'La corde sensible', René Magritte. 'La corde sensible', René Magritte.

Viviendo en las nubes

"Impera la noción de que vivir en las nubes es estar desconectado, vivir evadido o carecer del entendimiento que parece requerir el manejo racional de las cosas. Se piensa que es un lugar transitorio, un poco inadecuado, del que, en todo caso, hay que bajarse tarde o temprano para enfrentar la realidad".

2018/10/12

Por Fernando Travesí

Pese a ser motivo de inspiración recurrente en el arte, especialmente en la pintura, por algún motivo hemos aprendido la costumbre de mirar peyorativamente a las nubes y a quienes viven en ellas. Como si mudarse por una temporada a cientos de metros por encima de esta tierra tan confusa a la que llamamos realidad fuera un defecto, un error o una opción descabellada.

Se dice, con tono de regaño, del niño que sin moverse de su pupitre se “desconcentra” porque se pierde en su mundo interior. Con cierta burla, y quizá con cierta envidia, de quien en lugar de caminar va flotando en los vapores de su enamoramiento o su felicidad. Y con cierto desdén, de aquel que prefiere vivir absorto en su propia dimensión (¡como si la terrenal nos ofreciera a diario muchas alternativas atractivas!).

Sea como fuere, impera la noción de que vivir en las nubes es estar desconectado, vivir evadido o carecer del entendimiento que parece requerir el manejo racional de las cosas. Se piensa que es un lugar transitorio, un poco inadecuado, del que, en todo caso, hay que bajarse tarde o temprano para enfrentar la realidad. No se permite la oportunidad para intentar probar la hipótesis contraria: que, quizá, desde las nubes se consigue tener mejor perspectiva para contemplar y entender tantas cosas que pasan a ras de suelo, cosas que normalizamos y fingimos comprender.

Curiosamente, es el lenguaje tecnológico que hoy todo lo invade el que va moldeando el uso cotidiano del término y, paradójicamente, el que está invirtiendo y convirtiendo “la nube”, paraíso prohibido de los felices, los desconectados y los distraídos, en el tótem de la hiperconexión: ese espacio virtual infinito, accesible en cualquier momento y desde cualquier lugar, adonde se ha mudado toda nuestra información personal y donde parece estar disponible al mejor postor.

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Pero más allá de la nube informática y del tratamiento que le damos en esa recurrente y obsesiva disciplina informativa con vocación de entretenimiento que son las noticias del tiempo (donde se las menciona con frecuencia por las consecuencias que provoca su presencia, como que nos traen tormentas, nos cubren del sol, nos inundad o refrescan con su lluvia, nos encapotan el día o nos permiten, por su ausencia, tener un cielo azul), las nubes existen por derecho propio.

Si uno quiere fijarse, el cielo se ofrece como un poético museo de magníficas esculturas que da gusto contemplar, un espacio infinito en el que uno puede perderse o encontrarse, un paseo sin rumbo por allí por donde viven los sueños y las ilusiones planeando a merced de los vientos. El cielo: el lugar por donde vuela la imaginación, por donde flotan los recuerdos y por donde se esconde, siempre esquiva y juguetona, la inspiración.

Si uno se permite despegar por un rato, quitarse los pesos que nos mantienen amarrados siempre a tierra y es capaz de levantar la mirada de la pantalla electrónica que nos absorbe e hipnotiza y nos hacer caminar, curiosa y perversamente, siempre cabizbajos, uno puede acceder a ese lugar al que se llega fácilmente, desde cualquier sitio.

Levantar la cabeza y perderse en las nubes es un lujo al alcance de la mano de cualquiera.

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