Los hermanos Cuñachí —Osman, Omar y Segundo— trabajaron para Petroperú recogiendo crudo sin ninguna protección. Chiriaco, Perú, febrero de 2016.Omar Lucas. Foto: Vía Revista 5W Los hermanos Cuñachí —Osman, Omar y Segundo— trabajaron para Petroperú recogiendo crudo sin ninguna protección. Chiriaco, Perú, febrero de 2016.Omar Lucas. Foto: Vía Revista 5W

La mejor crónica de Iberoamérica según el Premio Gabo

Este jueves se entregaron en Medellín los premios de Periodismo Gabriel García Márquez, que reconocen los mejores trabajos periodísticos de Iberoamérica en cuatro categorías. Estos fueron los ganadores.

2018/10/05

Por RevistaArcadia.com

El jueves 4 de octubre se entregó, por sexto año consecutivo en Medellín, el Premio de Periodismo Gabriel García Márquez. Desde su primera entrega, el Premio se ha erigido como el más importante del periodismo en Iberoamérica y reconoce no solamente los mejores textos y trabajos audiovisuales, sino también la cobertura de un hecho determinado y la innovación periodística.

Al Premio se inscribieron más de 1700 trabajos, los cuales fueron revisados en tres rondas distintas por 51 jurados quienes eligieron anoche los cuatro ganadores en cada una de las categorías (texto, innovación, cobertura e imagen). Cada uno recibió un premio por treinta y tres millones de pesos y la obra Gabriel, del artista colombiano Antonio Caro.

Esta es la crónica ganadora

Un niño manchado de petróleo

Joseph Zárate

España

Publicado en Revista 5W

Si Dios pudiera concederle un deseo, Osman Cuñachí, niño awajún, le pediría un smartphone. O una pelota de fútbol. O cambiar sus chancletas de plástico por unas zapatillas fosforescentes. Aunque, si lo piensa mejor, pediría más bien una bonita casa de cemento y ladrillo como las que una vez vio en Lima, más resistentes a las tormentas que las cabañas de madera y techo de hojas que abundan en Nazareth. Por eso Osman, miembro de la etnia más numerosa de la selva norte del Perú, quiere mudarse a la capital para estudiar Arquitectura, tener una esposa y un solo hijo, pues sabe que criar tres o cuatro o cinco, como es habitual en su aldea, supone pasar hambre y necesidad. Eso le ha dicho papá, un profesor jubilado que alimenta cinco bocas con su pensión mensual de 400 soles (105 euros): ni la mitad de un sueldo mínimo. El viejo prefiere que Osman sea ingeniero químico para que sepa todo sobre el petróleo y así le vaya mejor que a él. Porque desde que una enorme tubería rota derramó unos 500.000 litros de este combustible aquí, en este pedazo de bosque húmedo y montañoso de Amazonas, la región más empobrecida del país, algunos adultos dicen que un mes limpiando el petróleo del río paga siete veces más que un mes cultivando la tierra. Aunque ahora teman quedar envenenados.

Es una tarde lluviosa de junio de 2016, seis meses después de que se bañara en un río lleno de petróleo, y Osman Cuñachí, once años, flaquito como un cable, camiseta desteñida de Spiderman, frunce el ceño y se siente raro al ver su cara en un enorme cartel afuera de la casa comunal. Es el lugar donde los awajún suelen discutir asuntos importantes sobre la vida de la aldea: elegir a una autoridad, construir un camino, castigar a un ladrón. El letrero anuncia una campaña de salud, llevada por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, para evaluar a veinticinco niños que dicen estar enfermos por haber juntado petróleo a cambio de dinero. En la imagen, Osman, metro y medio de estatura, tiene manchados de negro la cara, los brazos, los pies, la camiseta roja que lleva en letras blancas la palabra Perú. El niño sonríe mientras carga un balde sucio.

—Sales bien feo —le dice un amigo de pelos parados, pelota bajo el brazo, camiseta del Barça, y Osman se tapa la cara con las manos.

La foto que lo avergüenza y que el país y la prensa internacional comentarían con indignación se la tomó una vecina con su celular el día que Nazareth pasó de ser la comunidad más grande de la provincia de Bagua, con sus 4.000 habitantes, su río marrón y millones de árboles rascacielos, a protagonizar “el peor desastre ecológico de la última década”.

