La Orquesta Sinfónica de Colombia toca en Bogotá en mayo, 2007. Crédito: Guillermo Torres / Revista Semana. La Orquesta Sinfónica de Colombia toca en Bogotá en mayo, 2007. Crédito: Guillermo Torres / Revista Semana.

Las orquestas de Colombia y una reforma necesaria

Las dos orquestas más importantes de Colombia todavía viven, con pocas excepciones, en los siglos XVIII y XIX. ¿Qué se necesita hacer para traerlas, junto con los compositores colombianos, al presente?

2018/03/22

Por Alexander Klein*

Hace menos de una semana fui invitado a ir a un concierto de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, agrupación que ha recibido, merecidamente, el cariñoso sobrenombre de “la orquesta de los bogotanos”. El concierto era una de las dos funciones que la orquesta ofreció en el auditorio Fabio Lozano, con un programa que incluyó el Concierto para piano Nº3 de Beethoven, la Obertura de la Urraca Ladrona de Rossini y la Quinta Sinfonía de Dvorak, obras que, reunidas, conforman un repertorio de primera calidad.

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Aún así, después de meditarlo un poco, decidí no ir al concierto, optando más bien por quedarme en mi casa para improvisar algún otro plan o simplemente para irme a dormir más temprano. Y decidí esto no solo porque me sé esas obras de memoria sino porque el programa como tal simboliza un problema que ha aquejado por muchos años a las dos orquestas más importantes de Colombia: ambas todavía viven, con pocas excepciones, en los siglos XVIII y XIX.

Al decir esto, no quiero de ningún modo menospreciar la música instrumental que nos legaron los grandes compositores europeos desde el barroco hasta el romanticismo, pues este legado conforma uno de los cuerpos artísticos e intelectuales más importantes de la humanidad.

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Lo que quiero resaltar, en cambio, es que hay mucha más música, y muchos más compositores, que no solo son tan importantes como Beethoven, Rossini y Dvorak sino que necesitan ser conocidos por el público colombiano para mantener viva la tradición de la música académica en lugar de estancarla en un contexto histórico que cada vez es más lejano de nosotros.  

Todos aquellos que vivimos pendientes del mundo de la música, por ejemplo, sabemos lo dinámica, variada e ingeniosa que es la esfera de la música popular, pues todos los días –literalmente– salen a luz nuevas bandas, nuevos sencillos y nuevos sonidos, por más que estos últimos suelen derivarse de otros.

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Pero la esfera de la música académica, en cambio, es terriblemente aburrida y predecible. Una mirada a los programas de la Orquesta Filarmónica de Bogotá y la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia en los últimos treinta años arroja los mismos nombres de siempre: Mozart, Haydn, Beethoven, Schubert y todos los demás que conforman el clasicismo y romanticismo europeo. Si hay un descache que incluya música contemporánea o colombiana por aquí o por allá, este generalmente consiste en versiones orquestadas de las mismas cumbias, los mismos porros y los mismos vallenatos de siempre.

Para no extenderme más, quiero atreverme a proponer una reforma que a mi modo de ver no solo le haría mucho bien a las orquestas de Colombia sino que le haría muchísimo bien al devenir de la música académica y a los compositores que hoy están vegetando en el país, en espera de un redentor. Esa reforma es la de incluir, como mínimo, una obra contemporánea extranjera y una obra contemporánea colombiana en cada uno de los conciertos que se realizan al año. ¿Será mucho pedir?

Sinceramente creo que no, pues estoy seguro de no estar solo si digo que esta reforma le dará un enorme impulso a los compositores colombianos, cuya gran mayoría nunca ha escuchado sus creaciones interpretadas por una orquesta profesional. Dentro de esta reforma, por supuesto, no sobraría para nada desempolvar obras de compositores colombianos de los siglos XIX y XX, como Quevedo, Sindici, Ponce de León, Uribe Holguín, Cifuentes, Nova y un sinnúmero más de nombres que –gústenos o no– han sido de una importancia enorme para la música académica colombiana.

Aquellos que recuerden los años dorados de la Orquesta Sinfónica de Colombia –antes de ser liquidada por el primer gobierno de Álvaro Uribe Vélez– recordarán con cariño el nombre de Olav Roots, el director de orquesta estonio que siempre estuvo abierto a que los compositores colombianos le entregaran obras para que él las incluyera en los programas de concierto. Nótese que el propio Roots, a pesar de no ser colombiano, todavía es el director de orquesta que más ha apoyado a los compositores colombianos en la historia del país.

¿Será necesario esperar a que llegue otro Roots? Por el bien de la música académica en Colombia, espero que no.

*Profesor de cátedra de la Universidad de Los Andes. Autor y editor de las Obras Completas de Oreste Sindici.

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