El pasado 3 de noviembre, Javier Bulla, gerente del Auditorio Lumiere, anunció que el establecimiento cerraría sus puertas definitivamente. El pasado 3 de noviembre, Javier Bulla, gerente del Auditorio Lumiere, anunció que el establecimiento cerraría sus puertas definitivamente.

“Proscenio será para la cultura que consumen las élites bogotanas”: dueño de Auditorio Lumiere

Después de tres años de trabajo, el Auditorio Lumiere cerró sus puertas en Bogotá. ARCADIA conversó con su dueño, Javier Bulla, para conocer los detalles sobre el sorpresivo anuncio de cierre y sus cuestionamientos al proyecto de renovación urbana de la zona.

2018/11/19

Por Ricardo Díaz Eljaiek

El pasado 3 de noviembre, Javier Bulla, gerente del Auditorio Lumiere, anunció que el establecimiento cerraría sus puertas definitivamente. Después de tres años de trabajo, durante los cuales el lugar albergó más de 400 espectáculos y a alrededor de 1.200 artistas nacionales e internacionales, la reactivación de un proyecto de renovación urbana lo puso contra las rejas. Desde su anuncio en 2009, Proscenio, un megaproyecto que incluye la construcción de un gran complejo urbanístico de 250.000 metros cuadrados en tres manzanas del barrio El Lago (el área que abarca desde la calle 85 hasta la calle 87, entre las carreras 15 y 13), ha sido objeto de rechazo por parte de algunos vecinos del sector que, como informó Semana en ese entonces, temían incluso la posibilidad de expropiaciones para su ejecución.

El 31 de julio de 2017, después de seis años sin noticias de los avances del proyecto, Cimento, la empresa promotora del proyecto, presentó las últimas modificaciones que se añadirían al Plan de Renovación Urbana. Según Bulla, el proyecto, que contempla la construcción de plazas, un callejón peatonal al estilo de la Zona T, un teatro y escuela de artes escénicas dirigida por Misi y centros comerciales, forzó al cierre definitivo Lumiere, que se había convertido en una parada clave para la escena musical independiente de Bogotá. ARCADIA conversó con Bulla para conocer los detalles sobre el sorpresivo anuncio de cierre de su Auditorio, sus cuestionamientos al proyecto Proscenio y su mirada del futuro de los espacios alternativos para la cultura en Bogotá.

¿Por qué cierra definitivamente el Auditorio Lumiere?

Hace 15 años empezó el proyecto de renovación urbana, que se usó para habilitar el Plan de Ordenamiento Territorial (POT). En un principio lo tuvo otra sociedad, que se fue porque se cansaron de esperar los permisos administrativos. Ahí esto pasó a Amarilo y ahorita lo tiene una filial de Amarilo que se llama Cimento. Esta estará encargada de la construcción y administración del proyecto.

Nosotros hablamos con la gerencia de Cimento, precisamente para poder continuar con el trabajo de Lumiere, al menos por los siguientes dos años, que es más o menos lo que va a tardar la demolición de toda la cuadra y la compra de todos los predios. Ellos están esperando la firma final del alcalde, con la cual van a proceder a comprar los predios. Son más o menos unos 160 predios que tienen que comprar, de los cuales tienen negociados alrededor de un 70%. Pero ellos no van a entrar a comprar definitivamente hasta que ya se encuentre el aval del alcalde. Por eso tuvimos que cerrar. Es un proyecto enorme, por lo que yo creo que su construcción se dará en varias fases y difícilmente lleguen a completarlas todas, porque es demasiado grande.

¿Cuáles son sus críticas con respecto al enfoque de un complejo como Proscenio de cara a la cultura en la ciudad?

Esto se ha vendido desde el principio como un proyecto cultural para la ciudad. Pero cuando uno mira, la parte cultural no es ni el 15% del proyecto general. Abarca además una parte comercial, una administrativa, oficinas, hotelería, habitacional y una pequeña parte para el nuevo venue que van a construir ahí, que es algo con una escala similar al Teatro Julio Mario Santo Domingo.

