Bono en pantalla en el concierto de U2 en Bogotá. Fotos cortesía Sandro Romero Rey. Bono en pantalla en el concierto de U2 en Bogotá. Fotos cortesía Sandro Romero Rey.

U2 en Bogotá: la hora de la elevación

Una crónica de un concierto acompañado por Noel Gallagher y los caprichosos designios del Creador de los dublineses.

2017/10/08

Por Sandro Romero Rey

Todo salió perfecto. Al contrario del concierto de los Rolling Stones donde la fiesta casi queda, literalmente, pasada por agua, la primera visita de U2 a Bogotá parecía supervisada por los caprichosos designios del Creador de los dublineses. Sin peloteras, sin atracadores a la vista, con filas reposadas y relajado optimismo, los feligreses entramos al templo del Campín, preparados para las peores borrascas pero sorprendidos porque los organizadores negociaron a tiempo con el Altísimo y la fiesta evolucionó sin problemas. Yo no sé calcular el número de espectadores en ninguna parte, pero supongo que habría veinte mil almas en el Estadio. Y hubiera podido haber más, muchas más, si la gente a la que le regalan boletas se decidiera a asistir. Pero no nos vamos a poner a pelear en este momento, cuando la dicha me desborda y me quiero concentrar en mi rol de fanático sobreactuado. A veces, cuando me preguntan en los aeropuertos cuál es mi profesión, me dan ganas de responder: “Profesión: Espectador” porque, en realidad, es lo que más me gusta hacer en la vida. O, mejor, “Profesión: Espectador de Conciertos de Rock”. O, si les parece más preciso, para los furibundos: “Profesión: Espectador de Conciertos de Rock de Estrellas de la Tercera Edad”. ¡Cuál tercera edad! Ya quisiera ver yo la misma vitalidad en jóvenes agotados a los veinte años. Pero esa es otra historia.

Me desvío. Siempre me desvío. A donde quiero llegar es que en mi ya larga experiencia como espectador de conciertos de rock lo he visto casi todo, pero debo reconocer que, con U2 y su Joshua Tree en vivo, he llegado a la emoción perfecta. Yo sé que ahora está de moda odiar a Bono, como está de moda odiar a Vargas Llosa o a la paz en Colombia. Cada cual que piense lo que quiera. Sin embargo, en asuntos de música (y de espectáculos; porque lo de U2 en Bogotá va mucho más allá de lo sonoro) uno no debería mezclar la mierda con la pomada, porque la caspa de la furia no lo dejará ver el inmenso paisaje de la belleza en el que puede sumergirse. Es posible que a uno se le destemplen los dientes cuando los artistas fungen de mesías en un mundo que ya no lo arregla ni un acuerdo interno entre los dioses. Sin embargo existe, por fortuna, el sonido, que todo lo resuelve. “¿Vas a ver a esos hijueputas de U2?”, me dijo un amigo que en su vida ha oído una canción de los hijueputas de U2. Sí, le dije, con los ojos muy abiertos, como Juana de Arco, mártir de mis emociones. Porque nadie tiene derecho a criticarte tu pasado, las canciones que te hicieron feliz, los videos a los que te aferraste en 1982, cuando eras un muchachito que no sabía nadar en las tempestuosas aguas de la existencia. Y Bono, The Edge, Clayton y Mullen Jr., como tantos otros músicos, ayudaron a salvarte. Hoy, ellos no solo saben lo que vende la nostalgia, sino que evitan la tentación de las nuevas canciones para concentrarse en el álbum que los llevo al cielo y los trajo de vuelta a la tierra. Los irlandeses siempre han querido ser más grandes que los ingleses y los viejos muchachos de U2 se lo han tomado al pie de la letra. Así que siempre han optado por ser los mejores del mundo. Y lo logran, qué le vamos a hacer.

Noel Gallagher y los High Flying Birds abren el concierto de U2 en Bogotá.

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Para comenzar, se han ido de viaje con unos teloneros que de teloneros no tienen nada: el ex Oasis Noel Gallagher y su nueva banda, los High Flying Birds (como el viejo libro de Charlie Watts sobre Charlie Parker). Son también cabeza de cartel. A las siete y quince de la noche se apagaron las luces del Estadio El Campín y sonaron en el aire los primeros acordes de aquelarre de Shoot A Hole Into The Sun, para los especialistas. Acto seguido, las luces al centro y comenzó la ceremonia con una tanda del nuevo oasis de Gallagher: Everybody’s On The Run, Lock All The Doors, In The Heat Of The Moment y Riverman. Hay que aclarar que, al entrar al estadio, uno se encontraba con una megapantalla, blanca y anodina, con la sombra del árbol de Josué amenazante, una pasarela y un segundo escenario al centro de la mitad de la cancha. Nada más. Gallagher y los suyos se acomodaron al centro. Era la segunda vez que Noel tocaba en Bogotá “y ya me siento como en casa”, dijo, con la imposible coquetería de los hijos de Manchester. El hermano de Liam sonó como debe ser, con discretos videos a un extremo de la pantalla y aplausos ordenados del respetable. En la sección de clásicos de Oasis el entusiasmo del público fue un tanto mayor (los que fuimos al Callan Institute nos sabíamos sendos fragmentos de tan hermosos himnos: Champagne Supernova, Half The World Away, Little By Little, Wonderwall y la teatral Don’t Look Back In Anger), hasta que Cronos indicó el final del combate, con el tema titulado AKA… What A Life!, que se convirtió en un anuncio de lo que se venía, en una mezcla de efectos visuales y trapisondas sonoras. Aplausos cerrados. El “Oé Oé Oé Oé” del público se convirtió en “Noel Noel Noel Noel” y santas pascuas. Media horita larga de descanso.

