando tocó con la Orquesta Sinfónica de Colombia. Cuando les preguntaron cómo hicieron sus familias para evitar que cayeran en los gajes de los niños genio, que acaban colapsando por la presión, Uribe señaló que en su casa todos eran músicos, entonces ella nunca sintió que hacía algo fuera de lo común. Con una carcajada, dijo que si se ponía altanera su hermano la irritaba tocando Haydn en estilo de mambo. Gómez, con una voz más baja, dijo que le habían dado una beca con la condición de que sacara cinco y que le aterrorizaba poder perderla. Hasta el día de hoy piensa en sacar cinco.

Al entrar en el mundo de la música académica y profesional, ambas descubrieron que iban a tener que dejar de lado, por lo menos por un rato, la música popular colombiana con la que habían crecido. Uribe se fue a estudiar en Estados Unidos, donde no había cómo, y Gómez se fue a la Universidad Nacional donde, en esa época, no les permitían tocar música colombiana. Uribe desarrolló un gusto por Beethoven, y se ha vuelto famosa por sus virtuosas e intensas interpretaciones de las sonatas. Por su parte, Gómez manifiesta un gusto por Chopin.

Pero fue la música colombiana la que hiló su concierto en Cartagena. Aunque habían tocado juntas, a menudo a cuatro manos, fue la primera vez que hacían un concierto en que cada una presentaba una parte por su cuenta.

Empezó Uribe con una enérgica interpretación de la Sonata no. 11 en si bemol mayor, op. 22 de Beethoven. Tocó la extensa pieza con fuerza y movimiento, recibiendo una poderosa reacción del público. Después tocó las piezas de su bien amado Oriol Rangel, incluyendo el preludio, que resultó no ser exclusivo (aunque Uribe señala que tiene la partitura original firmada), Pedro Morales Pino (a quien le abona sacar la música folclórica de las casas colombianas a los escenarios, reconociendo su valor) y un vals de Luis A. Calvo. El contraste entre las formas europeas de la primera pieza con los estilos locales ilustró elegantemente las diferencias, mientras demostraban por qué la música colombiana es merecedora de estar a la misma altura que la de Beethoven. Cuando por fin terminaron los aplausos, Gómez tomó el escenario.

El segundo repertorio de la noche funcionó casi como un recorrido histórico por la música del país. Desde Adolfo Mejía hasta Jorge Arbelaez, cuya pieza Doña Tere fue escrita en honor a la misma Gómez; y desde compositores tradicionales a contemporáneos. Gómez empezó con una pieza de Gustavo Yepes, compositor de EAFIT nacido en 1945), que contiene elementos de bambuco, guabina, gavota, vals, pasillo y más. Con gran elegancia, tocó obras que celebran la variedad y versatilidad de la música colombiana. Terminó con Vinotinto, de Fulgencio García (1880-1945), haciendo un ciclo casi completo por la producción nacional. La audiencia la celebró de pie.

Antes de que tomaran el escenario, el presentador de la noche, Jaime Andrés Monsalve, le dijo a la audiencia que era una oportunidad única para oír a las dos figuras más imponentes de piano del país, con un programa excepcional. Luego del concierto, puede decirse que esa frase de cajón resultó siendo cierta.

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