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Cartagena Festival de Música: las caras de la lutería comparten sus historias

En el pabellón 'Suena Suramérica', que se toma el Centro de Convenciones de la Heroica, hay conciertos, conversatorios, y un especial énfasis en las artes de la lutería con exponentes de Italia, Latinoamérica y Colombia. ARCADIA habló con algunos de ellos.

2020/01/10

Por Alejandro Pérez

Roberto Salvianti (Italia)

"Cuando terminas un instrumento no sabes lo que tienes. Siempre tratamos de hacer lo mejor que podemos, pero el resultado se ve y se escucha cuando un músico toma tu instrumento y lo ejecuta. Ese es el momento más hermoso para un lutier", asegura el maestro Roberto Salvianti, quien construye sus maravillosos contrabajos cerca de Florencia y visita Cartagena en el marco del intercambio de saberes que es Suena Suramérica (parte integral del Cartagena Festival de Música).

Antes de tomar el camino de la lutería, Salvianti tenía una relación ya íntima con la madera. Creció viendo a su padre trabajarla, y él mismo hizo muebles y objetos de decoración por años. Pero una vez entró en contacto con la posibilidad de hacer instrumentos no miró atrás: vendió todo y se dedicó a hacer instrumentos. Empezó con violines y luego optó por especializarse en contrabajos, cuya fama hoy es internacional. Desde 1994 ha ido pefeccionando su arte y, si bien no llegó su maleta, sí llegó una de sus imponentes obras.

A ojo, sin embargo, no se le puede ni se le debe evaluar exclusivamente. Como él bien lo dice, hacer un instrumento es como dar a luz y el parto solo se da en el escenario.

Eduardo Mognaschi (Perú)

Si de Mognaschi dependiera, tendría un museo de instrumentos. Y no hay que imaginar mucho para saber que sería espectacular. En Cartagena, el peruano viene y presenta una maravillosa muestra de flautas traversas que ha restaurado y dejado perfectamente funcionales. Las tiene desde el siglo XVII hasta nuestros días; las muestra y, maravillosamente, las ejecuta. A nuestro pedido toma una, escoge la barroca, de 1650 y toca una pieza clásica. "También suena bien en jazz", y no se queda en verbo, procede a demostrarlo. 

Le preguntamos sobre esa evolución del instrumento, y nos habla de acabados, nos habla de materiales. "Desde el siglo XI siempre fue de madera pero se ha ido abandonando, aún se usa en repertorios tipo Mahler, por el sonido que da".

Sobre los retos, cuenta algo que parece obvio pero que no por eso es sencillo: que no se note el trabajo. Relata que manipula ébano molido y un pegamento especial. Mognaschi lleva 30 años siendo lutier, se especializó en Brasil, y desde 1995 empezó su misión de restaurar y coleccionar. Ya tiene unos 70 instrumentos. El sueño del museo está vivo, y ya tiene una cuota inicial importante. 

Nikolai Ceballos (Colombia)

El colombiano, parte de lutería de la Fundación Salvi, comenzó trabajando la madera a los 16 años. Quería estudiar Ingeniería Industrial, pero "cuando visité el taller de un maestro que tenía los instrumentos desarmados, me flechó". Desde entonces este es su destino, "me enamoré de esto, no quise hacer nada más". Casi dos décadas después de esto, Ceballos habla de la importancia de las escuelas italianas y de cómo han trasmitido su saber a apasionados como él, que, a su vez, replican esto con otros. Sabe que falta, que la cultura necesita asentarse más, y que el público y los instrumentistas entiendan que hay mucho por mejorar.

"La mayor satisfacción es que toquen tus instrumentos en conciertos; es lo mejor", sentencia. Así ha sido el caso en este festival, en el que varias veces ha visto sus obras ser ejecutadas, y en el que también ha sido tallerista. El lutier trabaja con cuidado para que su obra se escuche, para que su trabajo se nota, sea en reparación, en restauración, o en construcción del instrumento. Las decepciones quizás vienen cuando llegan a sus manos instrumentos tan arruinados que resultan irreparables.

Anota que en su línea de trabajo las satisfacciones siempre son mayores, pues parten de una muy simple: estar rodeado de instrumentos. Le interesa explicar detalles claves, la diferencia entre instrumentos hechos a manos y los hechos en fábrica; la demuestra tomando un violín en sus manos, señalando detalles en el ‘aguijón‘, en las efes, en el barniz, en esas "pequeñas imperfecciones hermosas" que antes que restarle valor, hacen del instrumento uno irrepetible. "El sonido va a estar también", es claro, "hay una gran diferencia, por eso es importante asentar esta cultura en Colombia". Mientras uno de fábrica puede costar de 250... a 3 millones de pesos, mientras los originales pueden partir de seis millones y llegar a los 50 millons de pesos o más.

Para terminar, destaca a los colegas y las escuelas italianas: "las que tenemos aquí son las mejores escuelas del mundo", dice, mientras señala dónd están la escuela cremonesa, la milanesa, la proveniente de la Toscana. Queda mucho por hacer, lo sabe, pero en manos de exponentes como Ceballos, la lutería en Colombia parece estar en manos comprometidas, apasiondas y talentosas.

"La mayor satisfacción es que toquen tus instrumentos en conciertos; es lo mejor", sentencia Nikolai Ceballos, lutier del taller de Lutería de la Fundación Salvi. Foto: Diego Vega

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