The 5.6.7.8's llevaron su show de menos a maravilloso. Foto: Esteban Vega La Rotta The 5.6.7.8's llevaron su show de menos a maravilloso. Foto: Esteban Vega La Rotta

Día 2: Rita Indiana, The 5.6.7.8's y un domingo que mostró la mejor cara del festival

Al rito que ofreció la dominicana se sumó el clímax gozoso que sólo las japonesas podían entregar. Aportaron el trance de Curupira, el clamor punk de Los Sordos, la descarga de Odio a Botero, y los contundentes riffs de Sodom. El domingo fue rey y afortunados fueron quienes lo presenciaron.

2019/07/01

Por Alejandro Pérez E.

Este festival de aniversario debe rendirle homenaje a su cuarto de siglo de vida y crear nuevas postales para su historia. No suena fácil, no lo no es, pero el domingo 30 de 2019 probó que se puede. La tarde trajo sus chubascos, pero ante todo llovió talento, diversidad, gozo, géneros, tribus, propuestas. La mayoría del tiempo parecía que algo imperdible sonaba en los tres escenarios.

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El séptimo día fue el mejor día (no importa cuándo lean esto)

Rita Indiana cerró jornada en el escenario Lago con un espectáculo humano y sensible y tremendamente poderoso. Su propuesta hechiza. Mezcla -muy, muy naturalmente- guitarras rockeras pesadas, con cadencias dominicanas y pulsaciones y sangre Caribe-puertorriqueña. Y claro, al frente de todo, su voz tan firme y vulnerable. El asombro constante que propuso ese concierto sentó su código desde el principio con una maravillosa apropiación de Sweet Dreams.

Rita presentó a su genial banda con cariño y humor (con menciones al ‘bajo macabro’ y, en los tambores, del ‘hombre de los malos chistes’). Nos dijo a todos que nos consideraban caribes, como ellos, incluyendo expresamente a los del monte. Ratificó una dedicación a su novia, "Si tú te animas, yo me animo", un verso que nunca sonará tan pesado y dulce a la vez en el festival. En sus intervenciones, Rita conmovió e invitó a la reflexión y a la consciencia del dolor de miles en otros lugares, en medio de una gozadera pesadamente asombrosa que hubo que presenciar para dimensionar.

Pero claro, no se trató de UN show. A este, enorme, lo precedieron otros muchos valiosos. Justo antes, en el escenario Bio, Curupira propuso su fusión atmosférica y elevada, un trance que suma sonidos de gaitas y percusiones rurales a guitarras astrales y a un bajo furioso, progresivo, terrenal y contagioso. Todos, genios en su interpretación, pero la figura de María José Salgado, quien rota entre todas las percusiones, quien hace solos de gaita mientras lleva ritmo con las maracas, deja una huella particular. Parece, por segmentos, una personificación de la madre naturaleza en su versión más sonriente, musical y virtuosa.

Curupira y una experiencia espacial, autóctona y progresiva. Foto: Esteban Vega La Rotta

Los llamados conciertos especiales no se quedaron en el rótulo. Temprano, a las 3:30, Odio a Botero no tenía que probarle nada a nadie, pero igual hizo la tarea con su irreverencia dirigida (desde una introducción que mezcló Buenas tardes, amiguitos, ¿como están? y una imitación de Axl rose en Welcome to the Jungle), su dualidad vocal mujer-hombre, sus gritos ready-made, sus observaciones crudas y humorísticas y, sobre todo, con su rock directo y muevecabezas. Gran voltaje desde la guitarra, y una mención especial de estilo para las baquetas rosadas que Camila Moreno, baterista, usó en una canción. Más allá de eso, lo hizo genial. No podía ocultar su sonrisa mientras llevaba la descarga base de la banda y daba envidia (sí, hay de la buena).

La Severa Matacera entregó su sello y lo imprimió en homenajes varios, como el que hizo de Picando el cielo, de Catedral, con Amós Piñeros, su cantante, de invitado especial. Sumó también sus respetos a La Pestilencia y una versión de un clásico de los Rock al Parque noventeros como Cerdo feliz de Morfonia.

Banda Breska abrió función en el escenario Bio con su descarga ska… que es más que ska. Lo probaron de entrada con su introducción de Blind de Korn. Lo probaron desde su música propia con baterías y bajo robustos, guitarra que hasta en tapping incurrió y vientos contundentes que todo lo cohesionaron. Su líder, Aldemar, entró en una moto, luego se demostró sustancial. Contó cómo y por qué venció adicciones y predicó desde el cariño y la aceptación y la paz. La música fue vehículo, el resto del combo soltó su onda y agitó a los tempranos creyentes que cantaron y respondieron bailando hasta con marionetas de 31 Minutos. Los siguió The Klaxon, que en su muy alegre concierto sumó vientos, y vientos y guitarras y más vientos y una etiqueta de vestimenta blanco y negro con toques rebeldes de prendas rojas o maquillaje. Y qué fuerza natural despliega su trombonista Daniela Nieto, una columna vertebral.

