Durante la fase de conceptualización, el equipo definió que tenía que tratarse de una experiencia multisensorial. Foto: Cortesía Parque Explora. Durante la fase de conceptualización, el equipo definió que tenía que tratarse de una experiencia multisensorial. Foto: Cortesía Parque Explora.

“La orquesta propia”: un recorrido por la nueva Sala Música del Parque Explora

El pasado fin de semana, el Parque Explora inauguró su nueva sala: una experiencia musical multisensorial integrada por más de 30 propuestas interactivas que pretenden sensibilizar sobre la percepción del fenómeno sonoro, las músicas colombianas y la naturaleza de sus instrumentos.

2018/10/29

Por Manuela Lopera

Colombia es la cumbia del Caribe, el currulao del Pacífico, el joropo de los Llanos Orientales, la guabina del altiplano cundiboyacense y el batuque de la Amazonía. Colombia nace en el canto, se dibuja en sonidos que hablan de trashumancias, de ancestros lejanos, de historias de destierro y de resistencia, en la expresión cotidiana de hombres y mujeres que desarrollan labores diarias de agricultura y artesanía. De sus cantos surge el alma recién nacida, el espíritu de lo que somos, nuestro ser colectivo.

Esa diversidad musical colombiana es la médula de lo que, a partir de ahora, se puede vivir en la Sala Música, la nueva propuesta del Parque Explora patrocinada por TigoUne y la Alcaldía de Medellín. La idea nació como fruto de un esfuerzo conjunto de más de 200 personas, entre aficionados, expertos de la ciudad y diferentes áreas de Explora, y tardó cerca de 22 meses en abrir sus puertas. La Sala Música se suma a las tres salas existentes Mente, Tiempo y En Escena—, con un espacio de 900 metros cuadrados repartidos en dos niveles, que propone una inmersión profunda en la experiencia musical.

“Uno de los grandes desafíos era lograr que toda la sala en simultáneo sonara bien”, cuenta Alejandro Villegas, coordinador de diseño y líder del proyecto, quien habla con satisfacción después de un cúmulo de pruebas superadas: en el camino tuvieron que resolver detalles de obra civil, de mobiliario y de acústica hasta que, después de meses, la sala comenzó a sonar. A lo largo del montaje hay 39 audífonos, 8 micrófonos, 7 proyectores, 39 pantallas y 33 parlantes que hacen parte de más de 30 propuestas interactivas con distintas perspectivas: etapas y revoluciones musicales, la percepción del fenómeno sonoro, la naturaleza de los instrumentos y un sinnúmero de momentos en los que el visitante se puede convertir en compositor y creador de sonidos. De ahí la frase que acompaña el nombre de la sala: “La orquesta propia”.

El recorrido

Al entrar, el corredor está precedido en el costado lateral izquierdo por un instrumento de tubos que invitan a ser tocados. En el centro de la sala hay un bombo sinfónico, una Kalimba o idiófono, un aerófono y un monocordio, todos hechos a la medida para la exhibición museográfica. A lo largo del recorrido se despliegan paneles y salones en los que es posible hacer pequeñas grabaciones de voz, videoclips y composiciones en sintetizador; también cantar karaoke, manipular una consola de DJ, dirigir una orquesta, ensayar pasos de baile, hacer dibujos digitales sobre piezas musicales, experimentar un coro polifónico, estar en un laboratorio con diferentes instrumentos (marimbas, xilófonos, claves, cajas chinas, un guasá, un membranófono, un bongó), identificar fusiones entre géneros y viajar por las diferentes regiones de Colombia a través de sus sonidos.

La Sala Música es un espacio para recorrer con asombro, para vivir a fondo. “Todos somos seres musicales”, dice Andrés Roldán, director de Explora. Sus palabras hacen eco de preocupaciones como las de Hegel, quien identificaba la música como la más espiritual de las manifestaciones artísticas, como el arte de los afectos. “El ser humano necesita dos cosas para vivir: agua y música”, dice el legendario Quincy Jones en el reciente documental Quincy, estrenado en Netflix. Con ese espíritu, la Sala Música llega para completar una propuesta pedagógica de inclusión social de Explora que es modelo no solo en la ciudad, sino también en el país y en la región: el conocimiento al alcance de la gente. “La música es un igualador y por eso es ideal como restablecedor de la dignidad”, dice Rocío Jiménez, psicóloga que hizo parte de la Red de Escuelas de Música de Medellín, quien celebra esa mirada de la música como un lenguaje que nos fascina a todos, sin importar nuestra condición social.

En la sala se puede explorar la fusión de géneros, así como el encuentro de los sonidos negros, indígenas y europeos. Allí, la música parece ser un universo que recoge la existencia humana. Pienso en las palabras del músico argentino Kevin Johansen sobre lo que debe tener una buena canción y me parece que sirven para describir lo que ocurre allí: “Para que una canción esté bien dirigida, tiene que llevarte a la emoción, a la reflexión y al baile, en el mejor de los casos. No importa el orden, porque puede empezar haciéndote mover”.

En la Sala Música hay estaciones para detenerse y aprender los esfuerzos físicos que están implícitos en la interpretación musical. Foto: Parque Explora.

En el recorrido, que es extenso y variado, es posible disfrutar de un toque de rajaleña, jugar a la interpretación de la zambona, el chucho, la carrasca, la tambora, el cununo, la esterilla; detenerse en los esfuerzos físicos que están implícitos en la interpretación musical, en el vehículo y la caja de resonancia que es el propio cuerpo. Es posible también ahondar en los instrumentos que, a través de sus materiales y procesos de fabricación, también cuentan su relación con los territorios: en la marimba de chonta, el instrumento de percusión idiófono típico de la región pacífica, y cuyos orígenes son anteriores a la diáspora africana; en los espejos, que están presentes en las culturas y que en la música se ilustran muy bien a partir de las similitudes entre sonidos, instrumentos, acordes, melodías.

La Sala Música es una invitación a preguntarse sobre la identidad, ese asunto sobre el que reflexiona Jorge Drexler en su charla TED: “Lo que aprendí yo en estos 15 años desde que escribí la canción “La milonga de un moro judío” es que (…) la identidad es infinitamente densa. Las cosas solo son puras si uno las mira desde lejos. Es muy importante conocer nuestras raíces, saber de dónde venimos, conocer nuestra historia, pero, al mismo tiempo, tan importante como saber de dónde somos, es entender que todos, en el fondo, somos de ningún lado del todo, y de todos lados un poco”.    

Durante la fase de conceptualización, el equipo definió que tenía que tratarse de una experiencia multisensorial: una oportunidad para sentir, para salir de allí transformados. La música es el primer lenguaje que desarrollamos los seres humanos, incluso antes de nacer. Mientras estamos en el útero lo primero que sentimos es el pulso, la primera lección de iniciación musical. Después está la música ligada a los procesos vitales: al aprendizaje, la celebración, la reflexión, los rituales. También como terapia, compañía y consuelo. Un mecanismo poderoso de conexión con los demás. Un don que nos hace más humanos. Todo eso palpita en la última caja roja del museo interactivo: innovación al servicio de la ciudadanía.

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