A las nueve de la noche, se apagaron las luces y los veinte mil celulares de los espectadores se encendieron en un solo impulso. Mientras tanto, en el aire, sonaba una versión de The Whole Of The Moon, hermosa canción del grupo escocés The Waterboys del glorioso año 1985 (“Yo imaginé un arco iris, tú lo sujetaste en tus manos. Yo tenía proyectos, pero tú viste el plan. Yo deambulé por el mundo durante años, pero tú simplemente te quedaste en tu habitación. Yo vi la luna creciente, pero tu viste toda la luna…”. Ni mandada a hacer para estos tiempos mediocres). La luz del pequeño escenario central se encendió y apareció el baterista Larry Mullen Jr. caminando hacia una de las dos baterías dispuestas. Sin pérdida de tiempo, señoras y señores, Sunday Bloody Sunday. Y claro. Esta secretaria deprimida que llevo adentro de mi alma no hizo sino llorar, recordando el glorioso concierto inmortalizado en Under A Blood Red Sky, ese betamax que aún guardo como si fuera la Piedra de Rosetta, desde 1983.

The Edge se ubica como el obrero que siempre ha sido y saca sus notas de piano y guitarras. Adam Clayton, sin una gota de alcohol, es un metrónomo inquieto y Bono, Dios Nuestro Señor, entra a tomar el toro por los cuernos. Así empiezan y no paran, hasta que dos horas y media después a la carroza no le queda más remedio que convertirse en calabaza. Acto seguido, otro clásico de la prehistoria: New Year’s Day, que los sociólogos analizan y sacan metáforas con la realidad colombiana. A mí esos temas políticos poco me traman y me dejo llevar por la dulce alienación de la música, que nunca falla. Como el homenaje a Bowie (Heroes) al interpretar Bad, el tercer tema de la noche. ¿Cómo no ser felices y tristes al mismo tiempo? La primera tanda terminó con Pride (In The Name Of Love), himno entre los himnos, cantado a gritos por ángeles y demonios, porque la banda ya se había echado al universo en el bolsillo. Y eso que el concierto no había aún empezado.

La zancadilla metafísica comenzó cuando el grupo se fue hacia atrás, la pantalla se iluminó de rojo y el árbol de Josué abrió su sombra negra sobre el mundo. Los cuatro dublineses se pararon uno al lado del otro, para recibir los aplausos. Y a lo que vinimos, señoras y señores. Where The Streets Have No Name, con la imagen de una infinita carretera en blanco y negro, falso plano secuencia de una línea del horizonte y un punto de fuga, en altísima definición, donde el cine y la música se vuelven un solo impulso de irrealidad. Por allí, dulce y coqueta, la discreta armonía de California (There Is No End To Love) del álbum Song Of Innocence de 2014, como para que el pasado no acabase de un tajo con los esfuerzos del presente. Como se sabe, The Joshua Tree es una colección de genialidades sonoras irrepetible. Pero el golpe visual del concierto es un complemento inesperado. No se trataba de un grupo de rock con algunas imágenes adicionales, o con las figuras agigantadas de sus intérpretes. En este caso, había un concepto que no aplastaba la música (como en The Wall de Alan Parker) sino, al contrario, le rendía homenaje, la dejaba fluir, la reinventaba. Yo no sé si Bono espera que cuando canta como los querubines I Still Haven’t Found What I’m Looking For está esperando que nosotros, sus acólitos, nos pongamos a pensar en sus letras. Yo, al menos, no lo hago. Simplemente me dejo llevar. Y ahora, había que sumarle los paisajes de fin de mundo que acompañaban los acordes, como si los desiertos de Paris, Texas se hubieran venido a vivir a Bogotá. Y ese efecto se consigue a plenitud cuando entra el color para With Or Without You, himno internacional de la república del rocanrol. Las montañas rocosas encienden el paisaje y los espectadores volamos, poseídos, hagan lo que quieran con nosotros, papitos, estamos en sus manos.

Siguiendo el orden de las cosas, Bullet The Blue Sky es una catarata fascinante, una de mis canciones favoritas de U2, que no tiene pierde, tóquenla donde la toquen. Como en Dublin, como en México, como en New York, todos los espectadores sacan sus celulares y graban los temas para que el instante no se les pierda. Nadie tiene la paciencia ni las ganas de perder el tiempo escribiendo al día siguiente lo que no se puede describir. Aquí la pantalla se divide en cuatro. Vemos primeros planos de hombres y mujeres que se ponen cascos militares, mientras vemos a los músicos, en blanco y negro, en vivo, con estilizaciones de lo que ya vemos en el escenario, pero ahora convertidos en materia del audiovisual, mapping de la felicidad, Bono con el reflector sobre The Edge, como en la película Rattle And Hum de Phil Joanou, yo no podía creerlo. A sus pies, embajadores de Dublinia.