Una de las críticas que nosotros hemos hecho es que esto se está construyendo para la alta cultura, aquella que va destinada al consumo de las élites bogotanas: clases dirigentes y clases altas. Este tipo de consumo se caracteriza por reducirse a zarzuela, ópera y otros tipos de shows que van por ese camino.

Lumiere, desde hace tres años que arrancó, sentó un compromiso con los géneros marginales y alternativos, que son el punk, el rap, el metal, el hardcore, el reggae y todas estas propuestas culturales que son de las más masivas de la ciudad. Tanto el metal, como el punk y el rap son de consumo masivo en Bogotá. Nosotros le apostamos a este segmento, luego de haber intentado otros, como los tropicales y hipsters. Cuando vimos que había un consumo masivo de los géneros marginales, les empezamos a apostar.

Es mucho más productivo, no solamente en términos económicos, sino también a nivel del alcance. En la 85, que es una zona de segmentos bien concretos, le apostamos a estos géneros alternativos. Ahí se hizo un ejercicio de integración cultural, porque recibíamos públicos de Soacha, Bosa, Suba, Ciudad Bolívar, entre otros. Mostramos así la capacidad que tiene este sector de integrar otros sectores de la ciudad. Esto se hizo durante tres años.

Por eso surge esta crítica de nuestra parte, que ese proyecto con un mensaje cultural bastante rimbombante no es una propuesta que realmente abarque todos los sectores de la ciudad, sino solamente unos segmentos sociales que consumen una oferta cultural específica. Por eso nos molesta que una propuesta como la nuestra no hubiera sido contemplada dentro del nuevo proyecto. La planificación ya tiene muchos años, por lo que tampoco iba a entrar contemplado Lumiere ahí.

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¿Cuáles son los lugares más afectados por este proyecto?

Nosotros somos arrendatarios. Las dueñas del local decidieron vendérselo al proyecto el 31 de octubre. Ellas entregarán en diciembre, entonces quedamos en conversaciones con Cimento para retomar el proyecto al menos durante los dos años de la demolición. Está en negociación y es posible que ocurra, pero hay que tener en cuenta que es complicado y costoso desmontar un venue para volverlo a montar luego. Pero, por lo menos, tendremos la prioridad para tenerlo durante los próximos dos años.

Otros sitios como Armando Records, que son dueños del edificio, tienen otro tipo de negociaciones con Cimento. Muy posiblemente ellos entren dentro de la fiducia con su proyecto y tengan algún local o alguna parte del proyecto, para poder continuar con Armando. No obstante, por el lado de Lumiere, sí tocó cerrarlo.

Y los establecimientos culturales afectados, ¿no podrían continuar sus actividades en otras partes de la ciudad?

Nos han preguntado las personas si pensamos continuar con el proyecto en otras zonas de la ciudad. Ahí surge otra crítica. El POT actual no tiene contemplado el uso cultural. Los lugares de consumo cultural son sumamente escasos. Los usos de suelo habilitados para venues se encuentran en zonas demasiado marginales, como los talleres de mecánica del 7 de Agosto o algunas zonas de la avenida Caracas, entre la 53 y la 60. Estas zonas tienen un uso de suelo y un valor comercial accesible.

En la 85, que es la zona con un uso de suelo propicio para esto, habíamos podido subsistir hasta el momento porque alcanzamos a cubrir el arriendo, pero con la llegada de Proscenio y la demanda de bares y discotecas que ya existe, la valorización subirá el precio del suelo a números altísimos. Por eso es difícil construir algún nuevo venue destinado a eventos musicales en esa zona. En resumen, las políticas públicas, cuyo proceso de construcción ha sido tan cercano a nosotros, no están aterrizadas al ecosistema musical actual bogotano.

Bogotá fue nombrada por la Unesco como ciudad de la música, título que ayuda a incentivar la producción, difusión y circulación musical. Sin embargo, cuando se analizan las políticas públicas, se nota que están muy lejos del objetivo de construir una ciudad de este tipo.

