Cacerolazo, la segunda parte del paro Foto: Alejandro Bustos/ Diana Rey Melo / SEMANA Cacerolazo, la segunda parte del paro Foto: Alejandro Bustos/ Diana Rey Melo / SEMANA

Cacerolazo: el mejor concierto del año

Con el sonido de cientos de miles de cacerolas los colombianos se rehusaron a aceptar que el punto final y focal de las marchas fueran los desmanes que pretendían eclipsarlas. Un relato desde la suburbia de un fenómeno musical nunca antes vivido en estos barrios.

2019/11/21

Por Alejandro Pérez

No pensé que Niza fuera a sonar. Es parte de Suba, y Suba hoy se enojó. Pero este es un barrio raro, amable y apático, familiar y distante.

Sin embargo sonó y hasta un helicóptero de la Policía Nacional convocó. 

Es raro escribir esto con júbilo. En muchas calles, en esos lugares donde no hay congregaciones, la autoridad sigue abusando de su poder, de sus motos y de sus bolillos arrollando a personas comunes y corrientes que protestaron. Sucede en estos momentos, sucedió más temprano, va a seguir sucediendo. También hay incendiarios, infiltrados que quieren ver el mundo arder. En Cali, la situación está desbordada a niveles de pánico. Las calles están militarizadas, hay toque de queda.

Por eso, en ese marco y con todas esas dolorosas y duras consideraciones, es necesario dejar constancia de que como nunca antes se escuchó el sonido asombroso de la unidad contra la desfachatez. Un sonido que fue mensaje ciudadano, destructor de apatías, bulldozer de muros ideológicos que se fue propagando. Fue emocionante vivirlo en territorios así.

La noche del 21N la cacerola fue protesta pero también fue empatía con el otro, fue vehículo de un ideal de equilibro, balance e igualdad al que hay que aspirar; fue ponerse en los zapatos de quien la pasa peor, de quien reclama justicia, de quien reclama derechos igualitarios, reparación, o una paz que alcanzó a imaginarse terrenal y cierta y que no debería ser demasiado pedir.

En Argentina las cacerolas han tronado, aquí siempre las mirábamos con la distancia de quien se cree en una mejor situación y la envidia de quien no acepta que a muchos niveles está peor y no sabe reaccionar. Eso cambió esta noche. Lo vivimos, gente de muchas edades, de muchos barrios, ese despertar sonoro que se sirve del instrumento que se encuentra en una casa de familia, en un apartamento, en una caseta de celador. El que todos pueden tocar.

Sí, en Chapinero o en el centro de la ciudad sé que yo hubiera cantado y azotado cacerola como lo han hecho y siguen haciendo en paz y creativamente cientos de miles. Pero tenía que estar aquí en la suburbia para entender que esto superó la esfera de barrios más expresivos, que aquí también hay empatía.

La onda se propagó rápido. Pasé de escuchar cacerolas en un videos en el Salitre, Teusaquillo, San Luis, La Bella Suiza, Cedritos, a escucharlas acá, en este barrio en el que en la noche solo se escuchan aviones pasar. Si no hubiera estado aquí, no lo hubiera creído. Entonces busqué una cacerola, una cuchara de palo y me sumé. Y con el tiempo llegaron más y más y más, robusteciendo la certeza de que hoy la paz no se vivía en silencio.

En el día, mientras se le permitió a la gente, el paro y la manifestación se vivieron en las calles con música, danza y meditación. En la noche, cualquier posibilidad de que los desmanes se llevaran la atención quedó sepultada en cacerolas.

Y recuerdo detenerme a veces solo para escuchar a los otros, emocionarme de nuevo, y retomar mi rol en el que, de lejos, fue el mejor concierto del año. 

Lo mejor, se puede revivir noche tras noche. Como hoy, en muchos barrios de muchas ciudades del país, hasta que quienes tienen que corregir el rumbo entiendan "el mensaje de la canción".

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