Mujeres contra Bolsonaro, Belo Horizonte. Foto: Luiz Rocha | Mídia NINJA. Mujeres contra Bolsonaro, Belo Horizonte. Foto: Luiz Rocha | Mídia NINJA.

La escena cultural brasileña le declara la guerra al populismo de derecha

Si Jair Bolsonaro gana las próximas elecciones de Brasil, el sector cultural estará en peligro.

2018/10/26

Por Katharina von Ruckteschell-Katte.

Este artículo apareció originalmente en: Contemporary And (C&) América Latina: revista de arte contemporáneo en los puntos de encuentro entre América Latina, El Caribe y África

En medio de las acaloradas circunstancias que preceden a las elecciones, la escena cultural brasileña le declara la guerra al populismo de derecha al estilo Bolsonaro. Los artistas se están movilizando a través de las redes sociales en protestas, manifestaciones, declaraciones e intervenciones. Pues desde su perspectiva, la democracia y la libertad de expresión artística están en peligro. Todo por lo que se luchó durante la dictadura militar, todo por lo que muchos dieron la vida, de pronto parece estar en peligro. “Por eso alguien como Bolsonaro en Brasil es más peligroso que un Trump en los Estados Unidos. Nosotros no tenemos una verdadera democracia”, dice el escritor Luiz Ruffato en el periódico colombiano El Espectador.

La constante caída del fomento de la cultura comenzó en 2013, momento en que la población brasileña salía a las calles para protestar por el aumento de las tarifas de transporte. A esto siguió el impeachment contra Dilma Roussef, que dejó en el poder a un presidente que en última instancia no hizo otra cosa que salvarse a sí mismo de las acusaciones de corrupción. El nuevo gabinete de Michel Temer estaba compuesto en su totalidad de varones blancos y ya mayores.

Los estigmatizados se convirtieron en protagonistas

En esos años también surgieron otros discursos. El tema del racismo siempre se había minimizado con el argumento de que en última instancia todos en Brasil tienen un origen étnico mixto. Pero entonces los artistas y activistas afrobrasileños dijeron basta y exigieron a las élites “blancas” un abordaje de la cuestión. También la escena LGBT se mostró firme y reclamó por sus derechos. Grupos estigmatizados como las prostitutas, los inmigrantes o los sin techo se convirtieron en protagonistas de acciones artísticas. Los artistas se volvieron actores del quehacer político-social.

Sobre todo se destacó un grupo que por lo general asumía, incluso entre los intelectuales, un papel tradicional: las mujeres. El feminismo –y muy especialmente el feminismo afrobrasileño e indígena– se fue convirtiendo en un movimiento cada vez más fuerte ante las posiciones misóginas de un Temer o de un Bolsonaro. Nombres como los de las artistas performáticas Michelle Mattuizzi, Anita Ekman, Christina Takuá o Jota Mombaza son representativos de una nueva generación de artistas militantes capaces de enfrentar el machismo brasileño.

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Con la caída del apoyo público a la cultura surgió simultáneamente una corriente que revaloriza el arte y la cultura. Pero representantes de grupos religiosos quieren dictar y decidir cuál es el arte bueno y que se puede mostrar. El arte se fue convirtiendo en juguete de creadores de opinión pertenecientes sobre todo a sectores evangélicos y de otras religiones. “Las campañas populistas de derecha intentan poner en cuestión todo el arte y sus instituciones y denigrarlos tachándolos de parásitos del sistema”, dice Jochen Volz, director de la Pinacoteca de São Paulo.

Surgió una persecución contra todo lo que no correspondía al ideal de la estética, la moral y las costumbres brasileñas. En los últimos dos años, el Goethe-Institut en Brasil recibió varias veces demandas por haber cometido “daños corporales”, “blasfemia” o “pedofilia” en exhibiciones, performances o acciones de grafiti. La constitución brasileña, que es una de las más modernas, democráticas y liberales del mundo, no puede impedir que los tribunales y los jueces se dejen influir por estas tendencias religioso-reaccionarias.

Wagner Schwartz, conocido performer brasileño, expuso en el Goethe-Institut de Salvador y en el Museo de Arte Moderno de São Paulo la obra La Bête y tuvo que soportar una tormenta de insultos, protestas e incluso ataques físicos porque un niño tocó al intérprete, que estaba desnudo. Wagner Schwartz abandonó Brasil durante un año debido al miedo: llegó a recibir amenazas de muerte. Ahora casi no encuentra teatros o museos que estén dispuestos a mostrar sus performances. En São Paulo será el Goethe-Institut el que exhiba su próxima pieza.

También el desarrollo de la Bienal de São Paulo en los últimos seis años resulta interesante: los curadores de la bienal de 2014 y 2016 reaccionaron de modo vigoroso al compromiso político de la población. La bienal que abrió sus puertas hace dos meses tiene un rasgo completamente distinto. Gabriel Pérez-Barreiro pone al artista en el centro y con su muestra aspira a que el foco de la observación esté en el arte en cuanto arte. Así surgió una muestra llamativamente apolítica en medio de una ciudad que vibra en una sintonía (artístico-)política.

Pero sería exagerado afirmar que todas las instituciones culturales se sometieron a los dictados de esa opinión pública censuradora. Espacios importantes como el Museo de Arte de São Paulo (MASP), el Instituto Tomie Ohtake, el Centro Cultural Banco de Brasil (CCBB), Itaú Cultural o incluso la Pinacoteca tienen proyectado abordar temas como la sexualidad, la esclavitud o las mujeres. Sin embargo, algunos ya han comenzado a tomar medidas de seguridad y a poner restricciones por edad. También las “instituciones S” (Servicio Social del Comercio y Servicio Social de la Industria), entidades culturales que se financian con parte de los impuestos a la economía, intentan resistir a esta evolución, aunque cada vez con menos compromiso. Ahora bien, Bolsonaro ya anunció que de inmediato cerrará esas instituciones para usar los impuestos en cosas más importantes que la cultura. Así, acabaría de un golpe con el sector cultural más rico de Brasil.

Una situación parecida a la de la dictadura

Pero ahí están: la autocensura y el miedo a las consecuencias cuando se aborda un tema “inmoral”. Por eso, para resistir al terror son necesarios el coraje y la persistencia. Antonio Araujo, director del importante festival teatral MITsp de São Paulo, lo expresa con claridad: “Todos los que pertenecemos al sector cultural tenemos miedo de que cualquier cosa que sea ‘innovadora’ resulte prohibida”.

La bancarrota de la cultura pública es concomitante con una sociedad civil cada vez más activa artísticamente, que a su vez es avivada por las ideas de derecha racistas, antifeministas, homofóbicas y transfóbicas. Así surge un conflicto entre dos grupos polarizados que, si gana Bolsonaro, podría culminar en una guerra civil, afirma Wagner Schwartz.

Si efectivamente gana Bolsonaro, se podría llegar a una implosión política y cultural, una situación parecida a la de la dictadura, que los brasileños aún recuerdan muy bien. A más tardar entonces, será hora de que los países del mundo que tienen como valores fundamentales la democracia y la libertad artística se entrometan y adopten posturas a favor de la valerosa, inquebrantable escena artística brasileña.

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Katharina von Ruckteschell-Katte es directora regional para Sudamérica y directora del Goethe-Institut São Paulo.

La versión original de este texto apareció en el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung.

Traducción del alemán de Nicolás Gelormini

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