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Cuando estuvo de alcalde Gustavo Petro, la administración impulsó un nuevo POT, instaurado por decreto ya que no pasó al Concejo, pero este duró solo tres meses. Ese POT tenía una contemplación cultural mucho más amplia que cualquiera que hay ahora. Ese POT fue derogado por la presión de la Cámara de Constructores de Colombia, pues ellos, como sector dominante, cuyo interés es mayormente habitacional, han primado las construcciones de edificios residenciales en Chapinero. Esto hace que la construcción de un venue cerca sea casi imposible.

Veamos el caso de Latino Power, que es un venue que lleva más de ocho años activo, al lado del cual se está construyendo un edificio residencial gigantesco, lo que obligará a que se acabe. Lo mismo le pasó a Latora 4 Brazos, que cerró en 2016, porque, tras ocho años de actividad, los vecinos de un edificio nuevo, construido al lado suyo, comenzaron a quejarse y lograron su cierre definitivo. Este sitio era un bar, pero además una de las tarimas más importantes para la música raizal y tropical de producción local.

¿Cómo responde la alcaldía ante estas zonas grises en sus políticas de promoción cultural?

No tenemos un apoyo distrital fuerte. No hay una vocación desde la administración para generar espacios de difusión musical y construcción de la cultura. Por otro lado, existe una cultura en el país de censura a la venta del licor. Uno debe entender que gran parte de estas iniciativas culturales y musicales se financian desde el licor y el apoyo de sus marcas. Desde la Ley Zanahoria de Mockus hasta hoy, la censura hacia la venta de licor ha sido altísima, por lo que muchos espacios se han visto obligados a fracasar por falta de licencias y por el abuso de la autoridad.

Ese bache de políticas públicas y de usos de suelo para iniciativas culturales se suele encontrar en conflicto con ellas, pues su surgimiento es constante. Nunca dejan de aparecer. Así, las instituciones de control generan unas especies de mafias y hay una maquinaria que nosotros vemos como sistemáticamente corrupta. Esto obliga a los lugares a tener que pagar unos sobrecostos en vacunas.

Creo que una política pública más amplia, enfocada en la creación de esa ciudad de la música que describe la Unesco, podría generar un espacio para que esta corrupción se vea mucho más regulada. Por otra parte, los pequeños venues, pequeños bares y restaurantes con tarima, son la base de la pirámide de la circulación musical de la ciudad. Considero que no se le ha dado ni la importancia que merece ni el reconocimiento de ser dicha base de la pirámide. Algunos pequeños programas de IDARTES logran incentivar la circulación musical en algunos lugares pequeños. Sin embargo, si uno mira los números, es una beca incipiente de 90 millones distribuida en más o menos 30 lugares. Entonces una inversión así no es acorde con una ciudad que ha sido llamada ‘musical‘ por la Unesco.

¿Qué pueden esperar los establecimientos culturales alternativos en el futuro?

Seguimos muy interesados en la producción de conciertos, pues es de lo que vivimos. En los últimos estadios de Lumiere, nos hemos encontrado con cosas que pensamos que nunca pasarían. El concierto de Marduk reveló muchas cosas. La censura que surgió desde el Concejo de Bogotá y trascendió a la secretaría de Gobierno, se convirtió en una persecución de un tipo específico de bandas. Esto reveló que los venues que se prestan para este tipo de géneros, que no son ni el Teatro Julio Mario Santo Domingo ni el Jorge Eliécer Gaitán ni el nuevo Proscenio que van a construir, se hacen usualmente en la informalidad. Esto se puede utilizar como motor de excusas relacionadas con los permisos, lo que en el caso de Marduk logró que no se presentaran al final.

Después de esto comenzó la persecución de otros conciertos como el de Escorbuto, que es de punk, que aunque uno sabe que es una música pesada, no genera el más mínimo indicio de violencia. Esta no es una persecución directa ni sistemática, pero sí proviene desde la administración y no permite la inclusión de otras voces culturales como el metal y el punk. Esto puede lograr que los géneros marginales se reduzcan a Rock al Parque, porque las otras oportunidades de difusión se están persiguiendo desde arriba.

Nosotros exigimos recursos, pero más allá, un compromiso por parte de la Administración de construir un sistema de POT para poder continuar promoviendo los géneros más consumidos masivamente en Bogotá.

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