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El honor que nos hace falta

A raíz del feminicidio de una amiga cercana, nuestra columnista reflexiona en estas cápsulas testimoniales sobre las luchas feministas, el lenguaje y la pérdida echando mano del pensamiento de la escritora francesa Virginie Despentes.

2018/06/16

Por Manuela Lopera

Hace algunos días hablaba con un amigo acerca de la violencia de género y terminamos enfrascados en una discusión acerca del término “feminicidio”. Él sostenía que se trataba de una palabra radical que, además, encerraba una injusticia: darles más importancia a los asesinatos de las mujeres. Yo intentaba explicarle que se trataba de todo lo contrario, que justamente el término había nacido como una forma de clasificar una conducta repetitiva y con patrones precisos, que señalaba su especificidad como un crimen de odio hacia las víctimas por su género. Intentaba, también, ilustrarle que era una categoría que algunas feministas acuñaron desde la década del setenta para denunciar la dominación como disparador de numerosos crímenes contra mujeres por ser mujeres.

Después de mi intervención, ya un poco más moderado en su discurso, mi amigo decía que tal vez la discusión que tenía que darse era alrededor de las ideas de belleza e identidad dominantes en nuestra sociedad machista. Él hablaba de la “mujer-objeto”, de un supuesto impulso de las mujeres por ser deseables para los hombres y de encajar en patrones no solo uniformes sino también vulgares, dados por referentes como el de las mujeres de la mafia que todavía siguen vigentes.

Hasta un punto, yo estaba de acuerdo, aunque él seguía afirmando que el malestar tenía origen en la misma mujer y que, de algún modo, éramos responsables del destino que nos había tocado en suerte. Como dice Virginie Despentes en Teoría King Kong: “Siempre culpables de lo que nos hacen. Criaturas a las que se responsabiliza del deseo que ellas suscitan”.

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La misoginia suele venir de formas veladas, envuelta en sutilezas. Se desliza bajo afirmaciones como “las viejas son exageradas, lloronas, gritonas, bulliciosas, histéricas”, hasta en adjetivos como “interesadas”, “brutas”, “mantenidas”, “putas”, “busconas”, “débiles”, “incapaces”. A menudo se dice que quienes se destacan piensan o escriben “como un hombre”. Y es que es así: las mujeres no solamente son vistas como andróginas sino que, por las estructuras patriarcales, ellas mismas se han calificado de esa manera. “Las mujeres que reclaman una voz pública son tratadas como especímenes andróginos o parece que se tratan a sí mismas como tal”, afirma Mary Beard en Mujeres y poder. “Sé que tengo el cuerpo de una mujer débil y frágil, pero tengo el corazón y el estómago de un rey, el de un rey de Inglaterra”.

¿Qué quiere decir “pensar como un hombre”? ¿Acaso que la intelectualidad, para que pueda alcanzar cierta acreditación pública, debe expresarse en términos masculinos, como lo sugiere de nuevo Mary Beard al referirse al griego homérico? Todos estos estereotipos, transmitidos por generaciones de cultura patriarcal y heterodominante, han hecho de la mujer una especie de monstruo, un individuo que sigue perdiendo en la balanza de la vida social. Con un agravante del que no somos del todo conscientes: nosotras mismas creemos todo eso y somos las primeras en atacarnos y descalificarnos. Esos discursos, crueles y misóginos, dice Beard, nos han sacado toda la empatía posible: “Una vez más, no somos simplemente víctimas o incautos de nuestra herencia clásica, sino que las tradiciones clásicas nos han proporcionado un poderoso patrón de pensamiento en cuanto al discurso público”.

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Hace poco, una amiga me contó acerca de su madre, una señora de clase media alta, profundamente atormentada por la crisis actual y angustiada porque todo iba a terminar de irse al carajo si Petro llegaba a ganar la Presidencia. Le reclamó porque en una publicación reciente su hija había sugerido que iba a votar por Petro —mi amiga es una arquitecta que ha trabajado desde hace años en la transformación urbana y social de Medellín—. La madre le cuestionó qué era lo que había hecho mal y la hija, en un arrebato de justicia, le recriminó que ese pensamiento era señal de no haberse interesado nunca por cruzar la ciudad, por entenderla más allá de sus pequeños círculos, los de mujeres que vivían de rentas y jugaban cartas en los clubes sociales, esos que seguían siendo los mismos recintos excluyentes de siempre.