Mujeres, virtud

En el escenario Lago se ha vuelto costumbre que las mujeres prevalecen. Y si bien es el más chico, no es el menos importante. Congrega la mejor onda y ofrece el mejor golpe de vista amplia de los cerros, hechos que no importarían si las bandas no valieran la pena.

Eruca Sativa valió mucho la pena. La voz puede no ser para todo el mundo, pero, en vivo, la calidad de la banda es asombrosa y doblega a los no creyentes. La talentosa bajista y su colega, que canta y toca una guitarra que lleva a terrenos de sintetizador y de rock duro, ejecutaron además una serie de instrumentos -bajos y guitarras- hermosos de distintas características-. El hombre, desde los tambores -y también con cuerdas en un punto- sumó su fuerte cuota. Poco apagó la lluvia, que arreciaba en ese punto de la tarde, la llama que encendieron desde el punto uno.

Las japonesas se distanciaron de su fama. Son más que una canción, son una retrovanguardia. Foto: Esteban Vega La Rotta

En esa misma tarima, ya caída la noche, le siguió otro trío, este japonés y de solo mujeres. En un principio, el sonido de The 5.6.7.8‘s. parecía muy bajo para la cantidad de gente que se acercó a verlas pero, pieza a pieza, fueron creando su atmósfera rockabilly/surf y llevaron a esos miles congregados a un clímax muy bonito y particular. Su música es solo gozo, en un ambiente. Sus saludos y agradecimientos fueron fantásticos y enternecedores y, de nuevo, vale hacer una mención especial a la baterista, Sachiko Fujii, una comandante precisa y genial desde su economía de movimientos y gracia. A este show no llegó ninguna mujer vestida de Kill Bill. No hizo falta. Estas maravillosas demostraron que son más que una buena escogencia en una cinta de Tarantino.

ADN reaccionario

En el escenario Plaza transcurrían paralelamente actos necesarios, con dosis de cuestionamiento y rebeldía y, sí, putazos a diestra y siniestra. 

Antes de caer la tarde, entre el performance y su punk, Los Sordos le recordaron al festival su verdadera raíz: las bandas locales. El cantante devolvió la palabra ‘hijueputa’ al léxico de la plaza del Simón, pero no solo por eso se vivió como un espectáculo agitador y provocador. La banda cuestionó al festival en el mismo marco del festival, y su cantante no dudó en saltarse todas las barreras para acercarse a la gente, arengar a los miles de presentes, y nadar entre ellos. La masa lo mantuvo a flote, le permitió navegar de espaldas mientras cantaba sus furiosas letras. Los siguieron Los Ácidos, que desde Guadalajara trajeron su buena dosis de rock de crestas, poderoso, aunque quizás de lo menos sorprendente de la jornada. Los uruguayos de La vela puerca convocaron a un emocionadísimo grupo de fanáticos que les coreó fuerte y claro todas sus melodías de voz. 

Solo hasta el lunes el escenario Plaza se calma. El contingente metalero trajo a Toxic Holocaust y a Sodom como sus mayores exponentes. Foto: Esteban Vega La Rotta

El cierre de jornada vino por cuenta de Sodom, ratificando que ese concierto final de domingo tiene la misión de dejar agotados hasta a los más pogueros. Los alemanes lo hicieron echando mano de su arsenal de riffs oscuros y crujientes. Usaron camisetas de la selección y, en efecto, metieron los goles. Despidieron a la gente en la nota de calidad que merecía esta jornada variada y memorable.

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Coda

En unos años se hablará del cierre, de las presentaciones de Babasónicos, Fito Páez, de la primera vez de Juanes. Se recordará el cierre sinfónico y se hará seguramente por los méritos de una parrilla sólida… Pero una jornada como la del domingo 30 de junio de 2019 no debe pasar desapercibida. No puede ser nota al pie. Desde su diversidad, desde el corazón y entrega de artistas, público y organización, fue casi todo lo que Rock al Parque debe y puede ser. 

Someterse a casi 9 horas de música sin respiro en el Simón Bolívar fue una decisión dura para los pies pero muy afortunada para la mente y el alma: las jornadas largas en el Parque revelan las etapas y matices del cartel. Esas horas también dejaron ver a miles de jóvenes contentos, apropiándose de los shows como suyos... que lo son... No sobra, claro, tener cuidado. Pero el mensaje de cuidarse parece ser ya una práctica de la mayoría de asistentes.

El domingo, segundo día de su edición de aniversario 25, Rock al Parque sumó láminas para el álbum de recuerdos. La gente, a la que todas las bandas le piden gritos más y más fuertes, siempre sumó volumen.

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