La tarde en que se manchó con petróleo, Osman Cuñachí practicaba tiros libres con un amigo cuando dos ingenieros de Petroperú, la compañía estatal más rentable del país, llegaron a Nazareth en una camioneta blanca 4x4. Desde temprano un vapor ácido se expandía desde la ribera del río Chiriaco y se colaba en las cabañas de madera como una nube invisible de gasolina. Una fisura de once centímetros en un tramo deteriorado del Oleoducto Norperuano —una serpiente de acero de más de 800 kilómetros que transporta el petróleo de la selva a la costa— había derramado en una quebrada cercana cantidad suficiente para llenar casi media piscina olímpica. Nativos contratados por Petroperú improvisaron una barrera de troncos y lonas de plástico. Contuvo el petróleo unos días, pero nadie calculó que la violencia de una tormenta durante la madrugada desbordaría el crudo río abajo y lo esparciría como una flema negra y aceitosa que tragaba a su paso insectos, raíces de árboles, canoas, cultivos de plátano, cacao y maní. Los animales huían de la corriente, las madres se lamentaban junto a sus chacras arruinadas. Cadáveres de peces flotaban sobre el agua oscura. Trece derrames de petróleo —casi uno por mes— tuvieron lugar en la selva peruana en 2016 debido a esa serpiente de acero que se desangraba. Nazareth sería el primer eslabón de una cadena de estropicios.

En su libro de ciencias de sexto grado, Osman Cuñachí había leído que el petróleo es una sustancia prehistórica, hecha de la misma materia que los fósiles de dinosaurio. Y en algún episodio de Tom y Jerry lo había visto brotar de las profundidades de la tierra como un chorro negro e incontenible que hacía saltar de alegría al suertudo que lo hallara. Recién supo que el petróleo valía dinero la tarde del derrame, cuando los ingenieros de Petroperú llegaron en su todoterreno para anunciar a las familias que pagarían a quienes ayudaran a recoger el combustible del río. Si un agricultor de plátano ganaba al día unos 20 soles (5,30 euros), por juntar crudo en un balde podía ganar hasta siete veces más: el doble del salario de un médico de la región Amazonas. En una zona donde siete de cada diez personas son pobres, donde no hay agua potable ni retretes, donde las mujeres enferman de anemia por la desnutrición crónica, donde es más frecuente que un niño menor de cinco años muera de malaria que por la mordedura de una víbora, donde ventarrones fríos y sequías inesperadas hacen más difícil hallar tierra fértil para cultivar, el pago de Petroperú era más de lo que un awajún había tenido o imaginado jamás. Los ingenieros no advirtieron de que sería peligroso; no dieron trajes especiales ni dijeron quién sí podía hacerlo. Esa tarde hubo familias que por necesidad fueron al río Chiriaco a recoger todo el petróleo posible.

Lea la crónica completa haciendo click acá.

Los otros ganadores

Categoría Imagen

Memoria, verdad y justicia para las pibas

Leonardo Vaca, María Florencia Alcaraz

Argentina

Publicado en Revista Anfibia

Categoría Cobertura

Venezuela a la fuga

Ginna Morelo, Laura Weffer, Sara Castillejo, Diego Pérez, Ibis León, Ángel Colmenares, Sheyla Urdaneta, Lisaura Noriega, Luz Mely Reyes, Catalina Oquendo, Mirelis Morales, Vanesa Arenas, Fabiola Torres, Leyla López, Mayté Ciriaco, Valeria Reyes, Juan David Jaimes, Juan Oñate, Francisco Dumar, Nolan Rada, Yorman Maldonado, Gustavo Brandes, Mónica González, María Paula Cardona, Gabriel Bobadilla, Gina Domingos, Jeanfredy Gutiérrez

Colombia – Venezuela

Publicado en El Tiempo – Efecto Cocuyo

Categoría Innovación

Los desterrados del Chaco

Juan Heilborn, Robert Báez, Maximiliano Manzoni, Nadia Gómez, Fernando Ferreira, Alejandro Valdez Sanabria, Jazmín Acuña

Paraguay

Publicado en El Surtidor

Vea a los demás nominados acá: Estos son los 12 finalistas del Premio de Periodismo Gabriel García Márquez

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