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La urgencia de mirar hacia nosotras

Cuando analizo discursos de mujeres que critican el feminismo me parece estar viendo un síntoma: el de la falta de sororidad de quienes, favorecidas por hegemonías patriarcales, aprendieron a pensar dentro de lógicas que no tienen ninguna empatía de género hacia quienes se han quedado por fuera.

2018/11/29

Por Manuela Lopera

Cuando leo opiniones que intentan restar importancia a las denuncias a favor de la igualdad de género me da escalofrío. Opiniones como la de Catherine Millet y su enfrentamiento al movimiento #MeToo, que esgrime la injusticia de acabar con la reputación de ciertos hombres por excesos del pasado; de críticas frente a las acusaciones sobre conductas inapropiadas, acusándolas de pretender una relación políticamente correcta entre hombres y mujeres, de querer encauzar la seducción como un asunto igualitario cuando en realidad se ha tratado de sumisión. O las declaraciones de la exdiputada española Cayetana Álvarez, quien tildó de “disparate” la huelga feminista del pasado 8 de marzo, y dijo que la idea del victimismo es contraproducente, “que vivimos una etapa extraordinaria para las mujeres” y que el determinismo biológico es innegable: “las mujeres tenemos bebés”. En diferentes países hemos visto a algunas actrices tomar partido en contra de estos movimientos de denuncia, alegando que nunca se han sentido menospreciadas ni desean perder privilegios que vienen de la caballerosidad de los hombres, que no se han sentido incómodas en el lugar de objetos del deseo.

En Argentina —un país en el que el movimiento contra los abusos patriarcales ha tomado tanta fuerza—, algunas actrices y modelos han dicho sin ruborizarse que les gusta que les sigan abriendo la puerta del carro, sentirse cuidadas y protegidas por los hombres. Esos discursos no son más que las mismas premisas machistas de siempre, maquilladas para parecer modernas, y esconden la comodidad, la ceguera de quienes se saben las mujeres de los poderosos, las bellas incapaces de sentir empatía por sus semejantes. Florence Thomas lo explica así en la revista Credencial: “no ser feminista es ser absolutamente cómplice de la cultura patriarcal. Es no sentir ninguna molestia porque pertenece a ella. Ser feminista es pasar de la casualidad de haber nacido mujer a la conciencia crítica de lo que significa ser mujer en una cultura patriarcal”. Estas mismas mujeres alegan que tantas denuncias huelen a totalitarismo, cuando en realidad estamos hablando de derechos, de la vida y la integridad de las mujeres, que es lo que está y ha estado en juego siempre.

En América Latina mueren asesinadas más de nueve mujeres al día víctimas de la violencia machista. La región es la más violenta del mundo para ellas fuera de un contexto de guerra —según la ONU—, como pone de manifiesto una nota reciente de El País.

Cuando analizo discursos de otras mujeres que critican el feminismo y que pelean por sacarse etiquetas que las ponen en lugares femeninos, me parece estar viendo un síntoma: el de la falta de sororidad de mujeres que, rodeadas de privilegios y favorecidas por hegemonías patriarcales, aprendieron a pensar dentro de lógicas que no tienen ninguna empatía de género hacia quienes se han quedado por fuera y dan por sentado que si sus congéneres no hacen parte de núcleos de poder, es porque no han sabido ganarse un lugar. Me desconciertan esas posturas cargadas de cinismo.

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Hoy más que nunca es necesario el feminismo porque nos permite comprender que la mitad de la población es castigada en el mundo laboral, sometida, acosada y asesinada por su condición de género. Cuando decidimos pararnos del lado de las mujeres estamos defendiendo a millones de campesinas cuyas vidas se sustentan en la desigualdad: muchas llegan a creer que apenas son poseedoras de derechos. “Mujeres que son las que primero se levantan y las últimas que se acuestan, que viven en función de los demás y se olvidan de ellas mismas”, dice Maritza Sánchez, creadora de Ancestra, un proyecto para transformar la vida de las mujeres rurales. Cuando hablamos de feminismo, hablamos de las mujeres negras: discriminadas, pauperizadas, dejadas de lado por los sistemas de salud; de las mujeres indígenas: explotadas, sometidas a poderes patriarcales y a prácticas ancestrales aberrantes; de las prostitutas y las mujeres trans, que sobreviven en condiciones de pobreza, lidiando con asuntos tan básicos como el derecho a la identidad, a la salud, resistiendo la exclusión, la invisibilidad; de las niñas: en 2017, en Colombia, fueron reportados 15.131 casos de abuso sexual contra menores de 14 años, un promedio de 41 casos diarios, según Mutante, el nuevo proyecto periodístico que da voz a la violencia sexual en menores; de las madres adolescentes, una problemática con cifras aterradoras: 5950 niñas menores de 14 años estuvieron embarazadas en 2017 y solamente 146 accedieron al aborto legal.

Para que todo esto sea así, el sistema patriarcal ha contado con aliados poderosos: el capitalismo, la Iglesia. En De repente, la libertad, la novela de Évelyne Pisier y Caroline Laurent que leo en este momento, el padre, un hombre militar durante la Francia colonialista de posguerra, le dice a su hija de 9 años: "Tener un varón es garantía de perpetuidad. Pierre Desforet siempre será Pierre Desforet”, y su hija le pregunta: “¿Y yo quién seré?”. “La señora… la señora de fulano o mengano”.  Y luego la madre le dice: "No te costará nada encontrar a un hombre que esté a tu altura… fuerte, inteligente. Valiente. ¡Un hombre como papá!”.

Caroline, la narradora, lo explica así: "Simplicidad del principio que regía la sociedad desde siempre: las mujeres son inferiores a los hombres. Las primeras cedían de modo natural a los segundos su apellido, su patrimonio, su cuerpo y sus ambiciones. Eran raras las que abrazaban un destino individual”. 

La madre acaba de tener a su segundo hijo —un varón— y un tiempo después, se va a la biblioteca municipal. Allí, luego de contarle a la bibliotecaria que ha dado a luz a un niño, le pide que le recomiende una lectura y ella le trae El segundo sexo de Simone de Beauvoir. “Y su esposo André odiaba a Beauvoir, a Sartre, a los comunistas. La odiaría si lo leía. Inventar a la mujer. Acabar con la visión dominadora de los hombres. La voz de Simone de Beauvoir había encendido hogueras dentro de ella". 

Pienso en esas palabras y concluyo que la urgencia sigue siendo la misma: que entre nosotras comiencen a calar otra clase de discursos. Hoy, muchas escritoras han reflexionado acerca de su propia escritura, incluso repensando lo que consideraban que era válido hasta hace unos años: creer que su trabajo no tenía un matiz de género. Me cuesta creer que es posible trabajar sin esa perspectiva. Cuando las cifras dejen de ser escandalosas, podremos hablar de condiciones de igualdad. Por ahora eso parece seguir siendo una utopía.

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