"Las cosas existen por contraste. La muerte es parte de la vida al igual que los recuerdos solo existen reflejándose en la posibilidad de un olvido", escribe Fernando Travesí. Foto: Wikimedia Commons.  "Las cosas existen por contraste. La muerte es parte de la vida al igual que los recuerdos solo existen reflejándose en la posibilidad de un olvido", escribe Fernando Travesí. Foto: Wikimedia Commons.

Pasillo estrecho: una columna de Fernando Travesí

"Cada día es un simple paseo entre la vida y la muerte. Y siempre, oculto bajo ese inmenso universo de detalles que desborda nuestro tiempo y nuestra atención, caminamos torpes guardando el equilibrio por el borde afilado de nuestra existencia."

2018/08/28

Por Fernando Travesí

Cada día es un simple paseo entre la vida y la muerte. Y siempre, oculto bajo ese inmenso universo de detalles que desborda nuestro tiempo y nuestra atención, caminamos torpes guardando el equilibrio por el borde afilado de nuestra existencia. Ahora estás; ahora no estás. El cambio absoluto en lo que dura el sonido de un chasquido de los dedos. En un abrir y cerrar de ojos. Así de rápido cambian las cosas. Así, de imprevisto, sin más.

Algunos lo ignoran. Los hay también que pregonan saberlo porque lo leyeron en un libro, lo vieron en una serie o lo escucharon al final de una clase de yoga, sin darse cuenta de que donde mejor se detecta la ingenuidad es en las palabras que tratan de descifrar los temas más complejos. Muchos otros lo saben, pero prefieren no pensarlo. Y otros, sin embargo, llegan a entender y asumir en toda su dimensión la fragilidad de las cosas y lo aleatorio del destino (pues este no es más que el puro azar mirado en retrospectiva); haciéndolo con tanta consciencia que alcanzan un modo de vida diferente: pleno, tranquilo y calmo.

Le puede interesar: La necesidad de la ficción

Hacemos las pequeñas tareas de la vida como si no fueran importantes. Menospreciamos la rutina como si no fuera más que un camino desgastado por nuestros propios pasos. Una senda descolorida de tanto recorrerla que no alberga más posibilidad que conducirnos monótonamente al mismo sitio ya conocido de todos los días. Como si no tuviera la capacidad de desembocarnos en un océano imprevisto, en una sorpresa, en una tragedia, en un lugar nuevo que cambia el rumbo plácido que tienen nuestras cosas. Para bien, para mal o para cualquiera de las infinitas combinaciones y matices que existen entre esos dos conceptos maniqueos, tan categóricos como difusos.

Todos los acontecimientos importantes de la vida empiezan en algún momento. Y siempre es un momento de lo más normal. Y así, hay momentos que fluyen dando forma y consistencia a las pequeñas cosas cotidianas, a esas que ya no prestamos atención porque componen el decorado amable de nuestro entorno de todos los días; o porque sentimos repetidas y, a veces, hasta tediosas y cansinas. Y hay otros que se desbordan, saliéndose de los raíles, rompiendo los estrechos límites de nuestra predictibilidad y tomando las riendas para determinar una cadena de acontecimientos que nos cambiará, para siempre, en un día cualquiera.

Cada día es un simple paseo entre la vida y la muerte. Mientras caminamos distraídos por el estrecho pasillo que nos dejan entre ellas, las dos se miran frente a frente, a menudo con complicidad, porque ambas saben bien que las cosas existen por contraste y la existencia de la una depende de la otra. Otras se ignoran con displicencia. A veces, se burlan y se ríen de todos los que pasamos entre ellas, entreteniéndose con el espectáculo de un día cualquiera. Hasta que, de repente, por algún motivo que nunca nadie sabrá explicar (así lo hayan intentado filosofías, religiones y cantamañanas), se enfrentan con la mirada, lanzándose un reto y enzarzándose en un pulso por dominar el destino de ese paseante que camina con tranquilidad. Ese que va o viene de algún sitio, atravesando su día normal, ignorando que con cada uno de sus pequeños e intrascendentes pasos está siendo atrapado por la humedad lésbica del beso con el que se abrazan, pelean, enredan y se quieren, la puta vida con la puta muerte.

Lea todas las columnas de Fernando Travesí en ARCADIA haciendo clic aquí.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 170

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.