El tema de las madres seguía dándome vueltas y recordé otra anécdota que me pareció que también podía ser síntoma de lo que éramos, de la huella que madres dominantes habían dejado en nosotras. Ella tenía doce años y estaba frente al féretro de su padre, que había muerto en un accidente. En medio del velorio no pudo contener su llanto y su mamá le dijo:

—¡Quedate callada, culicagada!

Ese grito la paralizó, le sacó las ganas de llorar y el deseo de contener, en adelante, sus emociones. Un pedido que se convirtió en mandato y en la necesidad de hacer todo por agradarle, de ser digna del cariño materno.

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Cargo con recuerdos que todavía me golpean como sablazos. Una tarde, poco antes de graduarme del colegio, mi mamá y yo discutíamos. De pronto no aguanté más y me ahogué en llanto.

—Ahora vas a empezar a llorar, ¡no llorés!

En su cabeza el llanto era debilidad, representaba todo lo que no podía permitirse. Y esa frase, que era una puñalada a mi necesidad de comprender mis emociones, de entender un poco la vida, se quedó rondando como un pájaro que a veces vuelve presagiando tristeza.

Creo que en el fondo tiene mucho que ver con eso, con la crisis afectiva entre madres e hijas que, en nuestro caso, ha sobrepasado barreras de clase social y religión. En ese caso, la precariedad y las carencias se convierten en la mejor forma de naturalizar todas las formas de esclavitud. Pienso en la película La mujer del animal, en la idea del cuerpo femenino como sitio de profanación donde finalmente se materializan y se posan todas las miserias humanas. Desde muy temprano las niñas deben aprender a cocinar, a cuidar a sus hermanos, a trabajar, a prostituirse, a entender que su naturaleza es la del servilismo, la de aceptar los atropellos como un destino incuestionable. Todo es amenazante y las demás mujeres son las enemigas en esa carrera por la supervivencia.

Estamos asentados en la aceptación de la esclava sexual, representada en la jovencita que dormía en el cuarto de atrás, que en las primeras décadas del siglo XX llegó del campo a trabajar en casas de familia. Esa mujer —campesina, negra, indígena, pobre, iletrada— fue la encargada de suplir las necesidades viriles de patrones y muchachos vírgenes. Era, sin eufemismos, “la puta de la casa”. No podemos olvidarnos de que el patriarcado y la sociedad conservadora despreciaron a la mujer y sólo pusieron por encima los derechos que iban ligados a la clase social. Todas esas desigualdades nos fundamentan, nos sostienen. Así que yo le diría a mi amigo que su tesis sobre lo que ocurre con las adolescentes y las chicas en el fondo es síntoma del mismo mal: la idea de la belleza tan artificial y plástica, el culto al bisturí y los tratamientos estéticos, las mujeres al servicio de un sistema económico, del más perverso capitalismo traducido en exitosas casas de alisados, de pelos en serie llenos de iluminaciones y extensiones.

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“Vale la pena llevar ropa poco confortable, zapatos que dificulten la marcha, vale la pena rehacerse la nariz o hincharse los senos, vale la pena morirse de hambre. Nunca antes una sociedad había exigido tantas pruebas de sumisión a las normas estéticas, tantas modificaciones corporales para feminizar un cuerpo”, dice Despentes. La moda, lejos de estimular la diferencia y la expresión, es una trampa para que todas jueguen a ser íconos que se cuentan con los dedos de la mano. “Si no avanzamos hacia ese lugar desconocido que es la revolución de los géneros, sabemos exactamente hacia dónde regresamos. Comprender los mecanismos que nos han hecho inferiores y los modos a través de los cuales nos hemos convertido en nuestras mejores vigilantes, es comprender los mecanismos de control de toda la población. El capitalismo es una religión igualitarista, puesto que nos somete a todos y nos lleva a todos a sentirnos atrapados, como lo están todas las mujeres”.

Hace apenas unos días llevé a mi hija de nueve años a un cumpleaños. Las mamás empezaron a quejarse y a preguntar qué íbamos a hacer si ganaba Petro. “Nos vamos para Estados Unidos”, dijeron algunas. Otra me dijo a mí: “Tú puedes irte para Argentina”, suponiendo que la situación en el país de mi esposo estaba mucho mejor que acá. Mientras tanto, yo pensaba en las declaraciones que dio hace poco María Eugenia Vidal, la gobernadora de Buenos Aires, quien dijo sin ruborizarse que no podían llenar la provincia de universidades porque “todos sabemos que los pobres no llegan a la universidad”. Durante la charla yo estuve callada hasta que les dije: "Creo que no debe haber una pesadilla cotidiana más cruel que la de despedirse de los hijos con el fantasma de los tiroteos escolares". Dije eso, lo reconozco, con el ánimo de provocarlas, de sacarlas de su adormecimiento, el mismo que solo les permite repetir que Colombia no puede convertirse en otra Venezuela. 

