Thom Yorke de Radiohead. Crédito: Jim Dyson/Getty Images.

Días de Radio(Head)

El artista Nicolás Consuegra escribe sobre Radiohead desde su experiencia; analiza su valor desde el punto de vista tanto musical como visual, y habla sobre las veces que la banda ha intervenido activamente para que las reglas de la industria musical cambien.

2017/11/28

Por Nicolás Consuegra

Con Radiohead se me vienen a la mente otros grupos que combinaron la palabra head en sus nombres, como Motörhead y Portishead. La lista es más bien extensa (harto metalcito por ahí, por aquello de ser metalhead). Pero ante todo me llega el recuerdo de Talking Heads, fuente de inspiración para el artista Lorenzo Jaramillo quien con su conjunto de cabezotas compuso obras que combinaron lo gráfico y lo pictórico (dicotomía importante para algunos) en una serie de retratos sobre seres imaginarios que parecerían no poder contenerse en sí mismos.

En cualquier caso, no era la música lo que hacía que estos seres enajenados nos mostraran el momento particular de sus estados alterados. Eran los años ochenta y, lejos de las trivialidades cantadas por las llamadas bandas hair bands, había otra salida para ese malestar de la cultura que trajo consigo la época post-Vietnam, post-Nixon, post-Turbay. La década que nos sirvió en bandejita de té (no para tres) a Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Belisario Betancur, los partidos de fútbol que anestesian a la gente, Carlos Andrés Pérez y aquel mundo de frivolidad sin límite de los “nuevos ricos”.

El New Wave sirvió de pivote entre los setenta y ochenta y nos dio música inigualable con bandas como Devo, Roxy Music, Blondie, Elvis Costello, The Pretenders, The Human League, Soft Cell, o como la Kosmische Musik (burlonamente Krautrock) de CAN o Kraftwerk, la electrónica dura de Einstürzende Neubauten o la blanda de New Order, o el pos-muchascosas de This Mortal Coil, Sonic Youth, Pixies, etcétera.

Ahora, para ser sincero, Jaramillo no se fijó en la música del cuarteto neoyorquino. Quizás nunca los escuchó. Era otra su música: el canto lírico o la música sin forma de Erik Satie, a quien le dedica su Piezas en forma de pera. Fue más bien el nombre de esta agrupación (cabezas parlanchinas) lo que detonó en Jaramillo las asociaciones que quedaron registradas en estas obras de los inicios de los ochenta.

Este preámbulo sirve para decir que algo similar me sucedió con Radiohead. En principio, el muy sugestivo nombre de esta agrupación me recordó el fotocollage de Brian Eno donde su cabeza es una radiocassettera (Keep it in Mind) que reproduce música, pero ¿qué música? (Llena tu cabeza de rock).

A decir verdad, no escuché Radiohead cuando se hizo grande. Aunque sí recuerdo fielmente la carátula de OK Computer de 1997 que, enlazado con lo ya dicho –las cabezas parlantes, las cabezas radio, los computadores que no están OK–, nos habla de un momento transhumanista o posthumanista que recoge lo que David Bowie había trazado en sus viajes imaginarios: un Aladino insano que es parte mujer, parte hombre, parte terrícola, parte alienígena y, por qué no, parte paranoico, parte androide.

Llegué tarde (como a muchas cosas en mi vida) a la música de Radiohead, y empecé en desorden con Hail to the Thief (2003), luego pasé a In Rainbows (2007), The Bends (1995) para finalmente abordar OK Computer. Hay más discos, pero no los citaré, excepto por Kid A (2000) y su canción Motion Picture Soundtrack, que por su título evoca tres de mis discos más queridos: Music for Airports, Music for Films (ambos de 1978) y Apollo: Atmospheres and Soundtracks (1983). Todos del padre de muchos músicos: Brian Eno. Y, por último, Amnesiac (2001) y su canción Life In A Glasshouse, que me permite imaginar una posible música ambiental para casas como las de Ludwig Mies van der Rohe, Philip Johnson y tantos otros arquitectos que han considerado la transparencia por encima de lo opaco. Esta, además, es una canción singular que incluye la trompeta del Humphrey Lyttelton, un músico de jazz que accedió a trabajar con Radiohead luego de que su hija le dejara escuchar OK Computer.

