Orquesta Filarmónica de Medellín. Crédito: David Estrada. Orquesta Filarmónica de Medellín. Crédito: David Estrada.

El Réquiem de Brahms en Medellín, según Juan Carlos Garay

Así fue el concierto que ofreció la Orquesta Filarmónica de Medellín el 29 de abril, bajo la batuta del maestro Andrés Orozco-Estrada.

2018/05/10

Por Juan Carlos Garay

El pasado 29 de abril, en el Teatro Metropolitano de Medellín, la Orquesta Filarmónica de esa ciudad celebró sus 35 años de existencia. Lo hizo de la manera, quizás, menos esperada: en lugar de interpretar obras que llamaran a la festividad o el júbilo, los curadores se decidieron por el Réquiem Alemán, Opus 45 del compositor Johannes Brahms. ¿Una música de difuntos para una celebración? Sí, y la lógica del asunto quedaría expuesta esa misma tarde. 

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La historia de esta obra nos remonta al año 1865, cuando murió la madre del compositor Johannes Brahms. Este episodio doloroso se convirtió en el detonante de inspiración para componer algo que (Brahms parecía tenerlo claro desde el principio) no iba a ser una misa, pero sí una obra de carácter sagrado. El músico se dedicó a seleccionar fragmentos de la Biblia, musicalizarlos, e ir formando con esos fragmentos una especie de arco envolvente, monumental, que terminaría por adquirir su forma definitiva en la interpretación de una orquesta, coro y dos solistas. 

El resultado es conmovedor. Brahms escogió aquellas frases de la Biblia que son las más esperanzadoras. De modo que nos dejó, no digamos un Réquiem alegre (sería una contradicción de términos), pero sí una obra mucho más optimista que cualquier otra música fúnebre que uno pueda recordar. Un Réquiem que todo el tiempo nos señala que la muerte no es el final. 

Sobre el escenario, la interpretación estuvo apoyada por efectos escénicos que no son comunes en estos conciertos. Para comenzar, el director Andrés Orozco-Estrada no salió para recibir el aplauso de bienvenida, sino que aprovechó la oscuridad del recinto para luego, cuando se encendieron las luces, aparecer ya sobre el estrado y marcar el primer compás. Si, como dijo Daniel Barenboim, la música necesita del silencio porque brota de él, en pocos casos como éste se hizo tan patente esa idea. También en los silencios entre movimientos, las luces se apagaban y se proyectaban imágenes en blanco y negro de rostros, de manos, incluso un corazón latente. No quisiera teorizar sobre el “significado” de estas imágenes porque creo que más bien llamaban a un estado contemplativo, similar al silencio, allí donde no existen las palabras.

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Palabras sí las hubo, al final del concierto. El maestro Orozco-Estrada habló de la ciudad de Medellín y de cómo el fenómeno de la muerte (más allá de la muerte natural, de la muerte infligida, indeseada) había sido tan cercano a su historia reciente. Comentando alguna vez esta obra en la revista Gramophone, el crítico Richard Osborne escribió algo que perfectamente puede aplicarse a la versión en concierto que escuchamos en Medellín: “Esta no es una misa para los muertos sino una sinfonía de consolación para los que quedamos vivos”.

Los aciertos, en ese sentido, fueron muchos. Aparte de la impecable interpretación de la orquesta y las voces, hay algo que tiene que ver con la necesidad humana de meditación y de silencio. La música sobre el estrado fue recibida con un silencio reverencial en la platea. Incluso tratándose de un cumpleaños, quedó claro que no siempre hay que aplaudir a rabiar. Fue más profundo el asomo angelical que, seguramente, todos sentimos en algún momento de la obra. O como dijo alguna vez ese gran opositor del aplauso que fue Glenn Gould: “El propósito del arte no es una expulsión momentánea de adrenalina sino, por el contrario, la construcción gradual de un estado de admiración y serenidad”. Amén.

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