Ya es hora de que construyamos un movimiento cívico capaz de hacerse oír y capaz, sobre todo, de modificar los modelos sociales y económicos por modelos sostenibles": Pablo Montoya. Ya es hora de que construyamos un movimiento cívico capaz de hacerse oír y capaz, sobre todo, de modificar los modelos sociales y económicos por modelos sostenibles": Pablo Montoya.

“Medellín: SOS por el aire”, por Pablo Montoya

“No permitamos que Medellín se convierta en una pequeña Pekín, en un pequeño Cairo, en una pequeña Ciudad de México, emblemas de ciudades desmesuradas y malsanas por su contaminación. Ya es hora de que construyamos un movimiento cívico capaz de hacerse oír”.

2019/03/19

Por Pablo Montoya

Medellín, la otrora ciudad de la eterna primavera, tiene ahora envenenada su atmósfera. Una vez más se ha declarado la alerta roja en el Valle de Aburrá por la mala calidad de su aire. Una vez más se toman medidas para enfrentar la crisis que no solucionan el problema, sino que lo atenúan por un tiempo exiguo. Y una vez más, ante tamaña situación, la sociedad civil no logra organizarse para exigir un plan eficaz que resuelva lo que podría ser la constante crítica de Medellín en los próximos años.

En 2016, angustiado e indignado por la contaminación ambiental, decidí escribir una carta de protesta que fue colgada en Change.org. La carta estaba dirigida al alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, y al director del Área Metropolitana, Eugenio Prieto. Esperé confiado que las firmas serían muchas. La decepción que tuve me permitió, sin embargo, entender que el gran problema de la sociedad de esta región de Colombia, ante la crisis ambiental que padece, es su falta de conciencia ecológica. La carta, tres años después, solo ha conseguido 12.000 firmas.

Con todo, esta carta llamó la atención de algunas autoridades académicas de la Universidad de Antioquia, donde soy profesor, y propició un movimiento de apoyo que, rápidamente, se extendió a las ocho principales universidades de la ciudad. Formamos entonces un movimiento interdisciplinar cuyo objetivo fue impactar, desde la reflexión académica, a diferentes sectores sociales. Creíamos, y yo lo sigo creyendo aún, que de este modo proyectaríamos nuestras preocupaciones y respectivas soluciones ante una situación que no demoró en convertirse en endemia. Una endemia que ha producido, según investigaciones académicas serias, miles de víctimas en Medellín en los últimos años.

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Nuestro trabajo logró tener, durante más de seis meses, el apoyo de los rectores del G8 (Universidad de Antioquia, Universidad Nacional, Universidad de Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana, Universidad Eafit, CES, Escuela de Ingeniería de Antioquia y Corporación Universitaria Lasallista). Pudimos, gracias a este apoyo, realizar acciones importantísimas: nos reunimos con cierta regularidad, efectuamos plantones, establecimos un decálogo universitario SOS por el aire, se promovió el día sin carro en algunas universidades, impartimos conferencias, hicimos públicas algunas investigaciones, nos dimos cuenta de que hay un montón de personas idóneas que han estudiado y proponen soluciones valientes, por ser inteligentes, ante esta progresiva y agresiva pauperización del aire que respiramos. En fin, en medio de la solitaria situación de todas estas investigaciones, que no han trascendido los ámbitos académicos, entendimos que una concientización del problema ambiental debía pasar por nuestro trabajo en tanto que profesores universitarios e intelectuales.

En algún momento yo, que era el vocero de este movimiento (en el grupo había médicos, economistas, ambientalistas, ingenieros, abogados, arquitectos, artistas de las diferentes universidades), logré que los señores rectores nos recibieran. Nuestro propósito era que se redactara una carta, dirigida hacia los altos políticos y los grandes empresarios de Medellín, en donde se dijera, en términos respetuosos pero enérgicos, nuestra preocupación, nuestro diagnóstico y nuestras propuestas de solución ante la crisis ambiental de la que ellos —eso no lo decía la carta, pero yo sí que lo pienso así— son los máximos responsables. Estas soluciones consistían en una adecuada regulación del flujo automotriz, un control verdadero del lobby inmobiliario y el lobby industrial y políticas educativas dirigidas a generar en las gentes comportamientos ecológicos ante los dilemas ambientales del siglo XXI. Y hasta allí llegó nuestra intensión. Al ver que tomábamos vigor, que nos estábamos expresando como un colectivo serio y capaz de provocar un impacto en diversos sectores sociales, Medellín: SOS por el aire fue desarticulado.

Después supimos que aquellos empresarios, aquellos políticos, aquellas autoridades cívicas con quienes pretendimos sentarnos a dialogar para encontrar vías lúcidas y así resolver esta crisis del Valle de Aburrá, enviaron la orden a los rectores de parar este movimiento. La facilidad con que lograron neutralizarnos me produce ahora una impresión de tristeza y también ganas de reírme. Argumentaron que Medellín: SOS por el aire no era más que la artimaña de un escritor que se apoyaba en ese mecanismo para promocionar su figura literaria y vender mejor sus libros.

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Comento los avatares de este colectivo ambientalista, porque desde entonces, y a pesar de su fracaso, no me cabe la menor duda de que una forma apropiada de enfrentar la crisis que atraviesa Medellín desde hace años es crear grupos de resistencia civil. Grupos que abarquen los sectores sociales (y no solo los universitarios) y que su voz de acusación, de desacuerdo y de protesta llegue a buen término. La tarea, por supuesto, no es fácil. Porque a quienes enfrentarían estos grupos son los representantes de los grandes poderes económicos y políticos de la ciudad. Pero no se trata de quitarles ese poder. Se trata de que conjuntamente establezcamos un diálogo sensato para que esta situación por la que pasa Medellín, la ciudad de ellos y la de nosotros, no siga repitiéndose. Pero si los gobernantes y empresarios no entienden que una actividad responsable con el ambiente puede ser posible e incluso rentable, entonces la gente, que es toda la gente que vive en este valle, debe pronunciarse y dirigirse ante la justicia para que se respeten sus derechos vitales, como el de la salud. Y pronunciarse es invadir las redes sociales con su preocupación. Es salir a las calles y realizar manifestaciones pacíficas. Es exigir medidas contundentes y no meros paños de agua tibia, que es lo que las alcaldías del área metropolitana, comandadas en Federico Gutiérrez y por su emisario Eugenio Prieto, han venido haciendo hasta el momento con las medidas de pico y placa.

Gentes de todos los barrios de Medellín y sus municipios aledaños, gentes de todos los estratos sociales, gentes de todas las profesiones, gentes de todos los credos religiosos, gentes de todas las tendencias políticas, por compromiso ético con el aire, con el agua y con la Tierra, por responsabilidad moral con nosotros mismos y con los demás, con nuestra generación y con las que vendrán después, no dejemos que esta crisis del aire se convierta en algo banal y consuetudinario. No podemos aceptar que las autoridades que nos gobiernan nos vendan la imagen de una ciudad plausible que, en verdad, no puede ofrecerle a sus habitantes un aire amable para respirar. No permitamos que Medellín se convierta en una pequeña Pekín, en un pequeño Cairo, en una pequeña Ciudad de México, emblemas de ciudades desmesuradas y malsanas por su contaminación. Ya es hora de que construyamos un movimiento cívico capaz de hacerse oír y capaz, sobre todo, de modificar los modelos sociales y económicos por modelos sostenibles.

Luchemos, todos juntos, por el respeto de ese derecho básico de la existencia.

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