"Se supone que en un buen taller de escritura quien lee se queda callado. El texto tiene que defenderse solito. Y aguantar los latigazos", escribe Andrés Delgado. Foto: Getty Images. "Se supone que en un buen taller de escritura quien lee se queda callado. El texto tiene que defenderse solito. Y aguantar los latigazos", escribe Andrés Delgado. Foto: Getty Images.

Apegos y agotamientos: sobre las implicaciones estilísticas del uso de algunas palabras

OPINIÓN ONLINE | Nuestro columnista Andrés Delgado revisa la pertinencia y desgaste de algunos verbos y adjetivos en el ejercicio de la escritura creativa.

2018/08/29

Por Andrés Delgado

En los talleres de escritura creativa es muy común que alguien se defienda diciendo: “no, así es mi estilo”. Lo curioso de dicha metodología es que quien trae al grupo su creación, luego de leerla, también pueda excusarla.

Se supone que en un buen taller de escritura quien lee, cuando termina, se queda callado. El texto tiene que defenderse solito. Y aguantar los latigazos. Por eso, lo más recomendable es que el tutor mantenga en la puerta del salón dos armarios por los que cada uno debe pasar a recoger lo suyo: un traje con piel de cocodrilo y un buen látigo. La piel para protegerse de los rabiosos azotes de los colegas cuando ponga a su consideración un texto. Y claro, el látigo es para dar lo suyo cuando otro salga a la palestra.

Ojo, porque la utilería se tiene que devolver al final de la clase. Sin importar que la piel haya quedado destrozada. Y salir a tomar cerveza con los compañeros como si nada hubiera sucedido.

“No, así es mi estilo”.

Por favor. Y uno con ganas de aprender algo de literatura.

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Además de permanecer callados cuando leen otra condición, algo que siempre es recomendable en los talleres es establecer una pena para quien diga la palabra “estilo”. Quien la usa debería pagar la cerveza y los chorizos de la sesión. O debería someterse a una docena de mordiscos. O sostener un habano y calarse las gafas de Maluma por lo que resta del mes.

Queda terminantemente prohibido calificar con palabras que se desconozcan.

El estilo. Hay que verlo en boca de lectores de fin de semana, los mismos lectores que son escritores cada ocho días en la sesión del taller.   

El estilo literario es uno de los conceptos más usados y, sin embargo, más problemáticos. Y aun así, para caer en el pantanero, como nos gusta por estos lados, recordemos a William S. Burroughs. Es seguro que hay otras definiciones pero acá utilizaremos una bien fácil, porque ante todo la pereza. El querido viejo dijo que el estilo es la capacidad de cada uno para elegir qué palabra, entre una gama de significado similar, debe ser la que vaya a continuación de otra en esa sucesión de imágenes.

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Las palabras que se usan. Así de simple, al parecer.

Por eso, si lo que se quiere es comenzar a cultivar esa cosa innombrable, resulta muy útil ir dejando en lista cuáles palabras gustan y cuáles no. Cuáles están dentro de los apegos y cuáles en los agotamientos.

A continuación, algunas implicaciones estilísticas en el uso de algunas palabras. Vuelve y juega: como en toda lista, el gusto y la arbitrariedad van por encima. Queda la invitación para realizar la propia lista de apegos y agotamientos.

Poner:  

Creo que está muy bien cuando un viejito impotente usa el verbo poner en uno de sus relatos. Con treinta y nueve años, estoy cerca de escribirlo, pero mientras tanto lo evitaré a rajatabla. El verbo poner es débil, carece de fuerza, de sentido, es un verbo general y abierto. Hay que desterrarlo de nuestra lengua. Se tiene que reemplazar por acciones específicas que pinten con intensidad la escena. Veamos algunos ejemplos sobre el uso de este defectuoso verbo. Si pretendemos pintar una escena en la que el niño “tuvo un impulso de ponerse en el piso a chillar” miremos cómo cambia la fuerza de la frase al sustituir ponerse por tirarse: “Tuvo un impulso de tirarse al suelo a chillar”.

La frase cobra mayor fuerza cuando el niño no se pone a chillar sino que se tira a chillar.

Veamos otros ejemplos:

“Los dos encapuchados fueron separados del grupo y forzados a ponerse de rodillas” es muy diferente a “los dos encapuchados fueron separados del grupo y forzados a doblegarse de rodillas”. Incluso, hay otra opción más dramática: “Los dos encapuchados fueron separados del grupo y forzados a humillarse de rodillas”. La lista de ejemplos podría alargarse mucho… Un momento. “Alargarse mucho”, carajo, otra expresión que no se sabe si produce un sueño espantoso o náuseas. Intentemos de nuevo: “La lista podría alargarse hasta el final del bendito libro”.

Bien, otro más para terminar: “En la cárcel, como en todas partes, alguien tiene que poner las reglas, y ese orden como siempre depende de las armas, en este caso, de los cuchillos”. “Poner las reglas”... Ay, Dios. No es ni siquiera establecerlas: hay que obligarlas. “En la cárcel, como en todas partes, alguien tiene que imponer las reglas”, “alguien tiene que monopolizar las reglas”. Forzarlas. Violentarlas.

Hacer, querer, decir:

Los verbos hacer, querer y decir están muy bien cuando estás escribiendo, siempre y cuando tengas entre ocho y doce años. Si no es así, hay que zanjarlos de un plumazo. Por el contrario, nada mejor que leer una acción clara y potente, una frase con un verbo que te pega el cerebro contra el plano de la escena, que te obliga a ver el personaje, a sentirlo en las tripas. Guillermo Arriaga, el escritor y guionista mexicano, lo hace muy bien cuando describe acciones: “Al regresar a oscuras ella intentó saltar primero, pero no calculó bien la distancia y se precipitó al vacío”. Ya, no más, la acción se ve, se siente. Y no es necesario más palabrerío. Arriaga es un capo narrando acciones. Lástima que sea tan mal poeta.  