Preparar una reseña sobre una banda musical es un proceso complejo si pensamos en todo lo que los músicos (sean estos intérpretes de música popular, sacra, etcétera) producen directa o indirectamente. ¿Qué es lo que nos gusta de una banda? ¿Su música (en términos instrumentales y/o líricos)? ¿Sus videos; como una experiencia complementaria y en ciertos casos determinante? ¿Sus proyectos alternos? En esto Thom Yorke ha demostrado la capacidad de multiplicarse mediante una carrera alterna como solista. También Jonny Greenwood, que ha compuesto la música para películas como There Will Be Blood (2007), We Need to Talk About Kevin (2007) o Inherent Vice (2014). ¿Es la apariencia visual lo que nos atrae? ¿O su ética? ¿Su compromiso con causas sociales, medio ambientales, religiosas, políticas?

Confieso que con los veteranos de U2 supe de Amnistía Internacional y que con Pink Floyd conocí a Vera Lynn, Leonid Brezhnev, la invasión a Afganistán en 1979 y la guerra en el Líbano en 1982. Y supe otros datos curiosos acerca del infame orientalismo los ingleses en la cortísima canción de Get Your Filthy Hands Off My Dessert, a la que suavemente le precede, pareciendo la misma –but not quite The Fletcher Memorial Home (The Final Cut, 1983). Si pudiera devolver el tiempo, pediría que se escuche este álbum a cambio de la mediocre saga de clases y libros abreviados de historia y geografía universal que me tocó leer en el colegio.

Brezhnev took Afghanistan. 
Begin took Beirut. 
Galtieri took the Union Jack. 
And Maggie, over lunch one day, 
Took a cruiser with all hands. 
Apparently, to make him give it back.

(Get Your Filthy Hands off My Dessert)

 

[…]

And now, adding color, a group of anonymous Latin American Meat packing glitterati.

Did they expect us to treat them with any respect? 
They can polish their medals and sharpen their Smiles,

and amuse themselves playing games for awhile. 
Boom boom, bang bang, lie down you‘re dead.

(The Fletcher Memorial Home)

 

Hay algo que considero fundamental: cómo y de qué forma nos llega la música de una banda, pues en algunos casos el empaque suena igual o mejor que la música misma. Recordemos las carátulas y contra carátulas de Technical Ecstasy de Black Sabbath (1976), Dark Side of the Moon o Animals de Pink Floyd (1973 y 1977 respectivamente), Peter Gabriel I, de Peter Gabriel, también conocido como Car (1977) o Pyramid de The Alan Parsons Project (1978) –que, apostaría, influenció inconscientemente a David Cronenberg para su película Videodrome–.

Todas esas carátulas fueron creadas por un estudio de diseño gráfico llamado Hypgnosis que, en una época que nunca volverá, se daba la pela de no cobrar y esperar a que sus clientes pagaran de acuerdo a la satisfacción con el encargo.

Pero las carátulas de Radiohead no son tan memorables, más bien pecan por no tener una consistencia (o contundencia) como la de otras bandas británicas (los Beatles, los Rolling Stones, New Order y, sobre todo, Pink Floyd –Sorry about that, Stanley Donwood–).

Lo memorable está en otros lugares. En su nombre, por ejemplo, quizás ya obsoleto con tanta generación y degeneración de dispositivos móviles y tanto reproductor digital que estresa hasta el límite a quien escucha.

No es nostalgia (nostalgia es otra cosa). Atrás quedó la posibilidad de oír un programa radial completo y la disposición paciente para la siguiente emisión a la misma hora. Los podcasts están aquí las 24 horas del día.