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Vivimos en un mundo de crecientes totalitarismos, de proyectos proteccionistas que empiezan a fomentar nuevos nacionalismos —xenofobia, ataques terroristas, paranoia—. Quizá lo rescatable, lo valioso, sean aquellas manifestaciones discretas, las pequeñas revoluciones de la gente que cree que ante la injusticia sólo hay una vía: resistir. Hace poco, algunas profesoras, luego de la brutalidad de Trump de sugerir que los profesores se armen,  le contestaron que, en realidad, necesitaban pinceles, crayolas, marcadores y lápices. Otra maestra, a quien el presidente escribió una carta, se la devolvió con correcciones gramaticales a manera de sátira, pero con el poderoso propósito de develar que el lenguaje entraña mucho más que el objetivo de agitar las masas al odio.

El lenguaje es la herramienta con la que aún contamos para seguir resistiendo. Vimos a muchas actrices denunciando casos de abuso. Vimos a la joven activista Emma González, de 18 años, que fue capaz de protestar por la muerte de sus 17 compañeros asesinados y las masacres en las escuelas. Vimos a las mujeres irlandesas levantarse y defender su derecho al aborto, a las argentinas, con su movimiento del pañuelo verde, discutir su mismo derecho por un "aborto legal y seguro" y su lema “educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”. También vimos morir asesinada a Marielle Franco, la activista y política brasileña que luchaba por los derechos de las mujeres y las comunidades LGBTI, hechos que siguen engordando la lista de feminicidios en nuestro continente. Y esta semana nos tocó despedir a Laura Ocampo Betancur, amiga, 30 años, diseñadora gráfica.

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De Laura puedo decir que amaba los perros, que amaba la vida, a sus padres y a su hermano homosexual. Le gustaba ilustrar plantas y hasta tenía su propia colección botánica, que cargaba discretamente en sus viajes. Ahora ya no está y su familia y amigos tienen que conformarse con la sonrisa de las fotos, esa que no le cabía en la cara y que le borraron para siempre el lunes pasado. La asesinaron de forma cruel, destrozaron una familia y torcieron el destino de una mujer que necesitábamos entre nosotras. De nuevo, Despentes: “Del miedo a la muerte, me acuerdo de manera precisa. Esa sensación blanca, una eternidad, no ser nada, ya nada. Es la posibilidad de la muerte, la proximidad de la muerte, la sumisión al odio deshumanizado de los otros, que hace que esa noche sea imborrable”.     

A veces parece que el lenguaje, a través de una charla o una lectura, tuviera todo el poder de ver más allá, de intuir el futuro. Es como si camináramos a través de senderos que ya hemos recorrido antes. Yo no quería esta polarización, no creo en la realidad sin matices pero sí tengo la suficiente conciencia para darme cuenta de que todo este asunto de las mujeres y sus derechos, de las mujeres y sus protestas, de las mujeres y su supervivencia, de las mujeres y quienes todavía no se atreven a pararse en la única vereda posible, tiene que ver con lo que está mal en el mundo. Es como si esta frase de Despentes por fin dejara de tener sentido: “La herida de una guerra que se libra en el silencio y en la oscuridad”. Yo quiero un país libre, estoy a favor de la protección del medio ambiente, la inclusión de las minorías —comunidades indígenas, comunidad LGBTI, mujeres—, creo en el equilibrio de poderes y sobre todo, quiero un país en paz.

Luego de la ceremonia, hordas de jóvenes —compañeros de trabajo, familiares, amigos— caminamos hasta el lugar donde iban a dejar sus restos. Se necesitan muchos años para que una vida florezca: tiempo para jugar, para estudiar, para cultivarse y aprender. Se necesita sólo un minuto para que todo eso desaparezca. La gente comenzó a caminar de vuelta y un grupo de mujeres nos quedamos ahí, bajo un árbol, conteniendo el aliento y observando un tiempo más su sepulcro. Solo hay un camino: hoy no puedo darles la espalda.  

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