"El riesgo de convertir a los demás en meros objetos de un decorado a nuestro servicio es muy alto", escribe Fernando Travesía. Foto: Vía Cloudfront. "El riesgo de convertir a los demás en meros objetos de un decorado a nuestro servicio es muy alto", escribe Fernando Travesía. Foto: Vía Cloudfront.

Enfoca, dispara y… mata: los peligros de los estereotipos turísticos

Nuestro columnista Fernando Travesí habla de los peligros de la exotización y los estereotipos que se reproducen entre los turistas europeos ahora que empieza el verano.

2018/07/31

Por Fernando Travesí

De una manera u otra, para muchos llega un periodo de vacaciones en esta época del año. Y no son pocos los que eligen viajar a destinos exóticos (concepto elástico y polisémico que convierte la Isla Cocoa de las Maldivas en un lugar exótico para un madrileño, al igual que lo hace con la Plaza de la Cibeles para un maldivo).

Algunos lo harán para “desconectar” (y no puedo evitar el entrecomillado porque nuestra supuesta vocación y deseo de desconexión da para otro artículo, como mínimo); otros para conocer nuevos mundos, aprender y ampliar horizontes; los hay que solo buscan el descanso y los que van ansiosos buscando una aventura; también los que (lo sepan o no) solo buscan sacar a pasear al pequeño colonizador que llevamos dentro, ese que tanto gusta imponer el estilo propio y sus costumbres allá donde vaya. Habrá, incluso, quienes se enrolen en programas de voluntariado con el objetivo emplear su tiempo en algo que sienten más útil, diferente y con más significado.

En realidad, muchos son los motivos (visibles, invisibles, conscientes o inconscientes) que se entrecruzan tejiendo y dando forma a las páginas de un pasaporte.

Y en todos los casos, independientemente de que el equipaje que lleven consigo al aeropuerto vaya en una mochila raída por el uso, en un bolso lleno y cargado de ilusión, en una maleta de marca, o en un sofisticado trolley con rueditas (uno de esos que son tan prácticos para el que los usa como irritantes para los que soportan su sonido rodando por las aceras) en todos habrá un elemento común dispuesto a enfocar, disparar y, a veces, incluso matar: la cámara de fotos o el teléfono que haga sus veces.

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Una fotografía puede servir para muchas cosas. Puede enseñarnos algo más sobre el mundo en el que vivimos, un ángulo nuevo, un detalle invisible, o contarnos una historia que de otro modo pasaría desapercibida. Pero puede también propagar y cementar estereotipos, legitimar realidades discriminatorias o, directamente, atropellar la dignidad de los demás. El riesgo de todo esto último se acrecienta cuando se viaja a países del llamado “tercer mundo”, o a zonas en las que el denominador común es la carencia y la necesidad. Ahí, el turista occidental (y casi siempre accidental) camina por el filo de la ética y la moral cada vez que desenfunda su cámara de fotos, cada vez que activa el objetivo que incorpora su teléfono. Y, a menudo, sin ni siquiera darse cuenta.

Todos los años, por estas fechas, una campaña organizada por una Fundación Noruega que lucha contra las percepciones y lugares comunes sobre los países en desarrollo o los programas de ayuda humanitaria lanza una campaña para recordar a viajeros y voluntarios lo fácil que es reproducir estereotipos negativos, el daño que producen en la dignidad de las personas y el impacto que tienen a nivel individual, local y global. Basta con expandir generalizaciones simplistas sobre la pobreza a base de fotografías, utilizar los sitios y a las personas como atracciones turísticas, idealizar la “simplicidad” de la pobreza frente al exceso del mundo consumista en el que vivimos (¿cuántas veces hemos oído la frase de que en esos lugares “son tan felices con tan poco” con tono paternalista?) o presentarse a uno mismo en la narrativa de las fotos como “el salvador” que trae el bien, regalitos y algo de consuelo a donde “tanto se sufre”.

La campaña plantea unas interesantes reflexiones que traducen en consejos para que el fotógrafo accidental se interrogue por los verdaderos propósitos de su fotografía: ¿Cuál es tu verdadera intención al publicar y compartir esa foto? ¿Aprobarías una imagen similar de ti mismo si alguien te fotografiara en las mismas circunstancias? ¿Habrías hecho el mismo viaje sin la posibilidad de tomar y publicar fotos en las redes? ¿Has pedido el consentimiento de quienes fotografías?

En estos tiempos de Instagram, Facebook y Twitter, de enfebrecida obsesión por las selfies y en los que el destino más probable de cualquier fotografía es una red social en la que se compite por atraer la mayor atención posible, la tentación por hacer fotos diferentes y espectaculares es muy grande, y el riesgo de convertir a los demás en meros objetos de un decorado a nuestro servicio muy alto.

Quizá basten tres o cuatro preguntas y unos momentos de reflexión antes de hacer clic para evitarlo.

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