En mi ñoñada incorregible, alargo una lista en un archivo en Excel con los verbos que considero rotundos y eficaces. Corromper, chocar, desgastar, estrechar, precipitar, desafiar, roer, traquear, quebrar. Redondos y eficientes. Devorar, sofocar, asfixiar, abarrotar, arrancar, conjurar, etc. En fin. Y de nuevo, podríamos hacer una lista larga hasta que dejen de pasar las temporadas de Los Simpson.

Hermoso:

Al igual que algunos verbos, hay adjetivos que son un fastidio. Son tan aburridos que le dan a uno ganas de bostezar y quedar con los ojos rojos y brotados. No transmiten nada. Por ejemplo hermoso, lindo, fantástico. Espantoso. La palabra bonito es lo más feo que hay en la vida. Las maneras apropiadas para usar estos adjetivos sin quedar embadurnados de miel hasta el cuello es ajustarlos a un punto de vista particular, un narrador con personalidad, o en una paradoja o un oxímoron. “Había un cadáver de un hombre con ropa tirado en el asfalto, podrido, maloliente. Hermoso”. “El disparo fue certero, en mitad de los ojos, un disparo impecable, lindo”. Ahora vamos con el oxímoron… A ver… uno con fantásticofantástico y… Carajo. La verdad no se me ocurre, pero seguro hay uno o más.

Por el lado adverso de los adjetivos que dan hastío, están aquellos que te agarran del cuello y te empujan contra la pared. Atónito, desconcertado, anárquico y promiscuo. Adjetivos contundentes. Demoledor, áspero, encasquillado. Sumisa, servil, borrega. Miserable, enloquecido, desesperado. Adjetivos hermosos. Pfhhh, allí está, embadurnado en miel.

Conflictiva:

La frase “Diana era muy conflictiva” no dice nada. Y hasta te molestas leyéndola. Qué cansancio. No se te mete en la sangre, no la entiendes porque ¿qué significa eso de ser conflictiva? Uno de los primeros trucos que tienen que aprender los escritores es caracterizar a los personajes a través de sus acciones. Si al profesor de cuento se le entrega una frase de este tamaño el profesor devolverá el trabajo con un cero en la nota. Si por el contrario se le entrega un diálogo más o menos así:

—¿Vamos a comer?

—¿Comer? Oigan, pues, ¿por qué no te largás, malparido? —y Diana le estrelló la puerta en la nariz.

Con esta caracterización, puede que el ‘profe’ califique con un 3 o un 4 si está de buenas pulgas. La cuestión es que en la acción pinta el carácter. Los buenos escritores han practicado una técnica que el periodista argentino Cicco ha dado en llamar “el detalle llave”; es decir, la acción que pinta el modelo mental del personaje, su carácter, su forma de ser. El detalle que abre la puerta de su personalidad.

Veamos algunos ejemplos:

“Santicos, la señora que vivía cerca del páramo de Tipacoque, un pueblo perdido en el Santander, era una matrona que cuando se iba a mercar el maíz y la sal, dejaba a Dionisio, su esposo, encerrado en el rancho con candado”. Eduardo Caballero Calderón.

“El señor X espera que le llenen la copa de vino, cuando el mozo vuelca unas gotas en su mano, la cara de X cambia en un segundo de color, vira del rosa mandril al morado frambuesa. Exclama: ‘¡Es el primer mozo con mal de Parkinson que conocí en mi vida!’”. Cicco, periodista argentino.

En una crónica sobre Ron Jeremy, una de las grandes estrellas que dio el cine porno, Juan Pablo Meneses cuenta más o menos lo siguiente: Jeremy rodó cerca de 1.500 películas gracias a una súper polla de 25 centímetros y ha hecho una fortuna. Luego de la entrevista, Meneses le pide a Jeremy que se tomen una foto juntos. Mientras posan, Jeremy lo abraza y le dice: “Esto te costará 10 dólares”.

Y este es mío: “Una mañana, mientras me bañaba, Marcela esculcó los mensajes recibidos en mi teléfono móvil y se encontró con esta joya: ‘Todo queda entre nosotros, Sara’. Cuando salí del baño, en vez de hacerme el reclamo, Marcela me tumbó en la cama, se desnudó, y me sexó con una ferocidad nunca vista”.

Bastardo:

Ahora que a todo el mundo le dio por escribir como hablamos, por simular el estilo de don Fernando Vallejo, hay una lista de palabras que resultan horribles. Y lo son porque, como nunca nadie las dice, al menos en Medellín suenan muy feo, de verdad. Lo que quiero decir es que, claro, estoy completamente de acuerdo con que uno debe sonar natural, sin imposturas, tal cual es, pero también estoy completamente en desacuerdo con que siempre se deba escribir con acento antioqueño.

Como sea, hay una serie de palabras que uno lee hoy por hoy y que, a lo bien, deberían estar por fuera de la literatura, a menos de que uno se crea un escritor del siglo XIX. Bastardo. Es una lástima, pero por estos lares nadie insulta de esa manera. Lo mismo sucede con basura. En la prosa actual antioqueña, incluso colombiana, y latinoamericana, uno quisiera encontrar un personaje insultando de esa manera: “Eres una maldita basura”. Pero no. No se encuentra en nuestra lengua porque suena impostado, demasiado gringo. Es como si un paisa dijera: “gilipollas de mierda”.

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