Katy Perry y Rihanna en la MET Gala. Crédito: Photo by Kevin Tachman/Getty Images for Vogue.

Poder, dualidad y devoción: la moda como religión

Una mirada a la vestimenta de la reciente Gala del Museo Metropolitano de Nueva York.

2018/05/17

Por Ángela Carmona

Hace tan solo una semana, la imagen de Rihanna, papisa de la moda, ataviada con un vestido imponente diseñado por la casa Margiela, inundó las redes sociales. También la de Emilia Clarke, que vistió un traje negro que representaba a La Dolorosa, la de Lana del Rey ornamentada con ocho puñales en un corazón sangrante de oro, y las polémicas alas de Katy Perry de más de dos metros de alto.

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Cada primer lunes de mayo el mundo de la moda se conmociona con la Gala del MET (Museo Metropolitano de Arte de Nueva York) y sus insólitos temas, en el marco de las exposiciones anuales del Costume Institute. En esta ocasión, se dio un despliegue de simbolismo religioso por el tema de este año, Cuerpos celestiales: moda e imaginación católica, la exposición más grande que ha realizado el instituto de la mano de Andrew Bolton como curador y Anna Wintour, directora artística del grupo editorial Condé Nast y editora en jefe de la revista Vogue Estados Unidos.

Desde el 10 de mayo, y hasta el 8 de octubre, el MET expondrá un acervo que refleja las relaciones entre moda y  arte religioso. Son más de 150 obras, entre ellas trajes de Versace, Madame Gres y Coco Chanel, y piezas  prestadas por el Vaticano, muchas de ellas expuestas por primera vez al público.

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Tras años de negociaciones entre el MET y el Vaticano, el tema religioso por fin integra la lista de exposiciones como El Mundo de Balenciaga  realizada en 1973, Yves Saint Laurent: 25 años de Diseño, presentada en 1983 o, en años recientes, Alexander McQueen: Belleza Salvaje en 2011 y China: a través del Espejo, en 2015. Más de 600.000 espectadores estarán inquietos por observar los tapices de la colección del Museo Metropolitano de principios de la Edad Media o el vestido de Valentino que está bellamente bordado con hilos de oro, plata y plumas de faisán para recrear el jardín de Adán y Eva.

Lo que más me impactó de la Gala fue, por un lado, que se evidenciara el poder que sigue teniendo la Iglesia para establecer los cánones de belleza, tanto femeninos como masculinos. Por el otro, ver cómo la indumentaria se erigió como una forma de legitimar el discurso religioso desde la belleza visual. “Verán algo hermoso, y eso es parte de la imaginación católica”, dijo James Martin, sacerdote jesuita conocido por su defensa a los sacerdotes homosexuales. La exposición muestra precisamente eso: prendas blancas bordadas con oro que ponen en evidencia la vanidad en los atuendos fastuosos y piezas de varios diseñadores que exaltan, centímetro a centímetro, la belleza en los detalles. La estética religiosa, y también la Iglesia como institución hegemónica y cerrada, extrañamente potencializan el discurso de la alta constura: no muchos pueden darse el lujo de llevar un atavío bordado por tres mujeres en tres, cinco o diez años.

Pero el coletazo de la iglesia católica frente a nuestros ideales propios de belleza no solo se relaciona con el lujo y la exuberancia, sino también con la dualidad entre el cielo y el infierno que constituye y contrapone la imagen de la mujer pura contra la pecadora. La Iglesia antepone la figura de la mujer virtuosa, que solo lo es si logra alejarse del cuerpo; si no lo logra, la mujer es el mismo demonio, la oscuridad. Esta lucha se vio en la alfombra roja: unas puras y otras vulgares o al menos salvajes, como Kate Moss con un mini vestido de crepé negro con escote halter ornamentado con plumas negras que rodeaban su cuello.

Ese imaginario también se reforzó en la exposición: el vestido de novia de una sola costura de Balenciaga, creado en 1967 e inspirado en las prendas que usó Jesús en la Crucifixión, contrasta con las piezas inspiradas en la subcultura gótica británica de la década de 1980.

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La devoción, tanto en la iglesia como en la moda, continúa latente. La imagen como mecanismo de poder ha sido utilizada por ambas: la iglesia en la Contrarreforma, por ejemplo, y la moda en cualquier imagen que aparece en nuestras redes sociales. Ambas construyen una relación de devoción hacia ciertos códigos: el blanco o el negro, brocados dorados, coronas imperiales o aureolas. Siglos de historia occidental atravesaron cada uno de los objetos explotados por la moda el lunes pasado. La gala como experimento de resignificación o de vaciamiento simbólico mostró el poder y la vigencia actual de las imágenes religiosas que han sido construidas durante siglos.

¿Qué se espera de estas imágenes? Esa es una de las preguntas que se hace Oscar Londoño, historiador de arte, experto en temas religiosos y vida conventual. “El papel de las figuras religiosas en nuestra sociedad tiene una capacidad de desempoderamiento, ya que les dejamos a los santos la solución de nuestros problemas. Y yo me quedo pensando en la moda como religión, porque al final Bolton y Wintour tenían muy claro que la mirada de lo religioso ha organizado nuestra sociedad durante siglos. Tanto Madame Grès, pasando por Vionnet, Alexander McQueen, los sombreros de Philip Treacy, Jean-Paul Gaultier como el excéntrico Galliano, fueron criados bajo una cultura católica. Todos tienen una inclinación que define sus impulsos creativos, una provocación, del cielo o del infierno, que les permite realizar trabajos de arte extraordinarios a los cuales les seguimos rindiendo culto”.

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