Running To Stand Still es el momento de las confiancitas ideológicas del cantante. Ensaya con el español para introducir sus mensajes (no lo habla tan bien, como Jagger, que habla hasta chino en los conciertos). Pero el discurso se diluye pronto en la canción que siempre es tan bella. Tanto, que las imágenes se concentran en sus intérpretes, en las gafitas y en el paral del micrófono clavado al piso, como la cruz de Cristo. No hay clips. Si el lector no me cree, puede mirar en YouTube la sensación de misa de bastardos en la cual estamos ya todos envueltos, en Amsterdam y en Vancouver, en Seattle o en Chicago. La armónica de Bono respeta las órdenes de los productores del álbum, Brian Eno y Daniel Lanois cuando, treinta años atrás, les dijeron a los muchachos: tenemos una obra maestra. De aquí no se van hasta que la vuelvan eterna. Y aquí siguen, en el 2017, entrando al Campín con Red Hill Mining Town. Una banda de vientos del Ejército de Salvación, en un plano secuencia filmado, acompaña a la banda en vivo, vaya Dios a saber cómo sincronizaron todos los sonidos. Pero suena como la fanfarria del fin de los tiempos y la imagen es firme, seca, colorida y triste, como deben ser los sacrificios: mirando a la cámara. Las animaciones del árbol de Josué siguieron con In God’s Country, árbol azul, verde o amarillo, The Edge feliz haciendo sus segundas voces, Mullen Jr. sedado con sus baquetas y Clayton dándoles la hora a todos los invitados. Bono, medio chiquito, con sus botas de tacón alto, principito celta, no se deja vencer por ningún motivo y sigue siendo el rey. Demasiada belleza junta.

Los que se saben la cara B de The Joshua Tree no se confunden con el orden final: Trip Through The Wires, One Tree Hill, Exit (con sus ladridos de Wise Blood e incluso Eeny Meeny Miny Moe) y Mothers of the Disappeared. Antes, un chiste anti-Trump, con imágenes de archivo manipuladas, y referencias al muro de contención, a las intolerancias del momento. Una travesura que pronto se escurre entre los intersticios del final del álbum que explota con toda su violencia y su eficacia sin pausa ni errores. Ya han triunfado. Pueden regresar a casa, compañeros.

Aplausos, pero la oscuridad sigue. Es el momento de la pequeña trampa indulgente en la que todos caemos, temiendo que no vuelven los que ya tienen calculado su regreso. Y los señores de U2, cómo no, regresan con la artillería pesada: Beautiful Day, Elevation y Vertigo, los latigazos impecables de los tiempos medianos. Aquí hay música para todos, señores. E imágenes y viajes y deformaciones, ácidos de la tecnología con los que no se puede ser más feliz porque a Dios siempre le quedan faltando los cinco centavos para el peso. A las once de la noche, los cuatro magníficos se fueron y regresaron para la sección final, donde lanzaron su novedad, You’re The Best Thing About Me, simple y pura, signo de la madurez inalámbrica. Luego, el collage femenino en Ultraviolet (Light My Way), donde vimos imágenes de todas las chicas posibles, desde Frida Kahlo hasta Caterine Ibargüen, pasando por Michelle Obama y sor Teresa de Calcuta, Policarpa Salavarrieta o las hermanas Mirabal. Todas las mujeres que les cupieron allí estaban, para terminar de meternos en los bolsillos de sus almas abarrotadas de utopías. ¡Pero sonaban tan bien! Valor, chicas. Aquí estamos, todos a una, como en Fuenteovejuna.

En estos momentos es cuando uno empieza a hacer cuentas: “Mierda, no han cantado ni Mysterious Ways, ni Miss Sarajevo, ni Party Girl, ni Desire, ni One”. Bueno, One llegó, cómo no, con tremendo mensaje de paz hacia Colombia, la descarriada. Sin embargo, milagro, el narrador de estas líneas, que ya no cree ni en el final de los artículos, se convence de que las utopías son posibles, al menos en las cuatro horas de un concierto de rock. Y One lo saca del letargo, para devolverme al pasado feliz, a un Achtung Baby siempre recuperable, no siempre U2 en YouTube.  

Puedo decir que en Bogotá vivimos no un momento especial, sino un acontecimiento sublime, uno de esos estremecimientos que sólo se tienen una vez en la vida y que, cuando estemos en la tumba, se nos iluminará una sonrisita de satisfacción al recordar que sí, que alguna vez estuvimos en uno de los escasos momentos perfectos de la especie humana, poco tiempo antes de que suenen las alarmas que anuncien la inminencia del Juicio Final. Por fortuna, allí estará Bono, inagotable, para darle un Alka-Seltzer a los guayabos de Dios.  

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