Radiohead escribió una página en la inestable historia de la difusión y comercialización de la música para las masas con In Rainbows. En 2007 publicó en su página de internet el álbum completo, y le dio libertad a seguidores y curiosos para descargarlo sin pagar o pagando a voluntad lo que creyeran conveniente por la música que adquirían. Este es un claro contrapunto a lo que sucede hoy con los medios de noticias que exigen a los lectores pagar por un servicio luego de agotar una cantidad límite de artículos (las suscripciones son bienvenidas).

El mismo año en que Radiohead terminaba In Rainbows, EMI, la disquera con la que había grabado seis álbumes (Pablo Honey, 1993; The Bends, 1995; OK Computer, Kid A, 2000; Amnesiac, 2001 y Hail to the Thief, 2003) fue comprada por una cifra billonaria por Terra Firma, una compañía británica de inversiones a puerta cerrada. Cambiaron los parámetros de la anterior administración y luego de una suerte de tira y afloje decidieron separarse de su disquera para no tener intermediarios.

A comienzos de octubre de este año, Jonny Greenwood anunció en el blog dead air space (esta página ya no existe y se redirecciona a radiohead.com/deadairspace) que el nuevo disco de Radiohead sería lanzado pronto y gratis en formato MP3 por descarga electrónica. Una movida a la que no dio espera EMI, que días después de que Radiohead lanzara la versión en CD con el sello XL (con material exclusivo para su difusión en físico) publicó el compilado de siete álbumes en un empaque de colección.

 

Tampoco la recordada página inrainbows.com existe. Se redirecciona al mismo sitio que dead air space. Pero sirvió para darles una pequeña o gran lección a las disqueras (y a la industria de la música en un sentido más amplio). Se replantearon las reglas del juego en los contratos con los músicos que las disqueras representan (o dicen representar).

En calidad y cualidad musical, Radiohead es una banda sólida que madura con su audiencia; no es del tipo de banda con síndrome de Peter Pan que renueva la generación de su audiencia manteniendo su eterno espíritu juvenil. En Radiohead, cada uno de los instrumentos o vocales compuestos tienen la riqueza y versatilidad del buen sonido experimental sin ser una hermética música para la inmensa minoría. Son una prueba de que la música popular (el rock en este caso) no está tan lejos de las composiciones salidas de un conservatorio, donde artistas como Greenwood han sido educados. Lo interesante es que Radiohead puede soportar la crítica especializada y ser lo suficientemente versátil para entrar al sistema de la frivolidad rockera y sobrevivirla sin que esto agote su nivel creativo y crítica de juicio.

Recordemos que ciertas canciones de Radiohead nos remontan a sus orígenes de niños bien educados, y que se enfrentaron a un escenario neoliberal que los sometió por más de una década a la producción musical y a giras promocionales que estuvieron a punto de llevarlos a la locura. Por un momento pensemos en lo rico que debe ser viajar de una ciudad a otra sin descanso e interpretar las mismas canciones con la misma actitud y vitalidad que espera el público en cada lugar. Las luchas de Radiohead fueron varias: no solo salir de su estado de comodidad (esto puede ser lo peor que le puede pasar a un artista), sino también situarse en ese mar a uno u otro lado del globo de música alternativa, de rock pesado o del Britpop –para muchos un género frívolo–. El álbum The Bends marcó la salida de casa, el encuentro con la independencia, la primera fase de madurez creativa (hay varias fases en la creatividad de un artista), y con él anticiparon el output de los años futuros.

Radiohead se replegó dos años después de componer The Bends y presentó OK Computer, que los pondría en el escenario y a la vez en la picota pública. Con este álbum, un emblema para la generación X, vemos cómo esta agrupación es sensible a la Global Economist, a la Realpolitik y al Electronic Wasteland, como consecuencia del optimismo del desarrollo alimentado por los países no subdesarrollados. El resto es historia que un fanático de Radiohead podrá completar mental o electrónicamente.

Ok. Radiohead, estamos listos para escucharlos en Colombia. True Love Waits.

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