Ringo Starr, George Harrison, John Lennon y Paul McCartney durante el rodaje de la película "Magical Mystery Tour", interpretando la canción "I Am The Walrus", 1967. Foto: Wikimedia Commons. Ringo Starr, George Harrison, John Lennon y Paul McCartney durante el rodaje de la película "Magical Mystery Tour", interpretando la canción "I Am The Walrus", 1967. Foto: Wikimedia Commons.

"Magical Mystery Tour" de The Beatles, medio siglo después del viaje

Éxitos y rarezas componen el álbum más psicodélico de The Beatles, que recientemente cumplió cincuenta años.

2018/07/03

Por Pablo Trujillo

Medio siglo después de su lanzamiento, el álbum que encapsuló el período más experimental de los Fab Four merece un foco especial de atención. No es mucho lo que se ha dicho sobre este en relación con otros de sus trabajos discográficos —ampliamente reconocidos y reseñados—, pero en cambio sí es mucho lo que significó para su evolución artística como banda y para el desarrollo de la música popular en el siglo XX.

En 1967, tras el temblor que produjo en el mundo el arribo del conceptual Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, la agrupación inglesa había alcanzado el pico más alto de su recorrido desde 1963 con su disco debut Please Please Me, y parecía imposible dar con un puñado de canciones lo suficientemente contundentes como para equiparar el éxito comercial de obras como “With a Little Help from My Friends”. Pero si algo caracterizó a la banda británica fue su persistente curiosidad. Nada detuvo del todo su búsqueda creativa: ni siquiera el dolor que produjo la muerte de Brian Epstein (su mánager y uno de los principales artífices de su éxito masivo), quien se suicidó el 27 de agosto de 1967 mediante una sobredosis de barbitúricos.

La noticia sorprendió a John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr mientras buscaban refugio del agobio mediático en un seminario de meditación trascendental en Bangor, al norte de Gales. La paz interior fue interrumpida por la partida de Epstein, considerada por muchos como el primer gran eslabón en una cadena de eventos que acabarían definitivamente con la banda en 1970. Pero McCartney retomó entonces una iniciativa que había propuesto a principios de 1967, que probablemente funcionaría para mantenerlos activos y así sobreponerse a la pérdida del llamado ‘quinto Beatle’. Aprovechando el tiempo libre del que ahora disponían gracias a la decisión, tomada en 1966, de no volver a salir de gira, su idea era hacer una película casera al estilo road movie —sin guión ni mayor producción— que registrara sus aventuras a través de un “mágico” viaje por las carreteras inglesas a bordo de un bus alquilado, acompañados de toda suerte de personajes surreales. La cinta nunca obtuvo muy buenas críticas, pero la música que trajo consigo expandió los límites de la cultura pop y reedificó el concepto de la psicodelia.

La primera canción del disco que se publicó fue “All You Need Is Love”, ese himno fiestero que sintetizó el espíritu utópico de la era hippie también conocida como “Summer of Love”, con un fragmento de La Marsellesa orquestado por George Martin como introducción. La grabación fue una sesión en vivo con invitados especiales (un florido Mick Jagger, entre ellos) que hicieron parte de la audiencia y corearon el estribillo junto a la banda. Todo fue transmitido por televisión para el programa Our World y tuvo un alcance de más de 400 millones de televidentes en aproximadamente 25 países. Luego se grabaron algunos overdubs y se lanzó junto con “Baby, You’re a Rich Man”, una pintoresca sátira del estilo de vida de la aristocracia y sus estándares de belleza, como lado B.

Magical Mystery Tour había empezado a tomar forma más allá del proyecto cinematográfico. El tema que dio título al LP es un guiño a la experimentación orquestal que envuelve a Sgt. Pepper’s, pero esta vez sin grandilocuencia y con sentido del humor. Es la efusiva invitación a un viaje que comienza y continúa en la ensoñadora “The Fool on the Hill”, en la que McCartney se narra a sí mismo a través del alter ego del ‘tonto incomprendido’ que vive solo en una montaña, ocultando su locura detrás de un tierno solo de flauta que difumina en un fade out. Luego “Flying” —el único tema instrumental que existe en toda la discografía oficial del cuarteto de Liverpool—, un vuelo suspendido y confortable propulsado por risueñas voces sin palabras, entre las que se distingue la de Ringo Starr. La primera parte del álbum termina con “Blue Jay Way”, una de las obras más oscuras e hipnóticas de George Harrison, en la que anhela el retorno de sus amigos perdidos entre la niebla de Los Ángeles.

