'Selfies'. Photo by Emanuele Cremaschi/Getty Images.

'Selfie', luego existo

Todos los días se suben a las redes sociales más de un millón de 'selfies'. ¿Qué significan esas imágenes de nosotros mismos? ¿Qué dicen de nosotros?

2018/05/08

Por Fernando Travesí

Todos los días, las personas suben a las redes sociales más de un millón de selfies. Y si uno juzgara por lo que ve a su alrededor, la cifra puede parecer incluso un poco baja. Bastan solo unos minutos de navegación aleatoria en Facebook, Instagram o Twitter para encontrarse con multitud de perfiles (de extraños y conocidos), cuyas fotos, en una inmensa mayoría, son “autor fotos”.

Están quienes fotografían incesantemente su propia cara, quienes posan de cuerpo entero (con más o menos ropa), de manera sensual (con más o menos éxito). También, quienes buscan cualquier escenario (un paisaje, una obra de arte, una celebración) para poner en el centro de la foto lo que parece ser siempre el verdadero protagonista, y lo que más importa: uno mismo.

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Quizá sea porque nuestra cultura audiovisual siembra, cultiva y promueve el desarrollo de personalidades narcisistas pendientes de la imagen; quizá sea porque las redes sociales, y los teléfonos inteligentes donde las descargamos, están diseñados para crear una dependencia; quizá sea porque en esta sociedad mercantilista nos auto concebimos como productos de consumo que mostramos en el escaparte de nuestras redes, promocionamos con nuestras selfies y ansiamos que sean “comprados” o validados a punta de likes; o quizá sea por una explosiva combinación de todo lo anterior que las selfies están aquí para quedarse. Porque aunque el autorretrato haya existido desde siempre, la selfie es un fenómeno global contemporáneo.

¿Qué significan las selfies en los perfiles de las redes sociales? ¿Qué dicen de la personalidad de las personas? ¿Cómo se explica que alguien invierta su tiempo (algo, poco, mucho o la mayoría) haciéndose fotos, retocándolas, publicándolas en plataformas virtuales y monitoreando su nivel de aceptación?

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La masividad del fenómeno ha llamado la atención de profesionales de la psicología y la sociología y es objeto ya de numerosos estudios científicos. Uno reciente, elaborado por la Universidad de Nottingham Trent en Reino Unido y la Escuela Thiagarajar de la India, apunta a la posible existencia de un trastorno de la personalidad, la selfitis, que puede presentarse en mayor o menor grado: incipiente, agudo y crónico. Para llegar a esta conclusión (que los autores del estudio reconocen como preliminar), los investigadores analizaron el comportamiento en las redes de más de 600 universitarios en la India y los entrevistaron sobre los diversos factores que les impulsarían a tomarse selfies: búsqueda de atención, reafirmación de la confianza en uno mismo, modificación del estado de ánimo, competitividad social, sentido de pertenencia a un grupo, etc.  

En 2017, un estudio financiado por la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos concluyó que las personas con depresión son más activas en Instagram. Otros apuntan a que tomarse selfies puede potenciar trastornos y desórdenes alimenticios, o fomentar el trastorno dismórfico corporal; es decir, la obsesión con algún rasgo físico que la persona percibe como un problema.

Dejando el debate psicológico a un lado, lo cierto es que la afición por las selfies parece estar fuera de control: el año pasado casi 200 personas murieron en accidentes relacionados con hacerse una selfie al tomar riesgos innecesarios; la selfie se ha convertido en la actividad principal en museos y lugares artísticos en los que autoretratarse genera más interés que la obra de arte en sí; y son también infinitos los ejemplos de selfies sonrientes en lugares muy inapropiados, que van desde campos de concentración o memoriales de tragedias hasta funerales –incluyendo la tristemente famosa selfie de Obama, Cameron y Thorming en el Funeral de Mandela hace unos años–.

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Los tiempos cambian. Nosotros también. El agua del estanque en el que absorto se miraba Narciso, enamorado de su reflejo, hoy es una colección de pantallas que ofrecen un sinfín de imágenes de nosotros mismos, que reproducen los imaginarios estéticos y sociales que asociamos a la belleza, el éxito, la felicidad o el lujo.

Pero cuenta la leyenda que, al intentar besar su propia imagen, Narciso cayó al agua y murió ahogado.

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