"Aunque la noticia no llegó a ser completamente viral, pasó del papel a la radio y a la televisión para reproducirse como un virus leve en las pantallas de este país", escribe Brian Lara. "Aunque la noticia no llegó a ser completamente viral, pasó del papel a la radio y a la televisión para reproducirse como un virus leve en las pantallas de este país", escribe Brian Lara.

Un virus para el fútbol femenino en Colombia

Una mirada crítica, desde las reflexiones del historiador y filósofo George Didi-Huberman, a la circulación en la opinión pública de las denuncias de acoso sexual y abuso de poder en el fútbol femenino en Colombia.

2019/03/13

Por Brian Lara

La noticia es decir, los hechos ha sido publicada en casi todos los medios desde hace dos semanas. Comenzó con La Liga Contra el Silencio y luego fue extendiéndose a través de El Espectador, El Tiempo, Semana, la BBC Mundo y The New York Times en español, solo por mencionar algunos de los grandes que eventualmente siguen los colombianos; y desde entonces ha ido creciendo en tamaño a medida que nuevas declaraciones surgen, que nuevas voces aparecen. Así que en este punto ya es noticia conocida: el fútbol femenino en Colombia está plagado de acoso, abuso de poder, ausencia de recursos y falta de apoyo.

Aunque la noticia no llegó a ser completamente viral, pasó del papel a la radio y a la televisión para reproducirse como un virus leve en las pantallas de este país. (Leve como un malestar gastrointestinal, digamos: finalmente ante ella las mujeres frente a la cámara recordando y explicando y denunciando la podredumbre más de uno no pudo sino expresar que el asunto era una lástima, una verdadera cagada). No importa cómo se camufle: un virus siempre será la causa de una enfermedad. Toda la tinta que corrió con la noticia hoy podría verse como parte fundamental del mismo problema que enuncia o, en algunos casos, denuncia.

En Pueblos expuestos, pueblos figurantes (Manantial, 2014), George Didi-Huberman explica cómo la decisión de un diario de no mandar a un reportero a cubrir una injusticia basta para que esta quede impune. Las denuncias por acoso contra Didier Luna y Sigifredo Alonso por parte de Carolina Rozo y una de las jugadoras de la Selección Sub17 ya estaban cogiendo polvo en la Fiscalía, así como las acusaciones lanzadas en redes por las futbolistas Melissa Ortiz e Isabella Echeverri comenzaban a quedarse atrás en el timeline de nuestros muros. A este fenómeno, Didi-Huberman lo denomina subexposición. El asunto iba camino al estanco. La publicación del artículo fue más un espaldarazo que otra cosa: un impulso que poco a poco sumó nombres (de hecho, la fisioterapeuta Carolina Rozo decidió poner el suyo en primera línea y salir del terror del anonimato) y denuncias (un hecho tras otro). Pero también ocasionó la estampida mediática. Todos los medios replicaron la noticia con más o menos las mismas palabras. Sobreexposición, diría Didi-Huberman: “demasiada luz ciega”. El problema pasa entonces de estar en la oscuridad a ser el centro de un espectáculo regido por la “reiteración estereotipada” de las palabras y de las imágenes.

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Llevamos dos semanas leyendo, viendo y escuchando la misma información, solo que cada vez con un retazo extra al final de la última frase. Es apenas lógico que el ladrón se mueva cuando lo alumbra una linterna. Pero hace falta entender que los hechos es decir, la noticia no son el problema, sino el envoltorio de un producto mil veces empaquetado, mil veces podrido. La sobreexposición se traga el dulce y nos deja el papel: así nos vamos quedando poco a poco con palabras y con emociones fáciles, hechas por y para el momento. ¿Qué significa acaso que la solución por parte de la Federación sea acabar con los torneos femeninos para mayores de 23 años, incluyendo la Selección de mayores? ¿O que los jugadores de Selección masculina compartan un comunicado en el que “rechazan”, “condenan”, “respaldan” y “quedan atentos” respecto a todo lo concerniente al problema? Los estereotipos, explica Didi-Huberman, son imágenes y palabras reducidas a “una nadería de mínimo valor”: la ausencia de una actitud crítica.

Visto así, nos quedamos sin liga femenina pero, afortunadamente, mantenemos el respaldo, el rechazo y también el machismo. “Hay palabras de las que no se quiere ver que no quieren decir sino en demasía lo que dicen: por ejemplo, la palabra selección”. Aclaro que la elección de la palabra y de la cursiva es de Didi-Huberman, pero más apropiada no podría ser. La Selección femenina de fútbol era eso: un seleccionar a las deportistas dispuestas a ofrecer algún dinero extra, aceptar una propuesta sexual y/o callar cualquier tipo de abuso. Continúa la cita: “Pero hay palabras, aún más numerosas, de las que no se quieren ver, que pretenden decir exactamente lo contrario de lo que en realidad dicen”. Para este caso, el ejemplo sigue siendo el mismo: a la Selección teóricamente acceden las y los deportistas con mejor desempeño para representar a su país de manera honorífica (léase, sin contrato alguno).

Entonces, si no hay contrato de por medio, ¿por qué los futbolistas del equipo masculino se limitan a jugar de espectadores con palabras huecas? No podemos olvidar que prácticamente toda la atención y dedicación de la Federación Colombiana de Fútbol (FCF) están puestas en ellos: la Selección femenina lleva sin técnico desde julio de 2018 mientras que la contratación del portugués Carlos Queiroz como dirigente del combinado masculino se hizo con premura. No hablemos ahora de dinero. Es claro que los privilegios de los que ellos gozan en cada concentración para partidos amistosos u oficiales están sustentados en las carencias que padecen ellas. Sean conscientes de esto o no, es ineludible que su rol no está en la tribuna sino dentro del mismo campo. El comunicado es un gesto tierno para personas con tanto poder sobre el fútbol colombiano. No deja de ser un síntoma del virus de la sobreexposición, otro “¡Qué cagada!” para la lista.

Esta es apenas una conjetura, pero seguro que algo cambia si uno o dos o tres de ellos anuncian que no jugarán más para la Selección hasta ver soluciones concretas respecto al futuro del fútbol femenino. Y esta es una certeza: seguro que todo cambia si uno o dos o tres de ellos revalúan su rol como figuras públicas dentro de un deporte picho por el machismo. Si dejan de reproducir las mismas palabras usadas por los dirigentes de la FCF para acercarse al problema. Así mismo para los medios que comienzan o ya comenzaron a utilizarlas. No basta con rechazar o condenar los hechos: ellos son el envoltorio de todas las palabras y los actos con las que se sustenta el machismo. Esta no es la única muestra de él en el fútbol profesional colombiano. Los medios de comunicación sirven para mucho más que replicar. “Es preciso, pues, resistirse a esas lenguas: resistirse en la lengua a esos usos de la lengua. No abandonar al enemigo la palabra es decir la idea, el territorio, la posibilidad de la que él intenta apropiarse, prostituyendo, a sabiendas o no, su significación”. Mientras tanto la luz seguirá cegando y el virus reproduciéndose. Luego volverá la oscuridad. Afortunadamente, el profe Queiroz ya anunció su primera convocatoria de la Tricolor.

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