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McCartney contribuyó entonces con “Your Mother Should Know”, una especie de swing bailable que alude a la nostalgia de viejas canciones de manera burlesca, específicamente pensada como banda sonora para una escena de la película. Durante la última sesión de grabación del tema, la agrupación recibió la que sería la última visita de su mánager en los estudios Chappell (Abbey Road no estaba disponible ese día), pocos días antes de su trágica muerte. En este punto The Beatles ya se habían distanciado radicalmente de los formalismos del rock & roll de sus ídolos como Chuck Berry o Elvis Presley; así mismo, se desprendían cada vez más de las ingenuas letras sobre enamorar y desenamorar chicas que caracterizaron sus primeros trabajos. La banda estaba aproximándose a un lugar experimental y vanguardista en sus composiciones y, para lograr materializar sus ideas, su productor George Martin tuvo que inventar diversas técnicas de grabación sobre la marcha, expandiendo así las fronteras de la ingeniería de sonido.

Uno de los casos más excepcionales de la injerencia de Martin fue el arreglo de cuerdas que escribió y condujo en “I Am The Walrus”, probablemente el apogeo psicodélico de Lennon. Escrita durante distintos viajes de LSD, plagada de referencias literarias (entre ellas, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Caroll, los cuentos de Edgar Allan Poe y El rey Lear de Shakespeare) y movida por una cadencia de acordes exclusivamente mayores, esta “canción” representó un verdadero hito en la historia de la música popular. Desde U2 hasta Oasis, innumerables artistas han reconocido la lisérgica creación de Lennon como una gran influencia y una total ruptura de los paradigmas artísticos.

Pero todo el viaje anterior fue en realidad el lado B de “Hello, Goodbye”, uno de los grandes éxitos de McCartney que llegó al número uno de las listas en Estados Unidos. Un brillante respiro pop en medio de un álbum ácido y turbulento, que habla de las relaciones humanas a través de un sencillo juego de opuestos.

Así, nos encontramos con lo que Lennon describió como su mayor logro dentro de su paso por The Beatles y una de sus canciones más honestas. Un mellotron que desciende cromáticamente anuncia la llegada de una verdadera obra maestra, “Strawberry Fields Forever”, esa oda a la infancia en la que Lennon intenta expresar su propia incapacidad de asir la realidad: una frustración proveniente de no poder comunicar sus emociones con precisión, porque el lenguaje y las palabras le fueron siempre insuficientes.

Dada su complejidad musical, las grabaciones se extendieron por más de un año y finalmente se unificaron fragmentos de dos tomas diferentes (otra de las proezas memorables de George Martin, teniendo en cuenta que en ese tiempo el audio era grabado en cinta, para luego ser recortado manualmente y mezclado en una consola de tan solo ocho canales).

Siempre existió una especie de rivalidad amistosa entre Lennon y McCartney a la hora de componer, y esa competencia dio frutos memorables. Cuando Lennon trajo “Strawberry Fields Forever” al estudio y la interpretó para los demás en guitarra acústica, McCartney sintió la necesidad de componer algo que pudiera equiparársele: pocos días después tenía lista “Penny Lane”, la remembranza de una parada de bus de Liverpool en la que ambos solían pasar el rato de niños, construida desde el piano y adornada con trompetas eufóricas. Un discurrir entre la nostalgia y el surrealismo lírico, con claros elementos pop y una elegante línea de bajo caminante que hila el discurso.

Con el lanzamiento de Magical Mystery Tour en diciembre de 1967, el cuarteto británico evidenció que sus capacidades creativas superarían la “beatlemanía” que tuvo su clímax con “I Want to Hold Your Hand”. Habían emprendido un camino que, casi sin saberlo, los llevaría más lejos que cualquier otra banda en la historia. Aunque la crítica del arte generalmente proviene de lugares subjetivos, el paso del tiempo termina demostrando la verdadera importancia de una obra. Cincuenta años después de su estreno, varias de las canciones de este disco han entrado en la categoría de ‘clásicos del rock’ y todas han sido reinterpretadas por una infinidad de agrupaciones en todo el planeta, reconociendo su vigencia a través de más de medio siglo. Es posible que, en comparación con Please Please Me (1963) o Let It Be (1970), este sea un álbum más difícil de digerir. Pero justamente en ese reto que supone para el oyente radica su enorme belleza: la prueba imperecedera de que The Beatles nunca le apostaron a lo fácil.

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